Tráfico de especies en África: cuando la biodiversidad se convierte en mercancía

Durante siglos, la trata trasatlántica de esclavos despojó a África de su recurso más valioso, el humano. Ahora, un nuevo tipo de tráfico internacional, más silencioso, amenaza la sostenibilidad e integridad de sus recursos naturales: el tráfico de especies, que sin importar si es legal o ilegal, constituye una fuente potencial de daños que pueden tornarse irreversibles para sus naciones. En este artículo expondremos los casos más conocidos y trascendentales.
En marzo de 2015, el entonces presidente de Kenia, Uhuru Kenyatta, quemó 15 toneladas de marfil obtenido a través de la caza furtiva e ilegal de elefantes , cargamento valuado en unos 30 millones de dólares, en un hecho sin precedentes. Con esto, se pretendía dar un mensaje contundente al mundo: la conservación de la biodiversidad es más importante que cualquier beneficio económico, por más grande que éste sea.
Sin embargo, en la práctica no resulta tan sencillo cumplir esta sentencia. Previamente, en este espacio, ya había resaltado la importancia sobre la protección de las Áreas Naturales Protegidas y la vida silvestre, de cuyo tráfico es la cuarta actividad ilegal más lucrativa del mundo, sólo por detrás del narcotráfico, la trata de personas y el tráfico de armas, según la Organización Internacional de Policía Criminal (INTERPOL).

Pero el tráfico de especies y la consiguiente pérdida de biodiversidad no se limitan al espectro de la ilegalidad. Los mercados internacionales están inundados de mercancías elaboradas con recursos naturales sobreexplotados, poniendo en riesgo la sostenibilidad, tanto de la cadena productiva como del medio ambiente.
La débil aplicación de leyes como CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres) y las legislaciones nacionales son facilitadores comunes. Aunado a esto, con frecuencia los funcionarios aduaneros, agentes forestales y autoridades locales son sobornados para permitir la extracción y exportación ilegal, lo cual perpetúa el círculo de explotación y venta.
Es muy conocido que África alberga una biodiversidad única. Tal riqueza es, paradójicamente, su condena. La demanda global de productos como madera, marfil e ingredientes naturales para las industrias cosmética y farmacéutica en Occidente impulsa una maquinaria extractiva que opera al margen de la ley.
De esta forma se impulsa el tráfico de especies, que no solo representa un crimen ecológico, sino también una forma de explotación económica que reproduce dinámicas de desigualdad y, en muchos casos, se entrelaza con el crimen organizado, la corrupción y la vulneración de derechos de las comunidades locales.
A continuación, se exploran varias manifestaciones concretas de este tráfico en el continente africano, que abarca la fauna, la sobreexplotación y extracción de flora y las ganancias que un puñado de actores y organizaciones obtienen en el continente como resultado de este crimen medioambiental.
La fauna africana y el crimen organizado internacional.
Sin duda alguna, la caza furtiva de elefantes y la comercialización de marfil (material de sus colmillos y dientes) son el caso más emblemático y conocido dentro de África, que tiene profundas raíces históricas. Desde la época de mayor esplendor del Imperio Romano, el marfil proveniente de África ya era utilizado en accesorios decorativos para la alta aristocracia.
Por su parte, las caravanas transaharianas durante la Edad Media comprendían al marfil entre sus principales mercancías, junto con el tráfico de esclavos. En fechas más recientes, África Oriental se convirtió en un importante lugar de origen de una buena parte del comercio de marfil, que se destinaba fundamentalmente a mercados asiáticos. No obstante, los problemas de sostenibilidad y caza indiscriminada de elefantes comenzaron a ser alarmantes hace apenas unas décadas.
De acuerdo con un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), África Occidental pierde alrededor de 40,500 millones de euros al año debido al contrabando de marfil, entre otras actividades ilícitas.
A pesar de la prohibición de marfil, en 1989, el tráfico persiste. África Oriental continúa siendo un punto crítico, mientras que en el centro y sur del continente los paquidermos también se encuentran amenazados. Países como la República Democrática del Congo, Etiopía, Mozambique y Nigeria encabezan la lista como los lugares de origen del tráfico de marfil.
Los elefantes son cazados furtivamente en ecosistemas transfronterizos, como Tsavo o Selous. Las rutas de tráfico los conectan con puertos como Mombasa o Dar es Salaam, y desde allí, viajan a mercados consumidores, principalmente de Asia, como Vietnam, Tailandia o china.
