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Bóeres: construcción económica e identitaria de un pueblo europeo en África

Aunque África es el continente más pobre, un africano ostenta el título del hombre más rico del mundo. Su nombre, Elon Musk, el magnate y mente maestra detrás de empresas como Tesla y SpaceX. En abril de 2026 su fortuna asciendía a $817,000 millones de dólares, según la revista Forbes, cifra que supera el Producto Interno Bruto (PIB) de más de 170 países, y que duplica el de su natal Sudáfrica.

Este hombre ha estado en el centro de la polémica y de la conversación pública mundial de forma constante, desde sus extravagantes proyectos de SpaceX que pretenden llegar a la luna y a marte, la compra de la red social twitter (renombrada X) y su compleja relación con el presidente estadounidense Donald Trump y su administración.

Otra faceta menos comentada pero igual de polémica son sus declaraciones contra el actual gobierno de Pretoria, a quien acusa de implementar “políticas racistas y discriminatorias” contra la población sudafricana blanca y de origen europea.

Algunos analistas creen que estas declaraciones pretenden justificar las recientes políticas arancelarias contra las naciones africanas impulsadas por Trump. Y tal vez sea así, pero de cualquier manera, la postura de Musk tiene un trasfondo histórico muy amplio.

Musk es miembro de la minoría blanca sudafricana, que disfrutó de enormes privilegios durante la era del Apartheid, y ahora utiliza su influencia política para impulsar una venganza personal contra el actual gobierno sudafricano. Su familia tenía fuertes vínculos con el sistema del Apartheid, lo cual tuvo una gran influencia en su vida adulta.

A pesar de que su descendencia no es bóer o afrikáner, sino anglosajona, proviene de un linaje con raíces conservadoras. Su abuelo, el canadiense Joshua Haldeman, migró a Sudáfrica en 1950, en la época donde se aprobaron las primeras leyes del Apartheid. Anteriormente había liderado en Canadá un movimiento político marginal con tintes fascistas que abogaba por un gobierno de tecnócratas de élite.

No tenía tanto dinero, pero su hijo Errol (padre de Elon) hizo su fortuna principalmente a través de inversiones en minas de esmeraldas en Zambia, cerca del lago Tanganica.

Las condiciones de los trabajadores de la industria minera en el Sur de África eran muy malas durante las décadas de los 70 y 80. Esto permitió a los dueños, como él, amasar grandes fortunas. Y ésta fue la base que le permitió a Elon Musk ser el empresario que es ahora.

Los antecedentes familiares Musk nos permiten entender y contextualizar el tema de este artículo: la conformación de una comunidad de inmigrantes europeos en el extremo Sur de África, cómo transformaron a esta zona en un caso tan especial a nivel económico, político y sociocultural, así como la forma en que sus ideas se materializaron en uno de los sistemas económicos y sociales más nefastos que se registran en la historia de la humanidad: el Apartheid.

Tal ideario fue aniquilado para siempre gracias a los esfuerzos y movilización de la sociedad civil sudafricana, teniendo a Nelson Mandela como su principal símbolo de la lucha antiapartheid, pero su sombra aún permanece de forma medular en bastantes fenómenos sociales contemporáneos tanto dentro como fuera de Sudáfrica.

Tomando en consideración todo lo anterior, éste será el primero de cuatro artículos en el que se abordará el tema del Apartheid, con el propósito de repensar sus efectos, consecuencias y reflexionar sobre temas como la inclusión, la multiculturalidad, la tolerancia, la paz y la justicia social, elementos imprescindibles para el renacimiento de África.

Sin más preámbulo, vayamos a nuestra historia, que comienza en 1547, año en el cual un barco holandés, llamado Haarlem, naufragó frente a las costas de la Bahía de la Mesa, en el extremo sur del continente africano, donde su tripulación fue rescatada.

El nombre del sitio ya llevaba inscrito el presagio: Cabo de Buena Esperanza, descubierto en 1488 por el navegante portugués Bartolomé Díaz y traspasado diez años más tarde por su compatriota Vasco da Gama, abriendo una nueva ruta comercial a la India.

No obstante, Portugal nunca realizó una ocupación efectiva del territorio sudafricano durante medio siglo. En cambio, los tripulantes del Haarlem comprobaron que la tierra era fértil, que los nativos eran amigables si se les trataba bien, y que éstos no eran caníbales como se creía.

