De África a la Costa Chica y la Costa Grande: rutas trasatlánticas de esclavos africanos hacia México durante la colonia

En este artículo se reconstruyen y trazan las rutas coloniales que las personas esclavizadas provenientes de África recorrieron para instalarse en las regiones costeras de los actuales Estados de Guerrero y Oaxaca, en el sur de México, así como los aspectos naturales, culturales e históricos que influyeron en el crecimiento y consolidación de sus asentamientos, famosos por su rica herencia afromexicana.
Primeros africanos en México: conquistadores y esclavos.
Antes de comenzar con nuestra labor de ubicar las rutas coloniales de esclavos africanos, es preciso mostrar un panorama conceptual que nos permitirá distinguir dos momentos que conviene mantener separados: la presencia temprana de africanos durante la conquista y, después, el crecimiento sostenido de la trata esclavista hacia la Nueva España.
Nos referimos al fenómeno de migración forzada más grande en la historia de la humanidad, en el cual, millones de almas fueron arrancadas de sus comunidades de origen para contribuir, mediante el trabajo esclavo, al desarrollo de las actividades productivas coloniales del otro lado del Océano Atlántico. En el artículo anterior ya presentamos los efectos y consecuencias de este episodio histórico en África.
Como parte del circuito comercial triangular que unía África, Europa y América, el Virreinato de la Nueva España (hoy México) recibió cantidades muy elevadas de personas del continente africano. Se estima que entre 250 mil y 500 mil africanos entraron de manera legal al actual territorio nacional (número cuatro veces superior al de españoles que llegaron en la misma época). No obstante, el número real resulta indeterminado, debido a que existió un importante contrabando.
Desde fechas tempranas, la Corona Española otorgó un número significativo de licencias a particulares para comerciar personas esclavizadas traídas de África, y la Nueva España recibió una cantidad muy importante de esclavos durante los primeros siglos de la trata trasatlántica, a diferencia de Cuba, Brasil y Estados Unidos, lugares donde arribaron en etapas posteriores.
En forma oficial y extraoficial, la introducción de africanos al “Nuevo Mundo” se originó a partir de la creciente demanda de mano de obra que no alcanzaban a satisfacer los indígenas. Despojados de su cultura, diezmados a causa de las enfermedades y trabajos forzosos, y convertidos al catolicismo, los religiosos jerónimos establecidos en Santo Domingo fueron los primeros en compadecerse de ellos, solicitando a la Corona Española la importación de negros de Cabo Verde o Guinea, con el “humanista” objeto de liberar de la esclavitud a los nativos isleños.
En México hizo lo propio el fraile dominico Bartolomé de las Casas, quien, con el afán de proteger del esclavismo a una raza, terminó condenando a otra, una gran contradicción histórica. Más allá de los debates religiosos, morales y éticos sobre las razas y el trabajo esclavo, la realidad fue que la población africana terminó siendo el motor de la esclavitud en América.
Pero antes del envío masivo de esclavos de África al actual territorio mexicano, es preciso reafirmar que los primeros africanos que pisaron el actual territorio mexicano se remontan a los años de la conquista, y eran hombres libres.
Uno de los soldados de Cortés, Juan Garrido, era de origen africano, posiblemente de Marruecos o Guinea. Él es la primera persona documentada que vino de África a México de la que se tiene registro. Al igual que Garrido, había más soldados de origen africano en el ejército de Hernán Cortés, como Sebastián de Évora, quien descubrió río Mocorito, en Sinaloa.
Al menos seis hombres negros participaron en el sitio y caída de Tenochtitlan, en 1519. Desafortunadamente es poco lo que se conoce sobre los soldados africanos que participaron en la conquista de México, aunque sin duda fueron muy contados.
Hasta donde se sabe, desde el primer momento algunos conquistadores traían uno o más esclavos de África a su servicio, adquiridos originalmente en Europa a través de los tratas negreros portugueses y genoveses. A uno de ellos, Francisco de Eguía, quien viajaba en la expedición de Pánfilo Narváez, se le atribuye la introducción de la viruela en el país, desatando una devastadora epidemia entre la población indígena.
Al respecto, Bernal Díaz del Castillo comenta que eran escasos debido a que los conquistadores no tenían una posición económica privilegiada. Pero después de apoderarse de las tierras y riquezas de los mexicas, la tendencia se revirtió. A lo largo del siglo XVI la Nueva España tuvo una de las tasas más altas de importación de esclavos al continente americano, que nutrieron el crecimiento de las ciudades más importantes del Virreinato.
Entre 1521 y 1594, aproximadamente 36,500 esclavos fueron traídos a la Nueva España, según los datos disponibles del censo de 1595. Hacia 1646, el número de africanos y sus descendientes rebasaba la cifra de 150 mil, y juntos constituían el 67% de la población total. Durante el siglo XVII el crecimiento de la población afrodescendiente del país fue sostenido, pero al final de este siglo el número de africanos disminuyó significativamente.
¿De dónde venían los africanos que se embarcaban con rumbo a México?
