Etiopía y sus microguerras

El actual gobierno de Etiopía busca convertir al país en una potencia económica regional y, para lograrlo, ha impulsado transformaciones profundas que han reactivado conflictos internos y tensiones externas. En este proceso afloran contradicciones históricas, disputas interétnicas y delicados equilibrios políticos. A continuación, se analiza el clima de confrontación que atraviesa a los pueblos etíopes, sus vecinos y sus propias regiones.
Etiopía, crisol de naciones con fronteras cambiantes y conflictos recurrentes.
Etiopía es el Estado más antiguo de África. Jamás colonizado, su territorio se ha contraído y expandido en el marco de un proceso cíclico de centralización, fragmentación y reunificación. Es tan influyente a nivel político y simbólico que la sede de la Unión Africana se encuentra en Addis Abeba, su capital, y también posee un peso demográfico considerable, siendo el segundo país más poblado del continente, solo por detrás de Nigeria.
Incluso existe una especie de exaltación internacional hacia Etiopía por la lucha anticolonialista, la defensa del orgullo africano y su visión panafricanista, razones por la que es considerada como “la madre patria africana” tanto por los africanos como por la diáspora alrededor del mundo.
A pesar de su liderazgo regional, Etiopía enfrenta una profunda inestabilidad política y social. Sus conflictos recurrentes no pueden entenderse sin considerar su formación histórica como imperio multiétnico ni su posición geográfica en una región de fronteras difusas. En sentido estricto, éstas últimas no existen. Más bien, éstas son fluidas y disputadas a lo largo del Cuerno de África.
La Etiopía actual se presenta como heredera natural del antiguo Reino de Aksum o Axum (siglo I al VII d.C.). Tras su declive, se consolidó paulatinamente una entidad política diversa, hasta que a finales del siglo XIX el emperador Menelik II expandió los límites del imperio —también conocido como Abisinia— hacia el sur y el este, y fortaleció su poder mediante la construcción de un Estado moderno.

El imperio llegó a aglutinar a más de ochenta grupos étnicos distintos, que durante siglos coexistieron y fueron integrados, en ocasiones de manera forzada, en el cual el cristianismo ortodoxo y el idioma amárico funcionaron como elementos unificadores frente al exterior, aunque algunos grupos musulmanes mantuvieron su autonomía y ciertas tradiciones.
Mientras Etiopía se expandía al sur y el este, Italia, Francia y el Reino Unido trazaron las fronteras externas del imperio con sus colonias vecinas. De esta forma Etiopía no creó sus fronteras actuales, sino que otros hicieron esta labor en su lugar. Estas delimitaciones originaron movimientos irredentistas al interior del país, tal como veremos más adelante.
Si bien Etiopía se libró de ser colonizada por los europeos, sus pueblos vasallos sufrieron una especie de “colonialismo interno”. La élite imperial etíope era originaria de los territorios del norte, en específico, de las regiones de Amhara y Tigray, justo donde se ubicaba Aksum, que absorbieron por la fuerza a pueblos musulmanes, bantús y kushitas.
En 1974 el imperio llegó a su fin, y su lugar fue tomado por un gobierno de inspiración socialista (conocido como DERG) y después, por un Frente Democrático Nacional. Ambos se enfrentaron con el reto de mantener el delicado equilibrio étnico y la integridad territorial del país, pero fracasaron.
A lo largo de todos esos años, las únicas constantes han sido la inestabilidad política y los conflictos, mismos que han impedido que Etiopía aproveche todo su potencial económico. La falta de unidad nacional ha condenado a sus pueblos al subdesarrollo en medio de una crisis multidimensional prolongada.
El proyecto político de Abiy Ahmed para Etiopía: federalismo vs centralismo.
Tras la caída del DERG en 1991, el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF, por sus siglas en inglés), integrado por líderes provenientes de todo el país, instauró un sistema constitucional de federalismo étnico, que reconocía la diversidad cultural del país y otorgaba derechos de autodeterminación (incluida la secesión) a las diferentes regiones.
Sin embargo, no desmanteló las estructuras de poder centralizado, heredadas desde la época del imperio. Esta contradicción no resolvió el problema. La marginación de ciertos grupos continuó, y determinados territorios y ciudades han sido objeto de disputa entre las diferentes etnias.
Tigray continuó siendo la región hegemónica dentro del país y del EPRDF durante casi 30 años, hasta que en abril 2018 Abiy Ahmed Alí asumió el poder como nuevo primer ministro.