Su aventura impulsó a la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC, por sus siglas en neerlandés) a establecer un asentamiento permanente en el Cabo de Buena Esperanza en 1551, con el objetivo de instalar un puesto de abastecimiento para los barcos que se dirigían a Asia. La responsabilidad fue puesta en manos de Jan Van Riebeeck, quien llegó junto con una comitiva de cinco barcos.

En ellos se trasladó a un grupo de campesinos holandeses protestantes para trabajar la tierra, quienes eran conocidos como boers o bóeres, palabras que se traducen al español como campesinos o granjeros.

Esos bóeres eran granjeros errantes que practicaban el calvinismo, un sistema teológico cristiano inscrito en el movimiento protestante que enfatiza en la soberanía de Dios, la predestinación y la autoridad única de la Biblia.

En un contexto donde el norte y el occidente de Europa se vieron envueltas en sangrientas guerras religiosas a causa de la Reforma Protestante que desafió el dogma católico, los primeros bóeres decidieron huir de las masacres en su continente y quedarse a vivir en un sitio donde pudieran practicar su religión de forma pacífica, siendo el extremo sur de África un lugar idóneo para su propósito.

Así, de esta forma, en Sudáfrica comenzó a gestarse una sociedad multirracial desde el siglo XVI. La colonia creció rápidamente, atrayendo a numerosos marinos, quienes se asentaron y construyeron sus propias granjas. Más adelante también llegaron los primeros esclavos provenientes de las Indias Orientales Neerlandesas (hoy Indonesia).

Inicialmente había muy pocas mujeres entre la comunidad bóer, razón por la cual los hombres desposaban a mujeres asiáticas o de la comunidad khoisan, surgiendo así un grupo mestizo, que con el paso del tiempo fueron desterrados a los actuales territorios de Namibia y Botsuana.

De hecho, la madre del primer gobernante de El Cabo, Simon Van Der Stel, tenía raíces asiáticas, herencia que fue omitida en los libros de texto de la era del Apartheid, cientos de años después. Su afición a la botánica convirtió al Cabo y sus áreas circunvecinas en un lugar de gran diversidad floral. También impulsó la industria del vino, una de las más grandes del país hasta la fecha.

Jardín Botánico Nacional de Kirstenbosch, ubicado en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, aclamado como uno de los más bellos y biodiversos del mundo. Fotografía: Wikimedia Commons.

Van Der Stel fomentó la llegada de más migrantes provenientes de Europa. Uno de los contingentes más grandes fue el de los franceses hugonotes, quienes también emigraron debido a la persecución de los cristianos protestantes en Europa y atraídos por el crecimiento de los viñedos.

Otro contingente numeroso fueron los de origen ruso, quienes formaron parte de las migraciones de colonos blancos desde un inicio. El zar ruso Pedro I mantuvo una relación estrecha con la VOC. Desde entonces los vínculos entre Sudáfrica y Rusia han sido constantes. Prueba de ello es que la ciudad sudafricana de Swellendam, ubicada en la actual Provincia Occidental de El Cabo, recibió su nombre en su honor a Hendrik Schwellenberg, un gobernador local de Ciudad del Cabo del siglo XVIII cuyo padre nació en Moscú.

Ya en la década de 1690 había mil europeos en el Cabo, muchos de ellos holandeses. Sin embargo, el naciente establecimiento era una auténtica constelación de nacionalidades europeas. Había franceses, alemanes, rusos, suecos, daneses y belgas. Todos ellos conformaban la comunidad bóer propiamente dicha.

Con el paso del tiempo los bóeres lograron desarrollar una sociedad compleja, autónoma, y racialmente estructurada, con una lengua y cultura propias, fruto de la integración de elementos culturales europeos, africanos y asiáticos. Mientras más crecía la comunidad, ésta se volvía más independiente de la VOC, con quien después entrarían en conflicto.

Como estaban acostumbrados a ser minorías en las provincias católicas del Sur de los Países Bajos, se adaptaron fácilmente a su nuevo hogar en medio los pueblos autóctonos. Sus granjas eran autosuficientes, similares a las que podíamos encontrar en los Estados Germánicos y del Imperio Austrohúngaro de esa época, que presentaban un panorama agrícola complejo, caracterizado por la servidumbre y técnicas tradicionales.