Las rutas de la trata trasatlántica de esclavos africanos no estaban delimitadas, ni mucho menos eran homogéneas. Los tratantes europeos, a lo largo de cuatro siglos, realizaban sus incursiones a lo largo de una región costera extensa, desde Angola hasta el Magreb, un vasto territorio que alberga una gran diversidad de poblaciones.
Por tanto, cada grupo de cautivos, y aún cada persona, siguió un trayecto diferente y único en comparación con otros. Factores como su lugar de origen, la nacionalidad de los tratantes y el año de captura fueron determinantes para decidir su cruel destino y el punto de llegada al cual terminarían desembarcando.
Considerando todo lo anterior, es prácticamente imposible tener rutas detalladas sobre el traslado de personas esclavizadas desde África hasta el territorio mexicano, siendo éste un contingente social y culturalmente diverso. No obstante, recientes investigaciones nos arrojan luz sobre el lugar de origen de la mayor parte de los esclavos africanos que fueron traídos a México.
De acuerdo con la Dra. Rhonda M. Gonzáles, profesora asociada de historia de la Universidad de Texas, Campus San Antonio, los españoles mantenían estrecha cooperación con tratantes africanos a lo largo de la Costa de Oro, antiguo nombre del actual golfo de Guinea.
Por tanto, llega a la conclusión de que, en los primeros años posteriores a la conquista, y durante el siglo XVI, la mayoría de los esclavos africanos que llegaron al actual territorio mexicano vinieron de Senegambia, una región cultural e histórica de África Occidental cercana al golfo de Guinea, cuya ubicación estratégica era favorable para el embarco de personas esclavizadas hacia la entonces Nueva España.
Dentro de este escenario, las islas de Cabo Verde desempeñaron un papel crucial en el marco de la trata trasatlántica, siendo este archipiélago el principal centro neurálgico y de distribución de esclavos hacia las colonias americanas. De estas islas procedía una tercera parte de las esclavas de entre 15 y 26 años de edad que pasaron a vivir en la Nueva España como sirvientas, niñeras, doncellas, enfermeras, o incluso, para servir de amantes de los colonos.
Por otro lado, un artículo de la revista Science reafirmó la hipótesis de que los primeros esclavos africanos que llegaron a México procedían del Occidente del continente. En tal publicación se dieron a conocer los resultados de unos estudios genéticos y forenses realizados a tres cuerpos masculinos que fueron encontrados en el Centro Histórico de la Ciudad de México a finales de la década de 1980 durante la construcción de una línea del metro. Dichos cuerpos estaban conectados con un antiguo hospital colonial que se construyó entre 1529 y 1531, unos diez años después de la conquista española.
Los estudios confirmaron que aquellos tres individuos formaban parte de la primera generación de esclavos africanos que llegaron a Nueva España, y su ADN reveló que los tres hombres eran originarios de África Occidental, aunque los investigadores no pudieron conectarlos con algún país o grupo étnico en particular. Posiblemente se trata de las primeras víctimas de la trata esclavista en México.
Finalmente, los datos disponibles sobre la trata trasatlántica confirman que cientos de miles de esclavos, principalmente de África Occidental, fueron traídos a México de 1519 a 1810. No obstante, los datos revelan que también se trajeron esclavos de Mauritania, el Congo y Angola, entre otros lugares de África.
Fue a partir del siglo XVII cuando la mayoría de las personas esclavizadas venían, en su mayor parte, de África Central, especialmente de Angola. El principal factor de este cambio fue la unión de España y Portugal bajo la Casa de Austria, entre 1580 y 1640.
Desde su llegada a las costas de África Central, el centro de operaciones de los tratantes portugueses estaba instalado en la isla de Santo Tomé. La cooperación con los reinos africanos de la región estaba bajo el control de los colonos de la isla, que tenían contratos comerciales para explotar las costas del continente. Esos contratos se extendían hasta Luanda, a donde enviaban sus expediciones.
El primer Estado con el cual los portugueses entraron en contacto es el reino Kongo, el cual también fue el más importante. De 1600 a 1642 salían cada año del puerto de Luanda, capturados en los reinos de Loango, Kongo, Ndongo y Matamba unos 15 mil esclavos para América.
Justo en este periodo, la mayoría de ellos desembarcaron en la Nueva España. No podemos dejar de relacionar una práctica singular y universal entre los esclavos africanos en la región central de su continente y su incremento en la Nueva España en aquellos años: el cimarronaje, es decir, la fuga de esclavos y su tendencia a crear sus propios asentamientos (palenques).
Al introducir esclavos procedentes de las regiones centrales de África a sus dominios americanos, el rey Felipe II pudo controlar a los navegantes portugueses, evitando las introducciones clandestinas de esclavos, cuyo valor aumentaba cada vez más.
