Inmigración y presencia saharaui en México

En el marco de la diáspora africana por el mundo, a continuación se presenta una comunidad específica: los saharauis en México. De ellos se contextualiza su historia y se remarca su carácter de pueblo sin Estado, demostrando que la herencia africana en Latinoamérica no es exclusiva de la trata esclavista trasatlántica, sino que también tenemos casos que se derivan de fenómenos políticos contemporáneos.
El pasado 27 de febrero de 2026 se celebró el 50 aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), fundada por Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro (Frente Polisario) en el territorio que se conoce como Sahara Occidental, al noroeste de África. Dicha República ya tiene medio siglo de existencia, pero aún carece de reconocimiento oficial.
Detrás de ello se presenta un conflicto que puede sintetizarse de la siguiente forma: tras la retirada de España del territorio del Sahara Occidental (su antigua colonia y provincia) estalló la guerra entre el Frente Polisario y una coalición conformada por Marruecos y Mauritania (en el marco de los Acuerdos de Madrid, de 1975), quienes se dividieron el territorio de los saharauis.
Aunque Mauritania se retiró de la disputa en 1979, Marruecos ocupó de facto aproximadamente el 80% del Sahara Occidental (incluyendo todo el litoral y los yacimientos de fosfatos), y aunque la Organización de las Naciones Unidas (ONU) encabeza una Misión para celebrar un referéndum de autodeterminación o adhesión a Marruecos, tal ejercicio no se ha realizado.
Hasta la fecha el Sahara Occidental continúa siendo considerado un territorio no autónomo, ante la falta de apoyo por parte de la Comunidad Internacional en el seno de la ONU, especialmente de España, el resto de la Unión Europea y los Estados Unidos.
El pueblo saharaui es una comunidad de origen africana, de mayoría musulmana y con una identidad cultural bereber, caracterizada por el uso del idioma hassania (dialecto árabe) y el español, con una fuerte tradición oral y una estructura social donde la mujer tiene un lugar de privilegio, poco común entre los musulmanes. También comparten rasgos sociales y culturales con diversos pueblos del Sahel, como la composición tribal.
Sin patria y con su territorio ocupado, miles de saharauis han sido desplazados. Si bien la mayoría de ellos han huido a Tinduf, Argelia, donde se estableció un gobierno exiliado (la RASD), y donde permanece un enorme campo de refugiados como consecuencia directa de la guerra y la falta de autodeterminación, otros emigraron a otras partes del mundo.
Al respecto, la presencia saharaui en México es pequeña, pero significativa y ligada al conflicto en su tierra de origen. En 2012 se estimaban alrededor de 1,040 personas en territorio nacional. Se asientan en la Ciudad de México y Veracruz, principalmente.
México es uno de los pocos países latinoamericanos más constantes en su apoyo al Sahara Occidental. Desde 1979, año en el que se reconoció a la RASD bajo el gobierno de José López Portillo, no se ha roto la relación, y México ha respaldado resoluciones en la ONU sobre la celebración de un referéndum en el Sahara Occidental.
En este punto, vale la pena detenernos para analizar detenidamente qué fue lo que motivó al gobierno de México a otorgar este reconocimiento. Partiendo del hecho de que la política exterior mexicana hacia África es casi inexistente, dos posiciones multilaterales del país han resultado redituables: la oposición al Apartheid y el derecho a la autodeterminación africana, incluso antes de la descolonización.
Dentro de este segundo punto la posición de México en torno al conflicto del Sahara Occidental es una de sus facetas más visibles y polémicas. En un principio el presidente Luis Echeverría tomó distancia con respecto a la RASD.
Posteriormente México se enfrentó a una delicada coyuntura en la que se descubre el enorme yacimiento de Cantarell, en la sonda de Campeche, factor que acercó a México con países de la OPEP, como Argelia y Libia, ambos promotores internacionales de la causa saharaui.
Esta situación, aunada a la alianza estratégica con Cuba y la acción en Nicaragua, fueron la ventana de oportunidad que abrió el reconocimiento mexicano a la RASD que, de esta forma, se enmarcó en este aspecto de la política exterior mexicana de aquel tiempo, el cual mostraba solidaridad con movimientos de liberación nacional y antiimperialistas.
