Formas de esclavitud moderna en África Occidental y Oriental

La esclavitud no es cosa del pasado. En estos tiempos contemporáneos persisten prácticas sofisticadas que pueden equipararse en crueldad con las antiguas formas de esclavismo. En este relato se describen las dinámicas de esclavitud más extendidas que operan en la actualidad en algunos países del oriente y el occidente del continente africano.
Oficialmente, la esclavitud ya fue abolida en todo el mundo. Mauritania fue el último país de África y del mundo en hacerlo. No obstante, el hecho de que esté prohibida no implica que esté erradicada. La esclavitud nunca ha desaparecido completamente. Más bien sufrió una metamorfosis,y ahora se presenta con un rostro más moderno y bajo una multiplicidad de formas más sutiles, pero igualmente devastadoras.
Se calcula que en la actualidad existen alrededor de 30 millones de esclavos en el mundo, y que la esclavitud se practica de manera impune en países como Yemen, China y la India. Sin ir más lejos, en la propia Mauritania se han mantenido estructuras esclavistas a nivel político, económico y social, cuyo origen data de la Edad Media.
Una persona no necesita estar encadenada ni ser privada de su libertad para ser considerada esclava. Según diversos estándares internacionales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), hoy se conoce como “esclavitud moderna” a todas aquellas prácticas de sujeción excesiva por las cuales una persona o grupo de personas someten a otras a realizar su voluntad mediante una obligación o trabajo, ejerciendo algún tipo de amenaza, violencia, coerción, engaño o abuso de poder.
Entre las actividades que pueden encasillarse dentro de este concepto se encuentran las siguientes:
- Trabajo forzoso.
- Servidumbre por deudas.
- Matrimonio arreglado.
- Trata de personas.
- Trabajo infantil.
- Explotación sexual comercial.
Según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), todas estas actividades se dan en casi todos los países y atraviesa líneas culturales, étnicas y religiosas. A pesar de que diversos Organismos Internacionales y no Gubernamentales han propuesto medidas para luchar contra la esclavitud moderna, y de la firma de una multitud de Declaraciones de Derechos Humanos, sus esfuerzos no han sido suficientes para erradicar todas las prácticas asociadas a este flagelo.
En relación con ello, los principales factores comunes que perpetúan la esclavitud moderna son estructurales y de índole social: pobreza, desigualdad, informalidad, corrupción, debilidad institucional, migración y falta de acceso a la educación.
Según el más reciente informe del índice global de esclavitud, África es el continente con la mayor prevalencia de esclavitud moderna en relación con su población, con aproximadamente 7.6 millones de personas que viven en esta condición. Desde el legado de la trata transahariana y trasatlántica hasta los conflictos actuales, la esclavitud no es un fenómeno homogéneo, cuyas formas de explotación han ido mutado conforme se desarrollan nuevas y cada vez más complejas dinámicas sociales.
Considerando esto, y en el marco de la lucha contra las formas de esclavitud moderna, es fundamental visibilizar sus prácticas, poner el foco en los lugares donde ocurre y actuar en consecuencia, denunciando y proponiendo soluciones integrales para acabar de raíz con esta actividad inhumana.
En este sentido, a continuación se exponen algunos de los principales casos de estudio y situaciones donde son comunes las actividades consideradas como esclavitud moderna, concentrándonos en África Oriental y Occidental, dos de las regiones del continente más afectados en la materia.
Servidumbre urbana, tradicional y agricultura de contrato en Kenia.
Primeramente, vayamos a Kenia, un país del oriente africano que en los últimos años ha atravesado por graves crisis económicas y sociales, teniendo que encarar numerosos desafíos sociales, entre los que destacan la desigualdad, el desempleo y la falta de acceso a servicios básicos. Bajo este contexto, la población urbana de ciudades como Nairobi, Mombasa y Meru sobreviven a duras penas ante la falta de oportunidades.
No obstante lo anterior, Kenia tiene un gran sector turístico y una clase media emergente, que atraen a jóvenes desempleados o subempleados. Una buena proporción de ellos termina ejerciendo la servidumbre doméstica, una actividad de alto riesgo y muy propensa a los abusos, sobre todo para las mujeres.
Aunque las leyes kenianas prohíben el trabajo forzado, de acuerdo con varios informes, la explotación interna dentro de los hogares kenianos genera altos niveles de vulnerabilidad, informalidad, jornadas extenuantes y trabajo infantil oculto. Particularmente, la explotación laboral dentro del sector florista (uno de los más importantes del país) es generalizada, y los trabajadores (en su mayoría, mujeres) sufren de diversas formas de explotación y abusos.