Sin embargo, cuando Portugal recobró su independencia en 1640, sus nacionales, junto con los genoveses, retomaron el comercio negrero con los colonos de América, aunque en proporciones cada vez menores. Más adelante, cuando la familia de los Borbón ascendió al trono en España, éstos llegaron a un acuerdo con Inglaterra, en el cual, por un espacio de 30 años (1714–1744) monopolizaron el comercio de esclavos destinados a las posesiones españolas, durante los cuales se comprometió a transportar “144 mil piezas, no viejas ni defectuosas”.
El tráfico de esclavos hacia México terminó oficialmente el 23 de septiembre de 1817, unos años antes de la consumación de la independencia, aunque el tráfico continuó de manera ilegal hasta 1829, cuando el entonces presidente Vicente Guerrero abolió la esclavitud para siempre en todo el país.
Así, tenemos que las personas traídas de África a México durante la colonia vinieron de Senegal, Gambia y del archipiélago de Cabo Verde (Siglo XVI); el Congo, Angola y otras regiones de África Central (siglo XVII); Ghana, Togo, Costa de Marfil y Nigeria (siglos XVII y XVIII); y la zona del delta del río Níger (siglos XVIII y XIX).

Al rastrear los orígenes de los afromexicanos, nos encontramos con los grupos étnicos mandingos y wolofs de África Occidental, así como aquellos del tronco cultural bantú del centro y Sur de África, lo cual es consistente con los resultados hasta ahora mencionados. Una vez ubicado el origen diverso de estos grupos, el siguiente paso es seguir su entrada al territorio novohispano y las rutas internas que explican su dispersión hacia regiones específicas.
Rutas internas de esclavos africanos y sus descendientes en territorio mexicano.
Puertos de entrada y regiones de distribución.
Los puertos habilitados para el infame tráfico de esclavos africano fueron Veracruz, al principio, y más tarde, Pánuco y Campeche. En tales puertos eran vendidos y posteriormente distribuidos a las diversas regiones del territorio novohispano. Diseminados a lo largo y ancho de la colonia, los africanos esclavizados establecieron raíces en estas tierras.
No obstante, la disolución e integración social del africano a la sociedad se manifestó de formas de lo más diversas, adquiriendo variantes regionales. Si bien la presencia de los esclavos africanos se diversificó en los diferentes puntos geográficos y generaron una amplia dispersión a lo largo de las extensas áreas que conformaban la Nueva España, fueron cuatro las zonas donde su presencia fue más significativa:
- La región del golfo de México, con Veracruz y San Juan de Ulua como centros rectores. Esta zona era la principal puerta de entrada de esclavos africanos, que representaban el motor laboral en las plantaciones de caña de azúcar e ingenios. Córdoba y Orizaba se distinguieron por albergar comunidades cimarronas.
- La costa del pacífico Sur, que concentró un gran número de africanos y afromexicanos que trabajaban en las haciendas agrícolas, ganaderas y en algunas minas.
- Ciudad de México y Altiplano, donde se concentraban las áreas urbanas más grandes e importantes. Aquí los africanos y sus descendientes se desempeñaban en el trabajo doméstico, servidumbre y algunos oficios artesanales. Las condiciones laborales eran tan malas que desde los primeros años del colonato se registraron importantes revueltas y rebeliones.
- El Bajío y Occidente, lugares donde los esclavos africanos se empleaban en minas, en haciendas agrícolas y en el sistema de arriería.

Mestizaje, castas y autoidentificación.
A diferencia de otras naciones americanas que acogieron esclavos africanos, en México la población aborigen era numéricamente superior, por lo cual se dio una disolución racial del negro relativamente pronto en el país, que tuvo lugar a través del mestizaje masivo con el indígena. Como resultado, gran parte de la comunidad afromexicana también es indígena.
Desde un principio nacieron niños mestizos y mulatos, con lo cual el asunto de clasificar las diferentes castas por el color de la piel (una labor muy extensiva durante la Nueva España), se complicó cada vez más ante las muchas mezclas que se produjeron.
Los negros dejaron de ser llamados negros para ser llamados zambaigos, morenos, mulatos, jíbaros, albarrazados, jarochos (Veracruz), etíopes, chinos, cambujos (Acapulco), cuculustes y puchuncos (Costa Chica), entre muchos otros.
Como quiera que sea, y debido a la mezcla sociocultural diversa de sus regiones de origen, no se autoidentifican como mandingas, wolof, ibo, bakongo o algún otro grupo étnico del continente africano. Ahora todos ellos se convirtieron en afromexicanos.
Trabajo, oficios y conocimiento productivo.
Las actividades económicas fueron un factor primordial tanto en la cantidad de esclavos africanos requeridos como en su distribución. A ellos se les utilizó en los más diversos trabajos y quehaceres. Como ya se ha visto, en tanto que fuerza de producción, el negro africano fue concentrado masivamente en los grandes y lucrativos centros de trabajo de la colonia (minas, haciendas ganaderas, cañeras, algodoneras, y en dos o tres puertos).