En 1985 llegaron los primeros refugiados saharauis a México, principalmente algunos heridos en la guerra, huérfanos o excombatientes del Polisario. Junto con otros países latinoamericanos que apoyaban la causa saharaui, México se convirtió en un destino importante para aquellos refugiados. El idioma español y la presencia previa de redes árabes en México (libaneses, sirios y egipcios) fueron factores de integración que facilitaron su establecimiento en el país.
A partir del siglo XXI comienza a gestarse una transformación en la relación bilateral, impulsada por el fortalecimiento de la cooperación y relaciones con Marruecos, que se tradujeron en un incremento continuo en las operaciones de comercio exterior entre ambos países. La visita privada del rey marroquí Mohamed VI al presidente Vicente Fox en 2003, y su viaje oficial a Marrakech dos años más tarde vaticinaban un cambio en la postura sobre el Sahara Occidental.
Sin embargo, el reconocimiento a la RASD no solo se ha mantenido, sino que incluso se ha visto reforzado durante las dos últimas administraciones, encabezadas por Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum. En 2018 el presidente de la RASD, Brahim Ghali, visitó México para asistir a la toma de posesión de poder del presidente López Obrador.
Más recientemente, en vísperas del 50 aniversario de la RASD, la Cámara de Diputados instaló el Grupo de Amistad México–República Árabe Saharaui, que preside la diputada del Partido del Trabajo (PT) Margarita García García, con el fin de fortalecer los vínculos de fraternidad, solidaridad y cooperación entre ambas naciones.
Aunque las dinámicas geopolíticas internacionales ya no son las mismas que en la década de los setenta – que se desenvolvían en el marco de la guerra fría -, el apoyo a la causa saharaui es compatible ideológicamente con los estatutos y principios de Morena, el actual partido gobernante de México.
Pero más allá de los asuntos geopolíticos, la relación diplomática es uno de los pilares de la constitución de la comunidad saharaui en nuestro país. A diferencia de otras diásporas africanas en México, la población saharaui es reducida, pero políticamente activa y simbólica.
Familias completas saharauis y activistas del Polisario han encontrado en México un lugar seguro para continuar su lucha diplomática. Estos saharauis han permanecido en el país a lo largo de cuatro décadas, pero a pesar del prolongado exilio, los lazos con su hogar y cultura son profundos, y se mantienen vivos a través de múltiples iniciativas, manteniendo comunicación constante con los campamentos de Tinduf, su gobierno en el exilio y las redes transnacionales del Polisario.
Más que una “comunidad migrante clásica”, la comunidad saharaui es una auténtica red político-cultural activa que intenta incidir y apoyar a su causa. Esto ha favorecido la creación de redes solidarias donde participan diversas Organizaciones no Gubernamentales, de la Sociedad Civil y buena parte de las comunidades académicas y universitarias.
La Asociación Mexicana de Amistad con el Pueblo Saharaui (AMAPS), la Asociación de Amistad México-Saharaui y el colectivo Amigos por un Sahara Libre México son los grupos más activos en organización de eventos, solidaridad y difusión cultural.
Por su parte, desde 2005 la Embajada Saharaui en México organiza viajes anuales para que mexicanos visiten los campamentos de refugiados, con el objetivo de mostrar las duras condiciones de vida y empatizar con la causa. Alrededor de 300 mexicanos han realizado el viaje, entre ellas una mujer de Oaxaca, que relata su experiencia de esta manera:
Cuando decidí irme al Sahara, pensaba encontrarme con poco más que arena, pero la ferviente lucha de un pueblo que vive dividido desde hace 43 años me tomó por sorpresa. Sin embargo, creo que lo más sorprendente ha sido la alegría y la generosidad con la que fuimos recibidos. A pesar de que no tienen acceso a muchos productos básicos, y que dependen muchas veces de la ayuda humanitaria para comer, son las personas más generosas que he conocido. No importa si te conocen o no, siempre serás bienvenido en sus hogares para tomar el té, comer, dormir, etc. Sus corazones son tan grandes como sus esperanzas de volver algún día a su país y vivir en libertad.
También se han llevado a cabo intercambios culturales (festivales de cine, conciertos musicales) y académicos, impartiendo coloquios y diplomados sobre la realidad del Sahara Occidental. El gobierno mexicano ha ofrecido becas a jóvenes saharauis para estudiar en universidades mexicanas, que justamente constituyen el núcleo de la comunidad, ya con varias generaciones.