Como podrá imaginarse, la presencia europea en El Cabo transformó las relaciones sociales de producción entre los nativos y los recién llegados. Y a diferencia de lo que sucedía en el resto de África, El Cabo se convirtió en un mercado importante de la importación de esclavos.

Las disputas por el ganado con los pueblos bantúes y los khoisan fueron frecuentes, y poco a poco, los bóeres se apropiaron de más territorio, movimiento que sentó las bases de una cultura de independencia, autosuficiencia y rechazo a la autoridad central.

Ante la falta de tierras y la rigidez de la VOC, algunos colonos se adentraron en el interior con sus esclavos y rebaños. En 1774 alcanzaron la desembocadura del río que bautizaron como Orange, en honor de la dinastía de los Países Bajos, que marcó el límite de extensión de los colonos europeos en ese momento.

Hacia 1795 la VOC estaba en quiebra, y los Países Bajos, convertidos en la República de Batavia, fueron invadidos por Francia en el marco de las guerras revolucionarias francesas. El príncipe holandés se exilió en Gran Bretaña, y tras la derrota de Napoleón, los bóeres terminaron convertidos en súbditos de la corona británica.

Este es un punto de quiebre fundamental en la evolución de la comunidad bóer, donde por primera vez aparecen colonos europeos con intereses distintos a los suyos. Desde un inicio surgió un ambiente de desconfianza mutua entre ambos bandos. Los bóeres no aceptaban recibir los sacramentos de los ministros presbiterianos escoceses que no creían en la predestinación, y los ingleses desconfiaban de éstos al conocerse los malos tratos que éstos daban a los nativos.

Los representantes de la corona británica hicieron todo lo posible por acabar el estilo y los medios de vida de los bóeres. Una política abolicionista de la esclavitud en 1807 y la adopción del inglés como lengua oficial de las iglesias y la administración pública fueron claras muestras de esto.  

Tales medidas provocaron que los bóeres partieran hacia el norte y al oriente, con el objetivo de construir un distrito autónomo de la Gran Bretaña, con salida al mar. Estas migraciones que se conocen como el Gran Trek (gran éxodo), y los migrantes bóeres como voortrekkers (pioneros, en afrikáans).

Hacia 1837 algunos de ellos llegaron a las montañas de Drakensberg, en la actual provincia de KwaZulu-Natal. Buscaban tierras donde pudieran restaurar su modelo productivo, basado en la agricultura extensiva y el control directo sobre la mano de obra africana y asiática, lejos de las regulaciones británicas que los habían arruinado.

Estos desplazamientos ocasionaron conflictos con los zulúes, uno de los grupos bantúes más numerosos del Sur de África, con quienes sostuvieron varios enfrentamientos sangrientos, en los cuales uno de sus principales líderes, Piet Retief, fue asesinado.

El 16 de diciembre de 1838 se produjo el enfrentamiento decisivo, que pasó a la historia como la Batalla del Río Sangriento, donde los voortrekkers asestaron una aplastante victoria sobre los guerreros zulúes, quienes fueron obligados a replegarse con bajas estimadas en 3 mil hombres.

La victoria sobre los zulúes fue interpretada por los bóeres como la ratificación de la alianza entre Dios y su pueblo, y la fecha se conmemoró como Dingane’s Day (en referencia al Rey Zulu), en la cual los bóeres celebraban una especie de día de acción de gracias. Hasta la actualidad cada 16 de diciembre se celebra en Sudáfrica, solo que la festividad se transformó como “el día de la reconciliación”.

En 1839 Andries Pretorius (héroe de la Batalla de Río Sangriento) fundó la República de Natal, pero cuatro años más tarde los ingleses tomaron Durban, y el territorio de Natal fue anexionado a la corona inglesa, transformándose en un lugar con plantaciones de azúcar en las tierras bajas costeras subtropicales, donde llegaron a trabajar muchos ciudadanos de la India.

Entonces los bóeres reanudaron su peregrinaje en busca de otro lugar. Algunos de ellos se aglutinaron en la ciudad de Potchefstroom, y al lado fundaron tres repúblicas en la orilla norte del río Vaal: Lyndenberg, Zoutspanberg y Utrecht, y una en la orilla sur, Winburg.