Según cifras del Fondo Internacional por el Bienestar de los Animales (IFAW, por sus siglas en inglés), el 90% de la población total de elefantes africanos fueron sacrificados en el último siglo. En la reserva de Selous se han perdido más del 60% de los ejemplares de elefantes entre 2009 y 2014 debido a la caza furtiva.
Además de la pérdida de biodiversidad y la desestabilización de los ecosistemas africanos, las comunidades locales que viven en áreas de conservación resultan muy afectadas a causa del “conservacionismo”, siendo desplazadas. La pérdida se sus medios de subsistencia crean nuevos conflictos ambientales y sociales.
Junto con los elefantes, los pangolines son los mamíferos más traficados y amenazados del mundo. Éste es un animal solitario y nocturno, que viven en las regiones tropicales de Asia y África.
Su carne es considerada un manjar en las cocinas asiáticas y sus escamas, hechas de queratina (la misma sustancia del cabello y uñas) se utilizan en la medicina tradicional asiática como remedio para enfermedades como el asma, la artritis y el reumatismo, sin ningún valor terapéutico probado.
No obstante, su creciente demanda en mercados como China, Vietnam y Malasia ha llevado a la especie al borde de la extinción. Alrededor de 2.7 millones de ejemplares son extraídos de las selvas africanas cada año. Países de África Central y Oriental, como Camerún, Uganda, Kenia y la República Democrática del Congo, funcionan como importantes centros de tránsito y acopio.
Su pérdida tiene consecuencias ecológicas y agrícolas graves, ya que una sola criatura puede consumir miles de hormigas y termitas al día, controlando plagas de forma natural. A pesar de los grandes esfuerzos de los grupos conservacionistas y de la suscripción de nuevos acuerdos y planes para poner fin al comercio de pangolines y contribuir a la recuperación de la especie, todo será inútil si los consumidores no hacen conciencia del enorme e irreversible daño que indirectamente han provocado.

A menudo, los mismos grupos criminales que trafican con armas o con drogas, son quienes gestionan las rutas del tráfico de especies, aprovechándolas mediante complejos esquemas de corrupción.
En ocasiones los narcotraficantes van aún más lejos, y acaparan parte de los ejemplares de animales capturados y los toman como parte de su botín, como representación de su poder, nivel de intimidación y estatus. El caso de los hipopótamos de Pablo Escobar, en Colombia, es paradigmático, donde fueron introducidos de manera ilegal para integrar su zoológico privado.
Pero en México no se quedan atrás. En 2025 la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) ha recuperado, vía decomisos de la Fiscalía General de la República (FGR) e instituciones de seguridad estatales, a 123 felinos en todo el país (leones africanos, panteras, tigres de Bengala y jaguares).
De acuerdo con varios especialistas en seguridad, los principales grupos criminales mexicanos también utilizan a estos felinos como instrumentos de tortura y ejecución, y que también importan reptiles y aves exóticas. De esta manera, el tráfico ilegal de especies afecta tanto a los lugares receptores como los de origen.
El Baobab, un árbol milenario bajo amenaza.

Cuando se piensa en el tráfico ilegal e indiscriminado de especies, muchas veces nos imaginamos que los animales son sus únicas víctimas. Esto no es verdad. El reino vegetal también se encuentra amenazado de este aberrante crimen, a través de múltiples formas.
A pesar de que la mayoría de las legislaciones nacionales e internacionales sancionan el tráfico ilegal de fauna y flora con la misma severidad, este último suele ser menos visible y más tolerado, situación que ha permitido la expansión de industrias y modelos de negocio a nivel mundial que se nutren de la sobreexplotación de recursos forestales sin tener consecuencias graves.
Para el caso específico de África, el caso de tráfico ilegal de flora más aberrante y triste es el de los baobabs, conocidos como los “árboles de la vida” por su capacidad de almacenar agua y su importancia cultural en las regiones donde crece, principalmente en la isla de Madagascar y en África Occidental. Famoso por su tronco masivo y su distintiva silueta, el árbol del baobab ocupa un lugar central dentro de las culturas africanas, cuyo significado está lleno de simbolismo, longevidad y supervivencia.
Siendo reconocido como un recurso natural invaluable, la sustentabilidad del baobab se encuentra en peligro por la emergencia reciente de dos grandes amenazas externas. En primer lugar, en los últimos años ha crecido una demanda internacional por ejemplares adultos para proyectos de paisajismo en países como Emiratos Árabes Unidos y Qatar. A causa de esto se están extrayendo baobabs centenarios en Madagascar, Senegal y Mozambique.