Su elección se dio en medio de una grave crisis política a nivel nacional, después de que su antecesor, Hailemariam Desalegn, renunció al cargo por la fuerte presión social ejercida contra las políticas de su gobierno. Al mismo tiempo sobrevino una fractura en el EPRDF, que terminó por desaparecer. Pocos anticipaban que el nuevo primer ministro se atrevería a implantar cambios tan profundos dentro del Estado etíope. Sin embargo, eso fue exactamente lo que hizo.
De padre musulmán de la etnia Oromo, y madre cristiana ortodoxa de los Amhara, Ahmed está convencido de que es posible la plena integración de los pueblos y etnias que habitan Etiopía, a pesar de las diferencias ancestrales.
Desde muy joven, Abiy Ahmed se sumó a las filas del grupo revolucionario que forzó la caída de Mengistu Haile Mariam en 1991, y tras la llegada del multipartidismo, inició su carrera política en el Partido Democrático Oromo, uno de los que formaban parte del EPRDF.
Siempre se ha destacado por su carácter conciliador y negociador. Ya era una figura bastante conocida en Etiopía cuando asumió el cargo de primer ministro, e inmediatamente comenzó a llevar a la práctica su plan político.

Con el respaldo de una coalición nacional multiétnica, y bajo un discurso panetíope, aprobó reformas políticas centralistas que anularon de facto el “federalismo étnico” establecido en la Constitución de 1995, uno de los determinantes de la transición del país a la democracia.
Una de sus primeras acciones fue la liberación de los presos políticos, el levantamiento de las restricciones a los medios de comunicación, así como el fin del estado de emergencia en todo el país, aprovechado por muchos para cometer excesos, abusos y violaciones a los derechos humanos. También se comprometió con la igualdad de género al promover la llegada a la presidencia del país de Sahle-Work Zewde.
Pero sin duda, lo más destacado de sus primeros años en el poder fue la histórica firma de un acuerdo de paz con Eritrea, después de décadas de guerras, enfrentamientos y tensiones. Este activismo le valió a Abiy Ahmed ganar el Premio Nobel de la Paz en 2019 y convertirse en uno de los líderes mundiales más respetados y admirados del mundo en ese momento.
Ante inmejorable respaldo internacional, Abiy Ahmed se propuso llevar a Etiopía por el camino de la reconciliación, la unidad y la paz al amparo de un nuevo partido político, el Partido del Progreso (PP). En el ámbito económico inició un proceso de liberalización orientado a abrir oportunidades, modernizar la economía e insertar definitivamente al país en la globalización propia de los Estados contemporáneos.
A su vez, se planteó la reducción de las asimetrías de desarrollo regionales como parte integral del programa económico, que buscan convertir a Etiopía en un país más democrático, igualitario y próspero. No obstante, la ruptura de la alianza étnica provocó un intenso terremoto político.
Ahmed alteró el frágil equilibrio entre las naciones que conforman Etiopía y, como veremos más adelante, sus decisiones fueron motivo de grandes confrontaciones interétnicas, reviviendo disputas históricas.
Se dice, con justa razón, que Etiopía es una “Federación de naciones”. Para algunos, incluso la simple idea de “nación etíope” implica un agravio contra la autonomía de las regiones y el respeto a las costumbres de las etnias. Junto a ese férreo regionalismo y las dinámicas discriminatorias que lo caracterizan, se ha impuesto una larga tradición de gobiernos centralizados que por la fuerza pretenden evitar la disgregación territorial a falta de estabilidad interna.
Y ahora, con la cancelación de las nueve autonomías regionales (más dos ciudades con estatus federal especial, Addis Abeba y Harare) en nombre de una identidad nacional etíope que nunca ha existido, la consecuencia lógica era el surgimiento de una gran cantidad de conflictos y frentes abiertos dentro del país. Y eso fue lo que ocurrió.

Con el paso de los años, la figura de Abiy Ahmed se resquebrajó. Ya no queda prácticamente nada de aquel político jovial, progresista y abierto al diálogo y reconciliación que ganó el Nobel de la Paz. Después sobrevino el brutal colapso que precipitó a Etiopía a una nueva guerra civil y conflictos intestinos. Ahora implementa exactamente las mismas medidas que levantó en sus primeros días como primer ministro: estado de emergencia, persecución de líderes políticos y censura.