Pero también tenemos casos en los cuales se concentraron en pequeñas parcelas o individualmente, donde vivían en las ciudades virreinales, donde eran necesarios sus servicios tanto privados como públicos. La mayor parte, sin embargo, se distribuyeron en las costas de ambos litorales, aunque para el siglo XVIII ya eran castas, es decir, afrodescendientes.
El apogeo de la minería en lugares como Zacatecas, Guanajuato, San Luis Potosí y Parral entre 1550 y 1650 atrajo mano de obra esclava africana, aunque generalmente en estas ciudades no representaban más del 15 % de la población. Considerando que muchas de las regiones de África Occidental albergaban abundantes minas de oro que impulsaban sus economías, y que la mayor parte de los esclavos traídos a México venían de esta región, es posible que los africanos poseyeran conocimientos y habilidades mineras previas, que directa o indirectamente, se transmitieron a Nueva España.
Lo mismo pudo haber ocurrido con la producción textil en Cholula, Puebla, por la que los africanos eran bien conocidos. Otro ámbito donde predominaron los africanos fue en la producción agrícola, cuya práctica se transmitía de generación en generación. En África Occidental, muchos poseían un profundo conocimiento y práctica en el cultivo de arroz y ñame, alimentos básicos en la dieta de la región.
De hecho, la capacidad de los agricultores africanos para producir cosechas de primera calidad en Nueva España (trigo, azúcar) y criar ganado europeo a veces preocupaba a las poblaciones indígenas, que presentaban quejas ante los tribunales españoles porque sus productos solían ser ignorados en favor de los que los afromexicanos llevaban al mercado.
Cimarronaje y búsqueda de libertad.
El amplio conocimiento de técnicas agrícolas también estimuló a los africanos a escapar de la esclavitud, confiando en su capacidad de autosuficiencia para producir alimentos, escalar terrenos remotos y establecer comunidades cimarronas o palenques sostenibles que desafiaban y eludían la autoridad española.
En la literatura sobre estas comunidades en toda América se destaca su capacidad para evadir y defenderse de la captura. En México, el cimarronaje ha sido estudiado por la historiadora Adriana Naveda para la zona de Veracruz, en particular, en el pueblo de San Lorenzo de los negros (hoy Yanga), donde se cree que se coordinaban acciones cimarronas hacia otras regiones del país.
En un principio la gran mayoría de los africanos traídos a México fueron esclavos, quedando a la voluntad de sus captores, pero cada vez más alcanzaron su estatus de libres. Algunos de ellos encontraron la forma de pagar a sus amos el precio de su libertad. En otros casos, los mismos amos se las otorgaron. Otros, de plano, se escapaban.
Los esclavos huían hacia todas partes. Algunos documentos señalan que la costa del pacífico era una zona de cimarronaje intensivo hacia 1609. De costa a costa, Puebla desempeñó un papel de coordinador de las acciones cimarronas. Hacia el siglo XVII los afrodescendientes en México ya se calculaban en decenas de miles, contabilizando tanto a los que aún se mantenían esclavizados y aquellos que ya eran libres.
De esta forma, la distribución territorial, los oficios y el cimarronaje explican por qué las costas del Pacífico sur se convirtieron en espacios decisivos de refugio, trabajo y arraigo afrodescendiente.
La Costa Chica y la Costa Grande, imán de esclavos libertos y palenques.
Marco geográfico y alcance regional.
Un numeroso contingente de esclavos africanos terminó asentándose en las regiones que nos interesan: la Costa Grande y la Costa Chica de los Estados de Guerrero y Oaxaca, zonas a las que terminaron arribando a través de las múltiples rutas internas y por diversas circunstancias.
La Costa Grande es una franja litoral que se extiende desde la desembocadura del río Balsas, en los límites de los Estados de Michoacán y Guerrero, hasta el puerto de Acapulco. Aquí mismo empieza la Costa Chica, que se extiende hasta Oaxaca, donde abarca 50 municipios de este Estado, ubicados en los distritos de Jamiltepec, Juquila y Pochutla.
Aunque la tradición oral de los pueblos afrodescendientes de la región señala que sus ancestros llegaron por naufragios de barcos cargados de esclavos negros que llegaron a Punta Maldonado, esto es solo un mito. Incluso en las poblaciones que han conservado más rasgos somáticos afro, no tienen conciencia de su origen.
Por tal motivo, la conexión entre África y estas regiones costeras adquiere más importancia de la que podríamos pensar. Es una cuestión de identidad, conciencia y justicia. Si bien a lo largo de las secciones anteriores encontramos el verdadero origen de los pueblos afromexicanos del país, ahora nos concentramos en las particularidades de aquellos que se extienden a lo largo de las costas chica y grande.
Primeros asentamientos y rutas de esclavos africanos hacia Guerrero y Oaxaca.
La aparición de negros de origen africano en el actual estado de Guerrero data de los primeros años de la colonización española en México, es decir, desde la tercera década del siglo XVI. Curiosamente, el primer africano que llegó a territorio suriano fue el conquistador Juan Garrido (de quien ya nos referimos).