En las actividades turísticas la situación no es mejor. En hoteles y resorts, hay casos de trata con fines de explotación laboral y, en algunos casos, sexual. Empleadas domésticas, muchas de ellas menores de edad y provenientes de comunidades rurales, sufren confinamiento, jornadas laborales de 18 horas, maltrato físico y psicológico y retención de salarios.
Peor aún, se tiene bien documentada la existencia de redes de migración forzada y engañosa de mujeres hacia el Medio Oriente y el Sudeste Asiático. Un Informe de Amnistía Internacional relata las desgarradoras experiencias de más de 70 mujeres trabajando como empleadas domésticas en Arabia Saudita y Omán, quienes fueron engañadas por agentes de reclutamiento, teniendo que trabajar jornadas extenuantes, en condiciones inhumanas, y con poco o ningún pago.
Por su parte, el gobierno keniano repatrió a más de 100 ciudadanos que fueron estafados por una agencia que los llevó a Myanmar y Tailandia, siendo éste un tema recurrente en el país, obligando a tomar medidas más enérgicas. Pero no solo en las zonas urbanas de Kenia existe la esclavitud moderna. En las zonas rurales ésta adquiere formas aún más despiadadas y crueles.
Una de ellas es el cultivo de miraa (también conocido como khat), clave en el este de Kenia. Se trata de las hojas de un arbusto estimulante perenne de África Oriental, que habitualmente se utiliza como droga, pero su uso está muy arraigado socialmente, formando parte de sus tradiciones culturales. En Kenia el debate sobre su legalización o prohibición se encuentra en una etapa decisiva, cuyos argumentos se encuentran muy divididos y polarizados.
Más allá de esta disputa, los atractivos beneficios detrás de este cultivo han estimulado el reclutamiento de jóvenes de comunidades empobrecidas, como los somalíes y borana, atraídos con falsas promesas de trabajo en plantaciones o como transportistas. Conocidos localmente como los miraa boys, casi todos estos jóvenes trabajadores terminan en condiciones de servidumbre por deudas, con jornadas extenuantes, aislamiento y violencia física.
Sus salarios se usan para pagar un “enganche” perpetuo. A menudo, viven hacinados y sin libertad para abandonar su empleo. Para rematar, los cultivos de miraa se encuentran asociados al trabajo infantil, al grado que estudiantes adolescentes de escuelas secundarias son retenidos para explotarlos laboralmente.
Además de la esclavitud moderna asociada a la agricultura de contrato, entre las comunidades masai, samburu y turkana persisten tradiciones ancestrales que convierten a Kenia en uno de los países con mayores prácticas esclavistas modernas.
Una de ellas es el matrimonio forzado de niñas (como dote a cambio de ganado). Previo a ello, con la finalidad de “aumentar el valor de la dote, las niñas son sometidas al despiadado procedimiento de la mutilación genital femenina (MGF), considerada una de las formas de violencia de género más crueles y aberrantes, así como una violación grave de derechos humanos. Cabe señalar que esta práctica, aunque en desuso, todavía se practica de manera impune en países como Tanzania, Sudán, Uganda y Eswatini.
Esto convierte a la joven como parte de una transacción comercial en la cual es tratada como mercancía. De esta forma, la MGF se convierte en una “puerta de entrada” a la esclavitud moderna, dado que muchas de las víctimas terminan en condiciones de servidumbre y trabajo forzoso, donde familias empobrecidas entregan a un hijo a otra familia a cambio de un animal, o en pago a una deuda.
Este es un asunto muy delicado, que implica la confrontación entre la tradición cultural africana y la defensa de los derechos humanos fundamentales, pero por cuestiones humanitarias y de salud, la lucha contra estas formas de esclavitud ritual tiene que encararse a través de estrategias innovadoras y voluntad política.
Trabajo forzoso en la pesca y la Economía Azul.
La pesca es una actividad económica central en las costas orientales africanas, que representa la principal fuente de sustento de millones de personas. No obstante, el océano también es uno de los principales objetos de explotación y esclavitud, a menudo tan intensas que pone en peligro tanto la integridad de quienes se dedican a esta actividad como a numerosas especies marinas. Así, la economía azul también tiene su lado oscuro.
Se han documentado casos de trata de personas con fines de trabajo forzoso en embarcaciones pequeñas. La mayoría de estas víctimas son hombres jóvenes de Somalia, Tanzania y Zanzíbar, que son reclutados con falsas promesas de empleo, que terminan en condiciones de esclavitud en barcos, con largas jornadas, aislamiento en el mar, violencia y sin paga.