En junio de 2024 la publicación The Continent publicó una investigación en la que reveló los detalles de la construcción de una nueva y lujosa residencia para el primer ministro en el área montañosa de Yeka Hills, al noreste de Addis Abeba, símbolo de su ambiciosa visión, con un costo de 10 billones de dólares, equivalentes a más de la mitad del presupuesto anual del país, y que es financiado principalmente por inversionistas de los Emiratos Árabes Unidos.
Este proyecto, con toda la razón, ha sido duramente criticado por su extravagancia, sobrecosto, falta de transparencia y, sobre todo, porque todavía millones de personas viven en estado de pobreza y hambruna.
Para bien o para mal, Abiy Ahmed está moldeando Etiopía conforme a su propia visión: restaurar el pasado glorioso del país mediante un proyecto que combina ambición modernizadora, centralización política y retórica nacionalista. Reconciliar estas contradicciones es el gran dilema de su gobierno, y todavía no está claro si logrará resolverlo.
Las microguerras internas de Etiopía.
Sin este largo contexto histórico y la revisión del proyecto político de Abiy Ahmed es imposible comprender la dinámica conflictiva dentro y fuera de las fronteras de Etiopía.
Actualmente existen tres principales focos de conflicto interno, que se desarrollan en las regiones de Amhara, Oromo y Tigray. A estos hay que sumarles las tensiones históricas entre las más de 80 comunidades étnicas del país, con lo cual el número de disputas se multiplica.
Para describir esta situación conflictiva, utilizamos el concepto de “microguerra”, que surge en la antigua Roma para referirse a los pequeños enfrentamientos armados extraoficiales en un estado de pseudo paz y tensión permanente latente en las estructuras de la sociedad civil.
Este escenario describe a la actualidad de Etiopía: formalmente no se encuentra en guerra, pero enfrenta una elevada inestabilidad política y múltiples conflictos, que ponen en entredicho su capacidad para gestionar la convivencia social y política.
El debilitamiento del federalismo étnico, sumado a la dinámica geopolítica del Cuerno de África, ha ampliado la conflictividad interna y externa.
A nivel interno, las tensiones entre la centralización y las autonomías étnicas dictan la agenda política. En los últimos años Etiopía se ha visto acosada por una compleja serie de conflictos armados y violencia política en los que se han visto implicadas fuerzas de seguridad nacionales y regionales, así como milicias comunitarias y movimientos armados de liberación. Entre las “microguerras” más significativas, destacan las siguientes:
Amhara.
El conflicto en Amhara data de 2023, luego de una serie de desacuerdos entre el ejército etíope y la llamada milicia Fano tras el fin de la guerra en Tigray (2020-2022). Dado que la región de Amhara es limítrofe con Tigray al norte, su territorio se convirtió en un auténtico campo de batalla, sufriendo las consecuencias más graves del conflicto.
Tras no verse cumplidas las promesas realizadas por el gobierno, las milicias Fano se sintieron traicionados por Addis Abeba y se sublevaron en agosto de 2023. Los enfrentamientos son de baja intensidad, aunque continuos, lo cual ha llevado al gobierno a declarar estado de emergencia e imponer severas restricciones en las comunicaciones y en la movilidad de la población.
Según informes de diversas organizaciones de ayuda humanitaria, como la Cruz Roja, existen denuncias de graves abusos, detenciones masivas y ejecuciones extrajudiciales.
Oromía.
Este es uno de los conflictos étnicos más añejos al interior de Etiopía, que se remonta a 1973, cuando aún existía el imperio, año en el cual se creó el Frente de Liberación Oromo (OLF, por sus siglas en inglés), con el objetivo de la autodeterminación del pueblo oromo, la etnia más numerosa del país, pero que históricamente ha estado marginado por las élites políticas.
Desde entonces, esta organización se ha sublevado en contra de los gobiernos de Addis Abeba. El Frente de Liberación Oromo —que se transformó en partido político, como todos los demás frentes de liberación que existen en Etiopía— formó parte de la coalición que ganó en las elecciones pasadas de 2018.
No obstante, su movimiento original retomó fuerza tras romperse el federalismo étnico en 2019. En 2020 el asesinato del cantante y activista de origen oromo Haacaaluu Hundeessa produjo importantes protestas, y desde entonces la inseguridad y los secuestros han ido en aumento.