En su calidad de persona libre, conquistador de tierras y sujeto de crédito, compraba esclavos y buscaba oro al igual que cualquier encomendero español de su tiempo. Llegó junto con cuatro españoles a Zacatula (localidad del municipio de La Unión de Isidoro Montes de Oca, en la Costa Grande) por la ruta de Zirándaro.
En diversas relaciones y extractos de documentos se mencionan sus adquisiciones de esclavos negros. Ya en el año de 1527 se encontraban varios esclavos negros en la región costera de Guerrero, mayormente en calidad de criados de algunos encomenderos.
Luego de fundar las dos primeras villas en la zona (San Luis Acatlán, Costa Chica, en 1522, y la Concepción, en Zacatula, Costa Grande, en 1523), los encomenderos españoles, atraídos por el oro de los ríos, trataron de hacerse de mano de obra negra cuando por mandato del Rey les prohibieron usar esclavos indígenas.
Pocos años después, Hernán Cortés – conquistador de México y Marqués del Valle de Oaxaca– celebró un contrato con el tratante genovés Leonardo Lomelí para llevar quinientos esclavos destinados a las haciendas del marquesado ubicadas en Oaxaca, principalmente al cultivo de cacao y algodón.
Tras el descubrimiento de minas de plata en 1532 en Zumpango del Río, y poco después en Taxco, centran el interés español alrededor de estos centros. Las primeras villas fueron abandonadas, y se adquirieron un elevado número de esclavos negros para trabajar en las minas, que empleaban a 800 esclavos africanos en 1569.
Hacia fines del Siglo XVI y principios del XVII, el 70% de la población de Taxco se constituía de raza negra pura, con algunos mulatos. La despoblación africana de Taxco devino cuando el virrey Luis de Velasco pretendió hacerse propietario de los esclavos abandonados por sus antiguos amos . Según las crónicas, sólo 17 de ellos pasaron a su poder, mientras que la mayoría emigra como negros libres (cimarrones) hacia la Costa Chica, sin dejar rastro de su presencia en las regiones mineras de entonces.
No serían los únicos. Los rudos trabajos de la explotación de la caña en Veracruz obligaron a muchos esclavos a huir de las haciendas, y con base en múltiples testimonios históricos, desde 1570 algunos de los grupos de cimarrones se establecieron en Acapulco y la costa chica para vivir en libertad.
La elección de estas zonas por parte de los esclavos africanos no fue casualidad. La Sierra Madre del Sur y la región de la Montaña aíslan a las regiones costeras de Guerrero y Oaxaca del resto de sus respectivos territorios, lo que deriva en una orografía escarpada y una diversidad ecológica que la convierten en zonas de difícil acceso. Además, la presencia de selvas estimula la dispersión de comunidades y la economía de subsistencia.
Todas estas características también las podemos encontrar en muchas zonas de África Central y Occidental, lo que indica que sus similitudes fueron un factor determinante para que las regiones costeras de Guerrero y Oaxaca se poblaran con esclavos de África y sus descendientes.
La reproducción del modo de vida y algunas costumbres bantús en la costa chica y la costa grande, así como su prevalencia hasta nuestros días, son una muestra real de la herencia africana en México y los esfuerzos de los antiguos esclavos en conseguir su libertad y supervivencia, después de la gran tragedia que representó para ellos su conversión a la esclavitud.
Caminos internos, haciendas y trabajo costero.
La zona de la Mixteca, en Oaxaca, era igualmente atractiva para los esclavos libertos por su diversidad de paisajes y la posibilidad de encontrar un sitio con difícil acceso que les brindara más seguridad y tierras fértiles para su sembradío.
En la época colonial la región estaba comunicada por el camino real, y a través de ella, los viajeros se desplazaban de las costas del pacífico a Puebla. Por este camino llegaron algunos cimarrones a la región de la Costa Chica, quienes huían de los ingenios azucareros de Atlixco, Puebla, y de las haciendas de Huatulco, Oaxaca. Otra vía de poblamiento de negros en la región costachiquense fue siguiendo el camino Veracruz–Puebla–Oaxaca.
Los poblados de Pinotepa del Rey (hoy Pinotepa Nacional) y los Cortijos recibieron a los primeros esclavos arribados por esta ruta. Encomenderos como Tristán de Luna y Arellano les llevaron por la costa para hacerse cargo de sus estancias ganaderas, de la pesquería de perlas y para trabajar en el oro y la sal. Según lo indican algunos testimonios orales, los descendientes de los negros esclavos del señor Tristán de Luna y Arellano se multiplicaron, y de ellos descienden los “morenos” de la Costa Chica.
El puerto de Huatulco, Oaxaca, fue también un punto importante de poblamiento de personas africanas mediante entradas irregulares producto del contrabando y del cimarronaje de la última parte del siglo XVI. Muchos de ellos terminaron trabajando en las estancias ganaderas costeras, que se multiplicaron por las costas guerrerenses y oaxaqueñas. No hay datos precisos sobre cuántos negros llegaron a estos territorios para desempeñar estas labores, pero sin duda fueron muchos.