Fue hasta 1852 cuando los británicos reconocieron la existencia y autonomía de las tres repúblicas del norte, que a partir de entonces toman el nombre de Transvaal. Dos años más tarde, reconocen el lado sur, que se convirtió en el Estado Libre de Orange. A la colonia del Cabo se le otorgó cierta autonomía por su lealtad.

Ante el interés creciente de las potencias europeas de ocupar y colonizar territorios en África, en el marco de la competencia imperialista, formalizar el control de los territorios sudafricanos era una cuestión prioritaria para la corona británica.

MAPA. División política en el extremo sur del continente africano en 1885, tras la Conferencia de Berlín. Imagen: Wikimedia Commons.

Ambas repúblicas bóeres se fundaron como economías basadas en la ganadería y agricultura de subsistencia, con un Estado mínimo y un fuerte rechazo al capital financiero británico. Sin embargo, sus diferencias no se apaciguaron. Por el contrario, la colonia bloqueó sus tarifas y mercancías, que no tenían acceso al mar.

Así estaba la situación cuando se presentó el suceso que transformó para siempre la economía de la región: en 1867 se descubrieron enormes yacimientos de diamantes. Para colmo, éstos se encontraban en una zona de delimitación dudosa: entre el Estado libre de Orange y la ruta del norte, camino obligado que conducía hacia el interior del continente, hasta los grandes lagos del oriente de África.

La región, bautizada como Kimberley, fue asegurada rápidamente por Gran Bretaña, donde magnates mineros (como Cecil Rhodes) buscaron controlar los yacimientos. Con la penetración de capital británico en el sector minero, la agricultura pasó a un segundo plano, y la mano de obra africana sufrió una pauperización acelerada y brutal en respuesta a la expansión de los mercados internos.

La tensión estructural entre la agricultura bóer y la naciente industria minería saltó de inmediato, transformando de manera radical todas las esferas de la sociedad. De momento, al Estado Libre de Orange no le quedó mas que beneficiarse indirectamente de la naciente prosperidad de la zona, proporcionando los alimentos necesarios a una población minera en acelerado crecimiento.

Mientras tanto, en la República de Transvaal las cosas no marchaban bien. Tras una mala administración por parte de Tomas François Burgers, Gran Bretaña se anexó el territorio con la promesa de devolverles la autonomía cuando las cosas mejoraran, cosa que sucedió en 1881, pero siguió controlando la política extranjera y nativa, lo que molestó a los bóeres.

Poco después se descubrió oro en el Transvaal, en específico, en las colinas de Witwatersrand. La afluencia de buscadores de oro llevó a la fundación de una nueva ciudad: Johannesburgo, que con el tiempo se convertiría en el principal centro económico y financiero del continente africano.

Los bóeres miraban con recelo cómo los británicos y cazadores de fortunas invadían su tierra prometida. A la postre, la protección de los intereses económicos de estos uitlanders (extranjeros, en afrikáans) terminaron desembocando en un enfrentamiento político entre los bóeres y Alfred Milner, el Alto Comisionado Británico en Sudáfrica en aquella época, cuyas erradas decisiones en materia de puertos, aduanas y ferrocarriles precipitaron los hechos.

Los conflictos crecientes no podían terminar en otra forma mas que en guerra, que finalmente ocurrió en los últimos años del siglo XIX. Paul Krüger, presidente de la República del Transvaal y uno de los últimos voortrekkers sobrevivientes, encabezó las hostilidades contra los británicos en lo que se conoce como la segunda guerra anglo-bóer. El mundo ya ha olvidado esta guerra, pero en su momento despertó grandes polémicas y efectos por el mundo, incluso hasta México (tal como lo veremos más adelante, en otro artículo).

Los británicos buscaban, más que nada, asegurarse el acceso ininterrumpido al oro, crucial para el sostenimiento del sistema financiero internacional, y a pesar de una serie de dolorosas derrotas en un principio, terminaron imponiéndose sobre los bóeres gracias a su superioridad militar y a los refuerzos recibidos de sus otros dominios coloniales en el mundo.

Una vez pacificada la región, el 31 de mayo de 1910, se funda la Unión Sudafricana, gérmen de la actual República de Sudáfrica, conformada por las colonias de El Cabo, Natal, la República de Transvaal, el Estado libre de Orange y las reservas bantúes. Quedaron fuera de la unión los territorios británicos de Bechuanalandia (Botsuana), Basutolandia (Lesoto) y Suazilandia (Eswatini), pero todos éstos conformaron la Unión Aduanera de África Austral (SACU, por sus siglas en inglés), el esquema de integración económica vigente más antiguo del mundo.