El Ejército de Liberación Oromo también se ha enfrentado a las fuerzas gubernamentales, sobre todo en Oromía occidental. La violencia entre comunidades por reivindicaciones territoriales ha provocado desplazamientos generalizados y ataques contra la población civil, lo que ha desestabilizado aún más el país.
No deja de ser paradójico el hecho de que un brazo armado de su propia etnia haya desafiado abiertamente al gobierno de Abiy Ahmed.
Ogadén.
La disputa por el territorio del Ogadén tiene raíces históricas y coloniales. A diferencia de otras regiones de Etiopía, el Ogadén no ha estado vinculado a la historia del país, esto porque el territorio fue un botín de guerra que obtuvo Etiopía tras ganar la llamada Guerra del Ogadén (1977-1978) a Somalia en la época donde gobernaba el DERG, en el marco de la guerra fría.
Tras este resultado se formó un Frente de Liberación Nacional de esta región, que luchó por su autodeterminación hasta 2018, cuando llegó a un acuerdo de paz para dejar las armas.
A pesar de que el Ogadén es la segunda región más grande de Etiopía por extensión, pero solo alberga al 4% de la población nacional. Esta desconexión es el resultado de la combinación de factores ambientales extremos, dinámicas económicas tradicionales y marginación.
Por tanto, sus dinámicas económicas y sociales son incompatibles con la concentración poblacional de otras regiones de Etiopía y el poder centralizado de Addís Abeba, que priorizó el desarrollo de otras regiones.
Sin inversiones masivas, la región está condenada al atraso económico y los conflictos, y en este sentido, el Frente de Liberación Nacional de Ogaden está reagrupándose militarmente, donde también opera la peligrosa organización yihadista Al-Shabab, cuya presencia se explica porque histórica y étnicamente la región está más vinculada a Somalia que a la propia Etiopía.
Aussa y los Afar.
Los afar son un pueblo kushita, vinculado históricamente a la región de Kush, antiguo reino situado al sur de Egipto y en Nubia, en el actual Sudán. Habitan una zona árida, calurosa y de difícil acceso, pero rica en minerales.
Los afar se organizan en pequeños sultanatos, ya que son musulmanes sunitas. Entre ellos, el más importante fue Aussa (con centro en la actual ciudad de Asaita). Sin embargo, el colonialismo europeo y el Imperio de Etiopía dividieron su territorio en 1936. Hoy, los afar están divididos en Eritrea, Djibouti y Etiopía, donde a pesar a todo, es donde mejor están.
No obstante, han estallado insurrecciones armadas, especialmente con el clan de los Issa, por el control de áreas fronterizas específicas como Adaytu, Undufo y Gedamaytu, siendo el centro de complejas disputas geopolíticas en el Cuerno de África y provocando destrucción masiva de infraestructura y desplazamientos forzosos.
Sidama y los Pueblos del Sur.
El sur de Etiopia también se ha visto sacudido debido a la disolución del pacto étnico federal en 2019. Los conflictos en esta región se deben a reclamos de autonomía regional, la descentralización y disputas por recursos locales.
Sin duda, el más importante de ellos fue la decisión de Sidama de separarse del resto de los pueblos del Sur para conseguir su propio estatus regional tras un referéndum celebrado en noviembre de 2019, no sin antes dejar atrás una serie de protestas y enfrentamientos que se salieron de control, al grado que el gobierno de Addis Abeba se vio obligado a intervenir para frenar la violencia intercomunitaria.
La escisión de Sidama ha alentado a otros pueblos del sur a buscar y exigir su propia categoría de Estado regional, desestabilizando aún más la estructura territorial del país, situación que podría acarrear fricciones fronterizas y más violencia intercomunal, como la que se observa entre los Me’en y los Mun (también conocidos como mursi), que tienen conflictos recurrentes que afectan a otras regiones periféricas.

La guerra de Tigray (2020-2022).
Los conflictos antes mencionados son suficientes para poner de cabeza a cualquier gobierno. Pero aún hay más. Todavía falta por revisar un conflicto importante que, dada su magnitud, merece un tratamiento más profundo.
Nos referimos a Tigray, región que como hemos venido diciendo, era la hegemónica antes del ascenso al poder de Abiy Ahmed, cuyo proyecto político fue visto como una amenaza por la parte más conservadora del país, representada por el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF, por sus siglas en inglés).