En las estancias ganaderas costeras, los hombres se desempeñaban como arrieros, vaqueros y capataces. Las mujeres también trabajaron en las haciendas como parte del servicio doméstico, en casas particulares brindando cuidados y comerciando en los mercados. Siendo libres fueron mayordomos de cuadrillas dedicadas a la explotación de oro, y desempeñaron varios oficios, como albañiles, sastres o carpinteros.
Su desarrollo en las décadas y siglos subsecuentes derivó en establecimientos “en redondo” de africanos esclavos en los espacios otrora de los indígenas, lo que motivó a estos a huir a la parte serrana del actual Guerrero, sentando el precedente de una relación asimétrica con ellos.
De esta manera, la Costa Chica se convirtió en una zona pluriétnica en la que se pueden encontrar grupos indígenas, como mixtecos, amuzgos, tlapanecos y chatinos, y los afromexicanos, conocidos regionalmente como morenos.
Muchos africanos y afrodescendientes también poblaron la Costa Grande. Aquí, la gran mayoría de ellos trabajaban en las haciendas agrícolas, especialmente las algodoneras. Otros estaban al servicio de los encomenderos o en casas de hacendados como capataces de indios, vaqueros, caporales, mozos, mayordomos, arrieros, entre otros.
Con el transcurso del tiempo muchas personas obtuvieron su libertad, y junto con los afrodescendientes de zonas alejadas que huían de la esclavitud, poblaron la Costa Grande. Aunque no tan numerosos en relación con sus vecinos de la Costa Chica, sus asentamientos también se construyeron de forma paralela a las costas y las montañas.
Ante la disminución dramática de la población indígena local, los afrodescendientes fueron ocupando las tierras más fértiles, que precisamente eran las más cercanas al mar.
El puerto de Acapulco y su rol en el comercio de esclavos africanos.
Con este trasfondo regional, el puerto de Acapulco desempeñó fundamental para el tráfico de esclavos de la región. Más allá de que su bahía es la frontera natural que divide las zonas costeras del Estado de Guerrero, su función fue determinante para articular caminos terrestres, comercio marítimo y poblamiento afrodescendiente en la región del Pacífico.
Por estos factores, Acapulco tiene su propia identidad afrodescendiente, sustentada en una historia peculiar, misma que es preciso revisar. El lugar que hoy ocupa la ciudad y el puerto de Acapulco ha estado habitado desde hace cuatro mil años por diversas culturas mesoamericanas, incluidas la olmeca y la mexica.
Al ser la bahía una base ideal para la navegación y la construcción de un puerto, desde el momento en que llegaron los españoles a este sitio se convirtió inmediatamente en un punto estratégico, abriendo el primer camino hacia la Ciudad de México, que a su vez lo conectaba con Veracruz.
Por esta vía directa Acapulco recibió numerosos contingentes de esclavos africanos desde los primeros años de la colonia, dedicados a las labores de construcción de embarcaciones. A raíz de esto surge el primer asentamiento de carpinteros españoles y esclavos negros en las playas de Puerto Marqués.

Pero no solo llegaron esclavos por tierra, también por mar. Desde 1570, por decreto real, Acapulco se convirtió en el sitio comercial para realizar negocios entre América y Asia, que lo unió con la ciudad de Manila, en Filipinas. Así comenzó un circuito comercial que duró 250 años, a través de barcos que eran llamados naos o galeones, que traían mercancías de China y otras naciones asiáticas.
Con este impulso, Acapulco se convirtió en el puerto más importante de la costa occidental de América del Norte y Central. El incremento de las actividades comerciales por el puerto de Acapulco llevó aparejada la introducción clandestina de esclavos, y a mayor actividad comercial, mayor era la demanda de esclavos.
No obstante, su arribo por la vía de Manila se dio en cantidades relativamente pequeñas, pues, como es sabido, de acuerdo con las ordenanzas, la única vía de entrada legal de esclavos era por Veracruz.
Los dos puertos eran lugares estratégicos para cualquier tipo de objetivos que hayan tenido los negros, y tenían múltiples semejanzas con sus lugares de origen. Entre las dos, Acapulco sirvió como retaguardia para la conservación y reproducción de los usos y costumbres bantús, al contrario de Veracruz, más expuesto a las olas de inmigración europea.
Hemos visto que gran parte de los esclavos africanos eran originarias del centro y occidente del continente. No obstante, la gran mayoría de las personas esclavizadas que entraron por Acapulco provenían del sur de África Oriental, sobre todo de Mozambique, así como de algunas regiones orientales de piel oscura, como Indonesia, Melanesia, así como del Centro y Sur de América, que llegaban de contrabando desde Lima, Perú, al cobijo de los acuerdos celebrados con portugueses, franceses e ingleses, violando la legislación vigente. A su vez, era costumbre que algunos pasajeros del Galeón de Manila viajaran acompañados de esclavos.