Esta forma de explotación es difícil de rastrear, debido a que las empresas pesqueras suelen enmascarar muy bien las condiciones laborales de los trabajadores al momento de su contratación.
Según la OIT, una de cada cuatro empresas que operan buques pesqueros europeos acusados de trabajo forzoso, y uno de los países donde más se detectan este tipo de barcos es Somalia, el país de África con mayor litoral, y que tiene décadas no cuenta con un gobierno sólido que sea capaz de imponer orden en su territorio. Dicha situación es aprovechada por este tipo de empresas para ampliar sus operaciones y beneficios.
Aunado a esto, cada año miles de barcos pesqueros franceses, rusos, coreanos, japoneses y de otros países europeos y asiáticos acuden a las costas orientales de África a explotar los recursos pesqueros del continente, haciendo caso omiso a las leyes y normatividad locales, que se llevan miles de toneladas de especies de forma ilegal, completando el cuadro de la explotación, esclavitud y trabajo forzoso.
Gambia y Zanzíbar, explotación sexual de costa a costa.
Zanzíbar es un destino turístico de sol y playa, con una gran afluencia de visitantes internacionales. Antiguamente esta isla fungía como centro de la trata de esclavos que se practicaba a través del océano indico por los árabes, particularmente en Stone Town, su parte más antigua.
Por desgracia, la esclavitud persiste en este lugar, hoy como parte de Tanzania. En pequeñas plantaciones agrícolas y negocios familiares persiste un sistema de servidumbre por deudas, en la cual personas en situación de pobreza extrema toman préstamos de empleadores o terratenientes y quedan atrapadas trabajando para saldar una deuda que nunca disminuye, perpetuando un ciclo similar a la esclavitud histórica.
En últimas fechas existe una preocupante y creciente incidencia de explotación sexual comercial de niños y niñas, tanto de visitantes extranjeros como de zanzibaríes adinerados. La pobreza, la desintegración familiar y la falta de oportunidades hacen que los menores sean vulnerables al engaño y la coerción en zonas como Stone Town, Nungwi y Kendwa.
Algunas ONG locales como Tanzanian Children’s Fund y Zanzibar Association of Tourism Investors (ZATI) hacen esfuerzos para implementar medidas y códigos de conducta contra la explotación sexual infantil.
El comercio sexual informal en las zonas hoteleras ha incrementado los factores de riesgo y vulnerabilidad ante infecciones de transmisión sexual como el VIH/SIDA. La complejidad de este problema se manifiesta principalmente mediante una dinámica que combina trata de personas, prostitución infantil y engaño, impulsadas por la pobreza y el auge del turismo sexual.
Existe un fenómeno turístico de “romance” femenino en el cual las mujeres extranjeras acuden a las playas de Zanzíbar y entablan relaciones con hombres locales jóvenes (frecuentemente denominados beach boys, erróneamente relacionados con la cultura masái). Acusadas de pervertir la cultura local, sus prácticas han desatado un debate moral y económico.
Este tipo de relaciones suelen estar motivadas por la búsqueda de estabilidad financiera local en un contexto de precariedad y pobreza, donde el turismo representa una de las pocas vías de ingreso. De esta manera, muchos jóvenes se involucran sexualmente con turistas extranjeras a cambio de beneficios económicos o materiales.
Este tipo de prostitución masculina brinda a los jóvenes zanzibareños la capacidad de recomponer el equilibrio entre los ejes tradiciones de masculinidad y el poder económico, pero, aunque aparenta ser un asunto “de pareja”, la realidad es que este fenómeno es la puerta de entrada a formas de esclavitud, como la trata de personas y la servidumbre, tal como lo advierten diversas iniciativas y organizaciones de la sociedad civil.
El turismo sexual femenino de Zanzíbar no es el único de su tipo en África. Una situación similar y bien conocida se da en Gambia, en el Occidente del continente. Desde 1990 Gambia se ha consolidado como un destino predilecto para el turismo sexual, especialmente dirigido a mujeres europeas de mediana edad que buscan “novios” jóvenes gambianos.
Aprovechándose de la desigualdad económica y el desempleo, ha surgido una mafia europea que promueve el turismo sexual en este pequeño país. Según informes de la UNICEF y The Guardian, niños gambianos son reclutados con fines comerciales y de explotación sexual en zonas costeras como Banjul, Serrekunda y Kololi. Muchos de ellos son arrancados de sus familias con falsas promesas de educación o empleo.
Lejos de ser un destino atraiga visitantes extranjeros hacia las atracciones y cultura del país, lo único que buscan es sexo. En especial, las mujeres buscan hombres jóvenes (conocidos localmente como bumsters)para su propósito. El fenómeno amenaza especialmente a la niñez, y allana el camino a otras situaciones de abuso, como la pedofilia, prostitución infantil y la utilización de niños en la pornografía son cada vez más comunes.