Al nuevo partido político de Abiy Ahmed se integraron la mayor parte de las fuerzas que conformaban el EPRDF, con la notable excepción del TPLF, el cual se debilitó con el ascenso de Ahmed, y más todavía con la firma de paz con Eritrea, su enemigo histórico y con quien hace frontera. Y ahora también lo eran de Ahmed, a quien acusaron de realizar estas maniobras para concentrar mayor poder en su persona.
Aquí cabe mencionar que Tigray fue la región más favorecida por las inversiones y el crecimiento del país, aún y cuando los oromo y los amhara representan la mayoría de la población.
La ruptura total entre la antigua y nueva élite gobernante ocurrió en agosto de 2020, año en que estaban programadas las elecciones parlamentarias y presidenciales en Etiopía, pero la pandemia de COVID-19 orilló al gobierno de Abiy Ahmed a posponerlas, lo cual no fue del agrado del TPLF.
Esto desencadenó una serie de hechos que culminaron con el anuncio de una operación militar en Tigray en noviembre. Así, mientras el mundo enfrentaba la pandemia de COVID-19, Etiopía libraba una guerra interna de gran intensidad.
Aunque tuvo una cobertura discreta debido al contexto de pandemia y a que el gobierno de Ahmed cortó las comunicaciones, la guerra fue espantosa. Hubo masacres organizadas, limpiezas étnicas, desapariciones forzadas, campos de concentración y el uso de violencia sexual y hambre como armas de guerra.
La encomienda de alcanzar un acuerdo de paz le fue dada a Olusegun Obasanjo, ex presidente de Nigeria que se convirtió en enviado especial de la Unión Africana ante la grave crisis humanitaria y la presión internacional. Finalmente, en noviembre de 2022, tal acuerdo se firmó en Pretoria, Sudáfrica, con la mediación de su presidente, Cyril Ramaphosa.
De forma oficial, las hostilidades duraron dos años, tiempo suficiente para desatar una grave crisis humanitaria que se saldó con 800 mil muertos (según estimaciones) y 2.5 millones de desplazados hacia países vecinos.
Desde el comienzo de la guerra civil, cientos de miles de personas han sido desplazadas no sólo en la región de Tigray, sino en otros estados afectados, como Afar. Incluso decenas de miles de etíopes han tenido que refugiarse en Eritrea y Sudán, cuando históricamente había sido a la inversa.
De esta forma, esta guerra involucró a otros actores regionales e internacionales destacando, en primer lugar, la intervención del ejército eritreo en apoyo del Gobierno de Etiopía.
De la misma forma el gobierno de Etiopía recibió apoyo externo por parte de los países del Golfo Pérsico, sobre todo de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, países que desde el ascenso al poder de Abiy Ahmed en 2018 han sido socios significativos del gobierno federal.
De ellos no solo han recibido ayuda económica (transferencias, inversiones sociales y financiación para los proyectos políticos de Abiy Ahmed, como el nuevo palacio), sino también respaldo diplomático (por ejemplo, facilitaron el acercamiento entre Etiopía y Eritrea), así como apoyo directo en materia de seguridad, como entrega de drones para la guerra en Tigray.
Este apoyo externo del Golfo ha sido decisivo para que Abiy Ahmed haya podido impulsar su propia agenda política. La entrada de divisas, por ejemplo, ayudó a sostener la economía en un momento crítico de la transición política, mientras que los drones permitieron a las tropas federales obtener importantes victorias contra sus oponentes antes de las negociaciones de paz.
El Acuerdo de Pretoria de 2022 pretendía poner fin a las hostilidades y traer la paz. Sin embargo, aunque el acuerdo ha llevado al cese de los combates a gran escala, la aplicación de sus disposiciones ha estado plagada de desafíos, y ha dejado, así, muchas cuestiones críticas sin resolver. La guerra terminó, pero la paz aún no ha llegado.
Se han logrado algunos avances, como el establecimiento de una administración provisional inclusiva en Tigray, el levantamiento por parte del gobierno federal de la consideración de terrorista del TPLF, el restablecimiento de la ayuda humanitaria y los servicios básicos.
El desarme, la desmovilización y la reintegración de las fuerzas tigranias han avanzado con lentitud. Además, la situación de los territorios en disputa reclamados por los estados de Tigray y Amhara sigue sin resolverse y continúa siendo fuente de conflictos armados.