Desde antes de la habilitación del puerto de Acapulco para el comercio con Asia, el asentamiento portuario ya poseía una numerosa población negra y afrodescendientes, con algunos filipinos y unos pocos españoles.
Dado que la introducción de esclavos africanos a Acapulco estaba prohibida, la cantidad de personas del continente africano que ingresaron por esta vía no es tan grande. Según registros, de 1600 a 1603 habían entrado no más de 201 negros. Sin embargo, el origen de aquellos que llegaron agregó mayor heterogeneidad y diversidad cultural a la población afrodescendiente de las costas chica y grande, que se manifestó en mayor grado a medida que obtuvieron su libertad.
Para 1743 ya había 578 familias de afrodescendientes libres en Acapulco, que se dedicaban a diversas tareas en mar y tierra, principalmente de carpinteros de ribera, pescadores, cargadores, ebanistas, calafates, torcedores de jarcia y de buzos.
También formaron parte de las milicias, ocupando cargos administrativos, a veces como tenientes o incluso capitanes encargados de administrar el puerto, durante las largas ausencias del colono castellano o el gobernador. Es más, en las postrimerías del coloniaje, se dieron casos de cuerpos de milicianos formados sólo por ellos, llamados entonces “pardos” o “morenos”.
Durante los días de la célebre Feria de Acapulco, los africanos y afrodescendientes que residían en Acapulco y sus alrededores participaban en la organización de la compra y venta de productos, así como en la carga y descarga de las mercancías. Según lo atestiguan algunos cronistas de la época, los afrodescendientes lucían por su destreza en los bailes, peleas de gallos y carreras de caballos que se organizaban en los días de Feria.
En contraste, otros fueron temidos, ya que andaban “huidos en los montes”, de donde salían para cometer robos en los caminos de mercancías descargadas de las naos de Filipinas.
La participación de personas africanas fue esencial en el desarrollo del puerto de Acapulco. Ya para 1802, pocos años antes del inicio de la guerra de independencia, el viajero y naturalista alemán Alexander Von Humboldt se refirió a Acapulco como una ciudad “habitada casi exclusivamente por hombres de color”. Del mismo modo, localidades cercanas, como Coyuca, Tecoanapa y San Marcos, también estaban habitadas por afrodescendientes.
En los siglos XIX y XX, Acapulco fue escenario de hechos históricos durante la independencia y la revolución mexicanas, y posteriormente comenzó el impulso y desarrollo turístico que marcó el destino del puerto desde entonces.
Consolidación de asentamientos afrodescendientes en las costas de Guerrero y Oaxaca.
Demografía, mestizaje y tercera raíz.
Actualmente, en México se reconocen como afromexicanas y afrodescendientes el 2.5% de la población, que equivale a más de 2.5 millones de habitantes. Esta comunidad es aún más grande en los Estados de Guerrero y Oaxaca, en los cuales el porcentaje de población afrodescendiente es de 8.5 y 4.7%, respectivamente, de acuerdo con datos del del Censo de Población y Vivienda 2020, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).
Aún dentro de estas Entidades Federativas, los afromexicanos están concentrados a lo largo de las costas chica y grande, mientras que Acapulco de Juárez sigue siendo el municipio de la República Mexicana con mayor población afrodescendiente del país, tal como se muestra a continuación.

Desde el periodo virreinal estas regiones permanecieron poco conectadas con el centro de México. Su población desempeñó un papel central en la conformación de la sociedad costeña del litoral del pacífico, llamado también Mar del Sur, y dada su historia y geografía, las expresiones socioculturales de las personas esclavizadas del continente africano lograron conservar una gran parte de sus tradiciones, usos y costumbres, resultando en una rica herencia afromexicana.
En cambio, en el resto de México no ocurrió lo mismo, donde el africano acabó siendo diluido en su forma biológica y cultural mediante el proceso del mestizaje, no porque fueran minoría (al contrario), sino por la condición de esclavos de sus miembros y por provenir de puntos alejados de África, siendo socialmente inconexos entre sí.
La gran excepción a esta regla son la Costa Grande, la Costa Chica, Acapulco y, en mínima medida, en Veracruz. De no ser por su carácter mayormente afrodescendiente, quizá en México ya no hablaríamos de la existencia de personas negras en el país, pese a los más de 250 mil africanos que entraron como esclavos durante la Colonia y cuyos descendientes, que representaban el 11% de la población nacional al término de la dominación hispana.
Todo esto viene a constituir nuestra “tercera raíz” (después de la indígena y la española) de la sociedad mexicana, siendo el resultado de un mestizaje compuesto de elementos mayormente tripartitos, aunque quizá en diversas proporciones.
Al negro no le fue posible procrearse “puro” biológicamente (obviamente ni en su forma cultural), dada la escasez de mujeres de su raza en México. Su vía procreativa fue con la indígena antes que nadie, puesto que mujeres españolas había muy pocas, y parte de las esclavas africanas estaban reservadas para los amos. Otro estímulo para la procreación entre africano e indígena fue que, en aquella época, la esclavitud se heredaba por línea materna.