Según investigaciones de medios internacionales como The Guardian y Le Monde, miles de baobabs han sido extraídos ilegalmente en los últimos años para ser enviados a Dubái, con la complicidad de funcionarios locales.
Estos árboles, de entre 500 y 2,500 años de antigüedad, son arrancados con técnicas destructivas que requieren maquinaria pesada. Muchas de ellas carecen de los permisos adecuados, no existen consultas comunitarias y se realizan en condiciones de explotación laboral de trabajadores locales.
Bajo este esquema, a los baobabs se les trata como mercancía, pero en realidad son auténticos centros culturales, espirituales y económicos. Su extracción priva a las comunidades de fuentes de agua, frutos y hojas para la alimentación, medicina tradicional y el daño irreparable de los espacios que ocupan los baobabs, que los pobladores locales tratan como sitios sagrados. Además, el proceso de extracción destruye el suelo y el ecosistema circundante, afectando la agricultura de subsistencia.
En resumen, el trasplante del baobab es una gran tragedia que tiene consecuencias agrícolas, económicas, sociales y culturales. Por si no fuera suficiente, éste no es el único fenómeno que atenta contra este árbol milenario y sagrado para los pueblos africanos. Los efectos del cambio climático y la extracción y comercialización indiscriminada de su fruto también son factores que amenazan la existencia de este árbol tan emblemático para el continente.
En relación con este último punto, el fruto del baobab se ha convertido en el nuevo “superalimento” que está triunfando en los mercados europeos y estadounidenses, siendo utilizado en las industrias alimentaria, farmacéutica y la cosmética. Dos de las principales compañías que comercializan con baobab son Coca-Cola y Costco.
La etiqueta de superalimento está justificada, debido al perfil nutricional del fruto. Su pulpa cítrica está protegida con una cáscara dura y verde, rica en vitamina C, calcio, magnesio y antioxidantes. Muchas veces es convertido en polvo, que mezclado con avena es capaz de combatir, aliviar y prevenir diversos trastornos del aparato digestivo.
Estas cualidades han sido aprovechadas por las comunidades africanas desde hace mucho tiempo. En Senegal, por ejemplo, el fruto del baobab se consume para tratar la malaria y las enfermedades que afectan al hígado. A su vez, con la cáscara de su largo fruto se fabrican cuerdas, corchos y otros utensilios.
El gran obstáculo del aumento en el consumo del fruto del baobab es que éste no se cultiva. Bueno, sí, pero tarda tanto tiempo en madurar que los agricultores dependen de los árboles existentes. Por ello, la escasez y la demanda los lleva a un serio peligro.
Según un artículo de la revista Nature Plants, nueve de los 13 árboles de baobab más antiguos del mundo han muerto en los últimos 12 años. Por su parte, en Madagascar cada año se destruyen alrededor de 4 mil hectáreas de bosques de baobab.
Ante esta situación adversa, la comunidad científica está preocupada por el futuro del baobab en África, dada su importancia cultural, económica y ecológica. Aunque algunos grupos conservacionistas ya actúan para detener su destrucción acelerada y brutal, la salvaguarda del baobab requiere más que unos cuantos esfuerzos aislados.
Esto implica la elaboración de políticas públicas eficaces, marcos regulatorios más estrictos, concientización de los consumidores y la integración del conocimiento ancestral de las comunidades africanas en los esfuerzos de conservación.
Las islas Comoras, perfumadas y saqueadas.
Ahora toca revisar un caso en el cual la pérdida de biodiversidad está relacionada con una compleja red de actividades cuya línea entre la legalidad e ilegalidad es muy difusa, pero que de igual forma implica la pérdida de recursos para las comunidades locales y ganancias exorbitantes para unos pocos.
Así es la situación en el archipiélago de las islas Comoras, un Estado insular africano ubicado en el océano indico cuya economía depende en gran medida de la exportación de clavo, vainilla y otras plantas aromáticas. En particular se distinguen por ser el mayor productor mundial de ylang-ylang (cananga odorata), un ingrediente clave en perfumes de lujo, como el Chanel N° 5.

Aunque la recolección de esta planta está arraigada en la economía formal, la industria enfrenta graves dinámicas de ilegalidad indirecta, adulteración del producto y ecocidio forestal debido a la falta de regulación y a la precariedad económica. Dicha industria está dominada por empresas locales e internacionales que abastecen a gigantes de la perfumería francesa, la más reconocida del mundo.