El Acuerdo de Pretoria lo negociaron y firmaron el gobierno etíope y el TPLF, pero excluyó a otras partes armadas, como el ejército eritreo y las fuerzas armadas de la región de Amhara. Estas partes excluidas estaban descontentas con el acuerdo, que no cumplía con sus objetivos.
Eritrea buscaba la derrota completa del TPLF, mientras que la milicia amhara aspiraba a consolidar el control sobre los territorios disputados en el oeste y el sur de Tigray, mientras que la promesa del acuerdo de resolver estas disputas territoriales mediante un referéndum ha alimentado nuevos conflictos.
Los continuos desencuentros y las diferencias políticas amenazan con reactivar el conflicto nuevamente. No hay mejor ejemplo que Tigray de cómo una “microguerra” interna de Etiopía puede terminar en una “macroguerra” a gran escala y con consecuencias catastróficas.
Si la inestabilidad persiste, esta guerra puede ser solo la antesala de una guerra civil de mayores proporciones, lo que sería un escenario indeseable, pero posible.

Las microguerras externas de Etiopía.
La persistencia de tensiones entre Etiopía y Eritrea.
La guerra en Tigray demostró que la rivalidad con Eritrea aún persiste, con todo y el acuerdo de paz que se alcanzó en 2018 tras dos décadas de hostilidad y una brutal guerra fronteriza entre 1998 y 2000. Con este movimiento, Abiy Ahmed, inició una audaz acción diplomática que tuvo importantes repercusiones, sobre todo en Tigray, como ya vimos.
Por supuesto que el acuerdo de paz con Eritrea es una buena noticia para la estabilidad de la región, aunque no exenta de riesgos. Por el contrario, lo que no se puede justificar son los medios de los que se ha valido para alcanzar esos objetivos.
Este acuerdo condujo a la reapertura de las fronteras, la reanudación del comercio y el restablecimiento de relaciones diplomáticas, lo que mejoró de manera significativa la estabilidad regional durante algún tiempo.
No obstante, las relaciones entre Etiopía y Eritrea se han deteriorado considerablemente desde el Acuerdo de Pretoria. Eritrea, que no formó parte del acuerdo de Pretoria de 2022, sigue apoyando a la milicia amhara, Fano, en sus conflictos contra el TPLF.
Esta injerencia exterior ha exacerbado otra vez las tensiones entre Etiopía y Eritrea, y el primer ministro etíope, Abiy Ahmed, ya ha advertido que responderá contra una intervención extranjera en los asuntos internos de Etiopía.
Hasta hoy unas 40 mil tropas eritreas permanecen aún en Tigray, incluyendo Mekele, la capital regional. Su presencia continuada ha tensado aún más las relaciones, algo que ha contribuido a una mayor inestabilidad regional.
inestabilidad regional.
Etiopía y el irredentismo somalí.
Los problemas de Etiopía con sus vecinos continúan con Somalia, tras la firma el 1 de enero de 2024 de un Memorando de Entendimiento con la región separatista somalí de Somalilandia, por el que se concedía a Etiopía un arrendamiento de 50 años sobre una franja de 20 kilómetros de la costa de Somalilandia para el desarrollo de un puerto marítimo, a cambio del reconocimiento etíope a su causa.
Esta medida fue recibida con indignación por el gobierno federal de Somalia, que la consideró una apropiación ilegal de tierras y una violación de la soberanía y la integridad territorial somalíes.
Detrás de ello se encuentra un factor estratégico crucial para el éxito de que Etiopía se convierta en una potencia económica regional: el acceso al mar, que perdió en 1993 tras la independencia de Eritrea. Desde entonces, Etiopía ha dependido de Djibouti para impulsar su comercio exterior, concentrando más del 90% de la carga total.
El afán etíope en su búsqueda de una salida al mar refleja sus ambiciones como potencia regional en ascenso, sus aspiraciones militares estratégicas y sus maniobras políticas internas para conseguir apoyo nacionalista.
A esta situación habría que añadir el terrorismo en Somalia, que también ha provocado tensiones con la región etíope-somalí (el Ogadén) al este del país. El “éxodo cruzado de refugiados” en todas las direcciones cardinales, incluida Kenia, al sur, que amenaza con desestabilizar a toda la región del Cuerno de África.
Todo lo anterior ha tensado considerablemente las relaciones entre Etiopía y Somalia. El gobierno somalí ha exigido a Etiopía que cierre su consulado en Hargeisa y ha intentado impedir que Ethiopian Airlines utilice el espacio aéreo somalí.