Así pues, la acción del negro africano para liberarse de la esclavitud se realizó por medio de la dinámica compleja de la división de castas, de la que se desprende nuestra tercera raíz. Este fenómeno es sumamente visible en la región de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca, donde la presencia afromexicana es notable en todas sus formas, a través de pueblos conformados en su mayoría por “morenos”.
En este sentido, es posible hablar de una región multiétnica, toda vez que aquí conviven habitantes indígenas (mixtecos, amuzgos, nahuas y tlapanecos), blancos y afromexicanos. De aquí que en los diversos cruzamientos étnicos se den casos de afromixtecos y afroamuzgos, según el grupo indígena con que se haya entrado en contacto biológico.
Sin embargo, a pesar de compartir con grupos indígenas, mestizos y blancos un territorio, una misma religión y algunas costumbres, los pueblos afrodescendientes han mantenido ciertas diferencias relacionadas no sólo con los rasgos y el color de la piel, sino con diversas manifestaciones culturales. Entre ellos, los diez que concentran el mayor porcentaje de población afrodescendiente son los siguientes, todos ubicados en la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca.

Este patrón de asentamientos afromexicanos a lo largo de la costa responde a la geografía histórica, la logística de las haciendas virreinales y las rutas comerciales que forjaron estas tierras, llevando consigo numerosos esclavos negros. Algunos de los más notables son El Cortijo (antes Cortijos), Pinotepa Nacional (antes del Rey), Cuajinicuilapa, San Nicolás, Maldonado, Jalapa (Cuautepec), San Marcos, Copala, Huehuetán y Juchitán.
Manifestaciones culturales, memoria comunitaria y situación contemporánea.
Los africanos y sus descendientes han contribuido en la conformación de un gran mosaico étnico y cultural guerrerense y oaxaqueño de forma esencial, a partir de una serie de manifestaciones que lograron retener, recrear y transmitir, a pesar de su estatus de esclavos.
A pesar de que perdieron, por principio, su religión y su lengua original, asimilaron rápidamente las del amo español, apropiándose de ellas y después condimentarla con vocablos, fonética, morfología y expresiones culturales propias a través del sincretismo cultural, en el cual intervienen elementos de las tres culturas madres que componen su esencia.
Dichas expresiones florecieron en diversas áreas y actividades, como la música, la danza, la vestimenta, el tipo de casa–habitación “en redondo”, la literatura tradicional de tipo oral, la poesía, entre otras manifestaciones de orden espiritual, aún vigentes.
Después de todo, la principal aportación africana a la región del Pacífico Sur mexicano y, concretamente, a la Costa Chica, fue la de producir riqueza, resultado de su trabajo en las estancias y haciendas ganaderas, en las plantaciones, en las minas, en las pesquerías, etc.
Por otra parte, no puede ignorarse su participación en el movimiento independentista, como los batallones de “pardos” y “mulatos”, procedentes, por ejemplo, de las estancias de Cruz Grande, Copala, Juchitán, San Nicolás y Maldonado, bajo las órdenes de José María Morelos y Pavón, así como de Vicente Guerrero, Juan Álvarez, Juan del Carmen y Juan Bruno (precisamente apodado “el Africano”).
De igual forma fue importante su participación durante la Revolución de Ayutla y en el movimiento zapatista. La configuración política actual de los poblados afrodescendientes a lo largo del litoral estuvo fuertemente influenciada por la Revolución mexicana, principalmente debido a la lucha entre carrancistas y zapatistas.
Como antaño, sus habitantes se dedican principalmente a actividades primarias. Asimismo, el comercio es un motor económico de primer orden que permite a las familias desarrollar distintas formas de subsistencia, así como algunas costumbres y prácticas culturales comunes entre las franjas costeras del pacífico guerrerense, como el uso de cocinas abiertas, el consumo de carne seca, celebraciones, música y el alcohol de palma.
También podemos encontrar locales como tiendas de abarrotes, tortillerías, expendios de artículos perecederos y artículos de pesca, así como alimentos y frutas de temporada. A partir de la década de los noventa, la migración a Estados Unidos ha cobrado un papel preponderante.
Los pueblos afromexicanos de la Costa Grande se han dedicado a la agricultura, la pesca, en especial a los cultivos de café y copra. La desigualdad económica y los grandes latifundios determinaron desde temprana época la situación de estas comunidades, apoyando los movimientos de insurgencia. En esta zona muchos de ellos están concentrados en ciudad y municipio de Zihuatanejo, en donde el 6.3% de sus habitantes se considera afrodescendiente.

En conjunto, la historia de las comunidades afrodescendientes de la Costa Chica y la Costa Grande nos muestran que las rutas de la trata trasatlántica de esclavos africanos no terminaron en los puertos, sino que continuaron en caminos interiores, haciendas, pueblos costeros, formas de resistencia y expresiones culturales que aún sostienen una parte fundamental de su identidad y que hoy las convierten en la perla negra de México.
Fotografía de portada y mapas modificados con IA.
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