Gambia es un lugar de destino, tránsito y origen de la trata infantil, en particular la ciudad de Banjul. De igual manera, los matrimonios forzados, trabajo infantil y la MGF son otros desafíos que presenta el país. No existe una ley específica sobre la trata de personas, y aunque se han implementado códigos de conducta en hoteles y diversas organizaciones trabajan en la prevención y rescate de trata infantil, la impunidad sigue siendo generalizada.
Aunque el gobierno gambiano ha presentado planes para impedir el turismo sexual mediante penas más severas, la situación está lejos de erradicarse, puesto que están en juego los propios ingresos del país, ya que el turismo representa casi el 20% del Producto Interno Bruto (PIB) de Gambia, según datos del Banco Mundial.
Boko Haram y la esclavitud como una forma de terrorismo.
Nigeria es el país más poblado de África, y alberga múltiples formas de esclavitud moderna que podríamos señalar aquí. Pero para ello, basta con relatar su caso más emblemático y brutal: el de Boko Haram, un grupo terrorista de corte yihadista que desde 2009 ha sembrado el terror en el noreste del país.
Y cuando la esclavitud se combina con el terrorismo, la magnitud de la tragedia colectiva es inimaginable. Este grupo en particular ha institucionalizado la esclavitud como una auténtica arma de guerra. Recordemos que en 2014 Boko Haram saltó a la fama tras secuestra a 276 niñas en Chibok, una localidad en el Estado de Borno, Nigeria. No obstante, los raptos han sido constantes en otras poblaciones circunvecinas, como Dapchi y Damasak.
Miles de mujeres y niñas han sido esclavizadas, donde el matrimonio forzado, la violación, el trabajo forzoso y la explotación sexual son prácticas comunes. Las féminas son “entregadas” como esposas a los combatientes por la yihad islámica como recompensa por sus servicios.
La violencia doméstica que sufren las mujeres y las niñas es sistemática: son obligadas a trabajar como cocineras, limpiadoras, portadoras de suministros y, en algunos casos, como combatientes forzados (niñas soldado).
Boko Haram también realiza el secuestro de mujeres con el propósito de financiar su movimiento. A menudo, solicita costosos rescates por las víctimas a sus familiares (que pueden alcanzar millones de nairas). Otras vías de rescate de las víctimas son por los operativos de las fuerzas de seguridad o por huidas desesperadas. Son las afortunadas. El resto, quedan esclavizadas a perpetuidad.
Se estima que más de 50 mil personas han sido secuestradas por Boko Haram desde 2009, y muchas de ellas no han regresado a sus hogares o lugares de origen. Quienes logran sobrevivir enfrentan un doble trauma: el sufrimiento del cautiverio y el estigma social que enfrentan al regresar a sus comunidades, donde a menudo son rechazadas por haber sido “contaminadas” por los terroristas, siendo un gran obstáculo para su integración social.
Aunque el gobierno nigeriano ha implementado programas como Operation Safe Corridor para la desmovilización de excombatientes y diversas Organizaciones no Gubernamentales trabajan en la reintegración a la sociedad de los supervivientes. Pese a los esfuerzos, la corrupción, la falta de recursos y la debilidad institucional limitan el alcance de estas intervenciones.
Este caso va más allá de Nigeria, puesto que otros países limítrofes, como Camerún y Chad, forman parte del radio de acción de Boko Haram. Además, otros grupos terroristas como el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), Al-Shabab en Somalia y el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM, por sus siglas en árabe) en el Sahel, han adoptado prácticas similares de esclavitud sexual y trabajo forzoso como parte de su modus operandi.
Ninguna práctica de esclavitud moderna es inevitable, aunque no siempre es visible, puesto que adopta formas diversas que se encuentran interconectadas. Todas ellas son el resultado de decisiones humanas, sistemas económicos desiguales y debilidades estructurales e institucionales.
Pero ya hemos comprobado que persiste en la vida cotidiana de muchas sociedades, naciones, pueblos y comunidades, y combatirla requiere políticas públicas, leyes más severas, vigilancia social y conciencia global. La principal responsabilidad recae en gobiernos, empresas y otros actores sociales. Pero también en los consumidores y ciudadanos globales.
También es importante la cooperación regional, en la cual instituciones como Comunidad Económica de Estados de África Occidental y la Unión Africana armonicen leyes contra las diversas formas de esclavitud moderna. Es inaceptable que en el siglo XXI sigue existiendo la esclavitud.
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