De esta manera también se gestó la división política actual del Sur de África, en la cual prevaleció una relativa fragmentación sobre la unión política de todas las colonias británicas en África en una Gran Federación, debido sobre todo a la divergencia de intereses desde El Cairo hasta El Cabo.

La Unión Sudafricana marcó un punto de inflexión en la transformación económica de unos territorios sudafricanos ya integrados. La administración británica concedió ayuda masiva a los bóeres después de la guerra, quienes transformaron la agricultura rudimentaria en una auténtica agroindustria. Por su parte, el flujo de migrantes de otras partes de África del Sur proporcionó la mano de obra que necesitaban las minas.

A pesar de los esfuerzos del gobierno de la Unión Sudafricana en contener la expansión de los bantúes, éstos se integraron a la sociedad urbana e industrial, surgiendo una élite negra educada, de la cual surgieron organizaciones sindicales y partidos políticos, siendo el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) la institución más emblemática. La experiencia en la lucha sindical y contra la segregación racial en Estados Unidos, el Caribe y otras partes de África desempeñaron un papel importante en su formación, educación e ideario.

Aparentemente los objetivos de Alfred Milner se habían alcanzado: preservar a toda costa la hegemonía británica en los territorios sudafricanos, la consolidación del modelo del liberalismo económico, así como la homogeneización administrativa y jurídica del territorio sudafricano. No obstante, éstas fueron precisamente las bases sobre las cuales los bóeres consolidaron su poder político.

Del mismo modo, la aprobación de la Ley de Tierras Nativas de 1913 (que otorgó casi el 90% del territorio sudafricano a los blancos) representó un punto neurálgico fundamental para la acumulación de capital sudafricano, convirtiéndose en la cimentación del sistema que después se institucionalizaría como Apartheid.

Por estos motivos, en la memoria colectiva de los bóeres, el resultado de la guerra contra los británicos se interpreta como una victoria simbólica, pese a la derrota en el campo militar. Y en su identidad nacional quedó marcada su experiencia de martirio durante la guerra.

Hemos visto hasta ahora, a través del relato histórico, la forma en la que los bóeres fueron forjado su identidad, ideología, cultura y nacionalismo a lo largo de los siglos. El primer momento económico lo representa la economía esclavista bajo la VOC; después, la expulsión hacia el interior provocada por los británicos; y finalmente, la construcción de sus propias repúblicas, que fusionaron nacionalismo étnico con planificación económica.

En todos estos sucesos encontramos la presencia de un elemento clave que forjó a su comunidad: el aislamiento. Replegados en sí mismos, imbuidos en la convicción de estar predestinados y ser una raza elegida, tuvieron una tendencia a reaccionar bajo una forma obsesiva y enfermiza, que insistía en la interpretación más rígida de las Sagradas Escrituras, rechazando las ideas modernas.

Según sus creencias religiosas, los bantúes, hijos de Cam, no podían tener alma. El liberalismo era un instrumento del demonio. La segregación racial era un imperativo categórico y la Ley misma de Dios.

Como todo tipo de nacionalismo, los bóeres se apoyaron en una serie de mitos e interpretaciones simbólicas que le permitieron forjar una identidad muy peculiar, como producto de un “imperialismo sin metrópoli” y sin una “madre patria” activa. Entre las características distintivas de su identidad se destacan las siguientes:

  • La legitimidad de ocupar todo el territorio sudafricano.
  • La idea de un pueblo mártir, sencillo, rural y valiente, que defiende lo que es suyo por derecho divino a través de la disciplina, la sencillez, el trabajo duro y la acumulación de capital como reflejo de una vida recta.
  • Una narrativa histórica distorsionada sobre su pasado, que logró la unidad entre la comunidad bóer para diferenciarse de “los otros”.
  • La Nederduitse Gereformeerde Kerk (Iglesia Calvinista Reformada, NGK por sus siglas en neerlandés), fundada en 1859, vista como el principal pilar de su identidad.
  • La política lingüística, quizás la más importante de todas. La defensa de su idioma, el afrikáans, era vital para preservar su cultura.
  • La independencia plena de la Gran Bretaña y, sobre todo, la idea de superioridad racial de los blancos sobre los negros, eran los objetivos para materializar su nación.