A pesar de que el ylang-ylang es un producto de alto valor en el mercado mundial (puede alcanzar cientos de euros por kilo), los productores locales y pequeños agricultores viven en condiciones de pobreza extrema.
Existe un sistema de intermediarios que fija precios abusivos y una falta de regulación que permite la explotación laboral en las plantaciones. Además, la demanda creciente ha llevado a prácticas insostenibles de cultivo que agotan el suelo.
El alto valor de las esencias también ha generado un mercado negro. Existe un tráfico ilegal de esencias aromáticas hacia la vecina isla de Mayotte (departamento francés de ultramar) y hacia los mercados de perfumería en Francia y Medio Oriente.
Este tráfico evade impuestos y controles de calidad, y en algunos casos, está vinculado a redes de contrabando más amplias. Las comunidades locales no se benefician de este comercio ilegal, mientras que sus recursos son sobreexplotados.
De esta forma, detrás de la fina y sofisticada perfumería de París se encuentran de origen prácticas insostenibles y abusivas hacia las comunidades comorenses que degradan sus recursos y medios de subsistencia.
Abulones y suculentas, las nuevas joyas codiciadas que amenazan la biodiversidad del sur de África.
Las especies marinas no se salvan del tráfico ilegal de especies, siendo un ángulo poco explorado. Las costas del sur del continente africano son especialmente vulnerables en este aspecto, particularmente el abulón, un molusco que vive en aguas de Sudáfrica, endémico de la región.
Su carne es un manjar extremadamente caro en los mercados asiáticos, principalmente, en Hong Kong y China. Al ser muy codiciado y escaso, su captura ha derivado en un delito global multimillonario controlado por mafias internacionales, que están empujando al abulón a la extinción.
Su pesca ilegal ha sido tan devastadora que se estima que el 67% de las exportaciones de abulón desde el año 2000 provienen de existencias robadas, que se contabilizan en unos 190 millones de ejemplares. Tan solo en 2024 se capturaron ilegalmente unas 4 mil toneladas de abulón en Sudáfrica.
Esta escalofriante cifra ha provocado que la especie se reduzca a niveles preocupantes, y ya se han puesto en marcha medidas para evitar el colapso total de la especie. Aunado a ello, su captura también fomenta la violencia, la pobreza y la corrupción en las comunidades costeras de Sudáfrica.
Las redes criminales operan con violencia, utilizando buzos en condiciones peligrosas, y lavan el producto en países vecinos (como Namibia y Angola) para enmascarar su origen y llevarlo a Asia. A su vez, está comprobado que las mafias chinas intercambian abulón por metanfetaminas y otras drogas, un negocio redondo a costa del riesgo de extinción de la especie y la destrucción del ecosistema marítimo.
Estas redes de traficantes de especies sobreviven gracias a la demanda y consumo mundiales de determinadas especies. Esto significa que nosotros, como consumidores, tenemos cierto grado de responsabilidad en el mantenimiento de estas prácticas.
En los últimos años diversas modas y tendencias digitales han exacerbado este fenómeno, al fomentar el tráfico ilegal y tenencia de algunas especies sin considerar el daño que se provoca a los ecosistemas.
Ese es el caso de las suculentas del desierto de Karoo, que abarca Sudáfrica y Namibia, albergando una biodiversidad única de estas plantas. Durante la pandemia de COVID-19, la demanda global en redes sociales de coleccionar estas plantas extrañas se disparó, creando una fiebre de compra por tratarse de especies silvestres y únicas.
Esto llevó a grupos criminales a reclutar personas para arrancar las plantas con destornilladores, llevándolas en mochilas, ocasionando un desastre ecológico. Se sabe que al menos siete especies fueron exterminadas. Entre 2019 y 2024, las autoridades sudafricanas incautaron 1.6 millones de suculentas extraídas ilegalmente.
Y al igual que el resto de los casos que hemos tratado, las estrategias de combate y prevención del tráfico ilegal de especies deben comprender el fortalecimiento de marcos legales internacionales, el uso de tecnología y sistemas de vigilancia, así como medidas de empoderamiento comunitario y campañas de sensibilización dirigidas al consumidor final para evitar la compra de especies o mercancías que dañen la biodiversidad, un tesoro que tenemos que resguardar para las futuras generaciones.
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