Aunque los funcionarios etíopes han emitido declaraciones vagas, en las que se retractan parcialmente del reconocimiento, mantienen la cooperación diplomática y en materia de defensa con Somalilandia.
La comunidad internacional apoyó en gran medida la postura de Somalia, lo que dejó a Etiopía aislada diplomáticamente. En el último año, el primer ministro Abiy Ahmed ha intensificado su retórica en torno a esta cuestión, lo que ha alarmado a los países vecinos.
De esta forma, Etiopía, que durante años había sido un factor de estabilidad, ahora es el país más inestable de la región. Las tensiones entre Etiopía y Somalia, así como con Eritrea, obstaculizan la cooperación y los esfuerzos de estabilidad, y amenazan la seguridad regional.
Sudán y la disputa por Al-Fashaga.
Este es un asunto poco conocido, pero que en los últimos años ha vuelto a revivir a causa de la conflictividad interna, tanto en Etiopía como en Sudán, asunto que podría escalar en un futuro.
Al-Fashaga es un territorio de unos 260 kilómetros cuadrados, que destaca por su extrema fertilidad, que se encuentra en la frontera entre Amhara y el Estado sudanés de Gedaref. La historia de esta disputa fronteriza internacional se remonta a los tratados anglo-etíopes de 1902 (Línea Gwynn), que sitúan formalmente a Al-Fashaga bajo soberanía sudanesa.
Etiopía no reconoce plenamente dicha delimitación, debido a que, durante décadas, agricultores de origen etíope (principalmente de la etnia amhara) se asentaron y cultivaron estas tierras ricas en recursos, protegidos a menudo por milicias locales.
Desde 2008 Etiopía renunció a sus reclamaciones siempre y cuando Sudán permitiera a los agricultores y militantes etíopes a permanecer en la zona sin ser molestados.
No obstante, al comienzo de la guerra de Tigray, las fuerzas sudanesas militarizaron la zona para impedir que las fuerzas tigrayanas utilizaran Sudán como ruta de suministro. Las cosas se complicaron aún más cuando miles de refugiados huían de la guerra hacia Sudán por esta zona.
Y cuando los militantes amhara se marcharon para apoyar al gobierno, comenzaron a expulsar a los agricultores etíopes, lo que desató enfrentamientos armados, tensiones diplomáticas e incidentes fronterizos recurrentes entre ambos países.
Abiy Ahmed ha declarado en repetidas ocasiones que está abierto al diálogo para solucionar este asunto por la vía pacífica, pero hasta el momento no se ha llegado a ninguna solución definitiva, y ahora menos que nunca porque desde 2023 Sudán atraviesa por su propia guerra civil, invirtiendo los papeles.
La Presa del Renacimiento Etíope y la disputa con Egipto por el Nilo.
La construcción y el llenado de la llamada Gran Presa del Renacimiento Etíope, impulsada por inversiones multimillonarias procedentes de China, ha dado lugar a una confrontación con Egipto por el control del río Nilo, asunto que siempre ha sido para los egipcios un motivo de conflicto, ya que las aguas del río han sido determinantes para su progreso en todas las épocas.
Desde un inicio el gobierno egipcio mostró su inconformidad, al grado que lo considera como una amenaza para su seguridad nacional. De la misma forma, a Sudán también le preocupan sus propias estructuras hídricas. A lo largo de los últimos años, en medio de tensiones diplomáticas, amagos de conflictos y la falta de un acuerdo tripartito, Etiopía ha avanzado e inaugurado fases claves del proyecto.
Esta presa solo es la pieza central de un plan maestro de largo plazo elaborado por el actual gobierno etíope que incluye la construcción de más de 120 subestaciones eléctricas y 100 presas más para aumentar la oferta de electricidad a 40 GW para 2050 y modernizar la red nacional, mejorando la seguridad energética y apoyando el crecimiento económico.
Las tensiones entre Etiopía y Egipto por la Presa del Renacimiento se insertan en un contexto regional más amplio. Egipto, potencia histórica del mar Rojo desde la época faraónica, observa con preocupación los cambios políticos y militares en la zona.
A El Cairo le preocupa la usurpación de su influencia tradicional en toda la costa occidental del mar Rojo, debido a las limitaciones de su libertad de acción en relación con la Presa del Renacimiento, lo que está obligando a Egipto a adaptar su postura.