Ahora también hay muchos saharauis que nacieron en México, y por consiguiente, tienen la doble nacionalidad, manteniendo los elementos de su identidad. El hassanía, el haul, el cuscús y el té saharaui (que se sirve en tres vasos: amargo, dulce y suave, que representan la vida) se comparten en reuniones comunitarias. También organizan festivales y participan en otros eventos de solidaridad con otras causas, en especial, con Palestina.
Además, en el sustrato cultural mexicano e hispanoamericano existe una profunda herencia árabe-bereber, especialmente visible en la cultura popular, lo cual ha contribuido de buena manera en su integración a la sociedad mexicana.
Los saharauis son africanos, pero no son “afrodescendientes” en el sentido de la diáspora trasatlántica esclavista. Son una comunidad contemporánea que se formó por un conflicto político. Los saharauis en México también han interactuado con movimientos afromexicanos en espacios de lucha contra la discriminación y por los derechos humanos, pero sus historias y orígenes son distintos.
Mientras los afromexicanos forman parte integral de la nación mexicana, los saharauis en México siguen de cerca la situación de su hogar, marcada por la ocupación militar, la explotación de sus recursos naturales sin su consentimiento y la represión en los territorios ocupados.
El futuro de esta comunidad está asociado directamente con el de su tierra, que depende de la resolución del conflicto, transformaciones geopolíticas contemporáneas, la política mexicana hacia Marruecos y la propia dinámica interna y evolución de la diáspora.
En América Latina, México forma parte de un bloque de apoyo diplomático a la causa saharaui, que pierde cada vez más aliados tanto en América Latina como en África.
Marruecos ha intentado disuadir a México para que retire su apoyo a una “República ficticia” y con el argumento de que México perdió la mitad de su territorio, y que ellos también lo perderían si se reconociera internacionalmente al Sahara Occidental, fundamentando su territorialidad del Sahara Occidental en la fragmentación de su geografía política, cultural y religiosa por el colonialismo francés y español durante los siglos XIX y XX, tachando a la RASD de ser un “producto de la guerra fría”.
Al momento estos esfuerzos han resultado infructuosos. No obstante, este asunto diplomático sigue siendo delicado, pero, a diferencia de lo que opinan algunos especialistas en el tema, el reconocimiento mexicano a la RASD no es cuestionable, ni mucho menos un lastre en las relaciones entre México y los países de África.
Ante este escenario, México tiene la oportunidad de incidir en la reconfiguración política del continente africano, siendo uno de los pocos países en el mundo que podrían mediar y presionar a la Comunidad Internacional para que se celebre el referéndum y los saharauis puedan decidir libremente entre la autodeterminación o la unión definitiva con Marruecos, dando una solución pacífica y definitiva a este penoso conflicto que ha traído sufrimiento, represión y fragmentación.
Lamentablemente, a pesar del respaldo a la causa saharaui, el gobierno de México carece de la voluntad política para impulsar el diálogo que conduzca al término de la disputa, y a nivel internacional tampoco existen las condiciones mínimas para la realización del anhelado referéndum en el Sahara Occidental.
A pesar de todo, la cooperación entre México y la RASD es estratégicamente relevante, siendo uno de los principales pilares de las relaciones entre México y África. La relación bilateral es excepcional, pero frágil.
En el contexto de su 50 aniversario, su existencia nos recuerda que el pueblo saharaui no puede seguir en esta situación, y no se puede normalizar el hecho de que más generaciones nazcan y crezcan en el exilio o como refugiados. Esta celebración debe ser clave para reafirmar sus demandas, denunciar las violaciones de derechos humanos y mantener viva la causa a nivel internacional.
Independientemente de la evolución de la disputa, el objetivo para México es seguir fortaleciendo los lazos políticos y culturales, basadas en la historia e idioma compartidos. Y si llega la paz al Sahara, que puedan contar con el apoyo e inversión mexicana para la reconstrucción de su nación, y así seguir siendo aliados estratégicos con base en unas relaciones ejemplares y privilegiadas.
La presencia de la comunidad saharaui visibiliza que la “africanidad” en México no es monolítica, sino diversa, y nos recuerda que debemos estar listos para incidir en la geopolítica internacional a través de los valores del respeto, la solidaridad, el derecho a la soberanía, la autodeterminación de los pueblos y la paz.
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