Por su parte, Addis Abeba considera la obra un símbolo de orgullo nacional y soberanía sobre sus recursos naturales, que la defiende asegurando que la presa no busca dañar a ningún país y que, por el contrario, regulará el caudal del Nilo y podrían beneficiarse de la compra de energía eléctrica más barata.
La disputa por el agua del Nilo continúa abierta, y no se puede descartar ningún escenario, dado que Egipto se ha visto obligado a realizar ajustes en sus propias presas y gestionar denuncias en el marco del derecho internacional.
Etiopía, el futuro en la encrucijada.
Esta es la situación de inestabilidad política que atraviesa Etiopía en la actualidad. Como bien podemos apreciar, todas sus “microguerras” internas y externas son una combinación de reivindicaciones históricas y disputas geopolíticas más recientes.
Un aspecto clave es que, desde la época imperial, cada gobierno ha heredado conflictos no resueltos y, en muchos casos, ha añadido nuevos focos de tensión. Lejos de desaparecer, estas disputas se han acumulado hasta colocar al país en una situación de inseguridad e inestabilidad permanente, al borde de una guerra de mayor alcance.
El gobierno encabezado por Abiy Ahmed atraviesa una situación delicada. Muchos de los conflictos actuales fueron reactivados o profundizados por su propio proyecto político, marcado por una fuerte centralización del poder y por la búsqueda de objetivos ambiciosos a un costo cada vez más alto.
En regiones donde las etnias del país habían coexistido en relativa armonía por décadas, incluso siglos, ahora han surgido tensiones que el “federalismo étnico” ya no es capaz de contener: se ha detonado una serie de rivalidades étnico-políticas.
La situación es delicadísima. Según reportes de Amnistía Internacional, en Oromía y Amhara se han producido genocidios de naturaleza étnica y abusos contra los derechos humanos. Aunque cada conflicto afecta al país por separado, a menudo se entremezclan, pero el que más preocupa es la inestabilidad en Tigray.
Son demasiados frentes abiertos. El país atraviesa una crisis política estructural profunda, y el proyecto centralizador de Abiy Ahmed enfrenta límites evidentes en un Estado cuya unidad nacional sigue siendo frágil y disputada.
La oposición ha acusado al primer ministro de tener aspiraciones imperiales ante el fracaso de su gobierno para restablecer la paz. Aunque el 1 de junio de 2024 se inició un diálogo nacional en la capital, Addis Abeba, para abordar los innumerables problemas del país, la inestabilidad persiste.
Resulta difícil no imaginar un escenario en el cual no se intensifiquen los conflictos o se transforme la división política de la región, pero la apertura al diálogo mantiene viva la esperanza de una mejor cohesión y convivencia social entre todos los pueblos que integran Etiopía.
El majestuoso mosaico cultural etíope amenaza con balcanizarse. Y para evitarlo, paradójicamente, tendrá que centralizar la descentralización (valga la redundancia). El federalismo étnico era la principal virtud del sistema político etíope, que no funcionó porque una etnia terminó apropiándose del poder.
Pero Etiopía lo que necesitaba era fortalecer y hacer valer este sistema, único en el mundo y que ofrecía soluciones africanas a los problemas africanos. Pero ocurrió lo contrario: el sistema se disolvió y se centralizó el poder en la figura de Abiy Ahmed, como los emperadores de antaño.
Etiopía necesita un liderazgo efectivo que sea capaz de alcanzar consensos, dialogar y coexistir en armonía, no uno que divida e imponga su voluntad. Antes de convertirse en una potencia económica regional, tendrá que comenzar por poner orden dentro de la casa.
Por increíble que parezca, Etiopía ha desempeñado un papel destacado en la mediación y resolución de crisis políticas en el Cuerno de África. Su reciente adhesión al influyente grupo de los BRICS demuestra que a nivel externo ya es visto como una potencia emergente en ascenso, y que en el futuro su papel puede aumentar de manera significativa.
Pero aún no logra ordenar su vida interna. Este reto se agrava por la escasa atención internacional a sus conflictos, la impunidad frente a las atrocidades cometidas y los intereses contrapuestos entre sus diversos pueblos. Unidos, los etíopes serían más fuertes; divididos, todos saldrían perjudicados. El futuro del país dependerá, en buena medida, de su capacidad para gestionar y resolver sus conflictos internos y regionales.
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