Para el siglo XX, el término bóeres ya había quedado en desuso. Y es que no todos los miembros de su comunidad eran campesinos o granjeros. Con la fundación de la Unión Sudafricana dejaron de lado el aislamiento y la autosuficiencia económica forjada en la tradición voortrekker, y tuvieron la capacidad de insertarse en una economía capitalista industrializada teniendo a los ingleses como aliados.

Ahora eran conocidos como afrikáners, palabra que, irónicamente, significa “africano”. Pero no eran africanos nativos, en el pleno sentido de la palabra, Más bien, ellos formaban parte de un pueblo de origen europeo ubicado en África.

El nacionalismo afrikáner se desenvolvió en la política en los años subsecuentes a la guerra anglo-bóer, cuyos líderes (Louis Botha, Jan Smuts y James Barry Munnik Hertzog) desempeñaron un papel importante durante la primera mitad del siglo XX.

El National Party (NP, o Partido Nacional) fue el partido político que aglutinó al sector afrikáner más radical, molestos porque no se apoyó a Alemania durante las dos guerras mundiales, justo en una coyuntura internacional marcada por la creación de organizaciones políticas fascistas y por los efectos negativos de la Gran Depresión de 1929.

Después de un proceso previo de depuración política, en 1948, el NP consigue ganar las elecciones (exclusivas para blancos), y a partir de entonces, hasta 1994, fue el principal promotor y responsable de implementar el sistema racista del Apartheid, así como de la unidad y el supremacismo blanco.

En el próximo artículo expondré con mayor detalle sobre las características de este sistema, que logró su objetivo: sacar de la pobreza a los afrikáners tras la guerra anglo-bóer, creando una clase media y alta blanca, con un desarrollo económico espectacular y diversificado. Pero también creó las condiciones de su propio fin debido a sus contradicciones internas, sobre todo, el inevitable crecimiento de la misma clase trabajadora africana urbana que desintegró al sistema.

A finales de la década de los 70 Sudáfrica entró en una profunda recesión, de la cual el régimen del Apartheid nunca pudo superar. Las exportaciones no eran competitivas, y la industria manufacturera estaba asfixiada en un mercado interno saturado, que excluía a gran parte de la población. Además, los niveles de inflación se dispararon, y la mano de obra calificada era escasa (pese a los altos niveles de desempleo).

Todos estos fueron los principales cuellos de botella que precipitaron la inevitable caída económica, que coincidieron con la resistencia negra y una cambiante correlación de fuerzas políticas a nivel nacional e internacional que abogaban por el fin del sistema del Apartheid.

Su crisis estructural fue tan profunda que muchos afrikáners cambiaron la visión de su sistema, que ya no era sostenible. La ascensión al poder de Frederik de Klerk (más moderado en sus ideas en comparación con sus colegas), la liberación de prisión de Nelson Mandela y la legalización del ANC, fueron los sucesos que marcaron el fin del Apartheid como sistema, en 1994.

Diez años más tarde, lo que quedaba del NP se disolvió, pero muchos afrikáners continúan gozando de una posición económica privilegiada, aunque también resintieron una pérdida relativa de estatus económico en los últimos años. Las políticas de acción afirmativa y empoderamiento negro (Black Economic Empowerment), la reforma agraria y el aumento en el desempleo generaron en varios sectores la sensación de una “persecución económica” desde el poder.

Hoy se erige en Sudáfrica una nueva clase política multirracial, impulsada desde el seno del ANC a través de una síntesis híbrida de los modelos ruso, chino y africano postcolonial. No obstante, sus raquíticos resultados económicos y la persistencia de enormes desigualdades sociales heredadas del pasado hacen tambalear las bases de este nuevo modelo, que por momentos da sensaciones de debilidad.

Muchos blancos se aglutinan en las costas, especialmente en las provincias Oriental y Occidental del Cabo. Le temen al proceso cada vez más fuerte de africanización del país, y un sector conservador de ellos sueña con reconstruir allí una nueva República blanca, como en la época de los voortrekkers, libre del estigma del Apartheid, pero consagrada a la protección de los privilegios de antaño.

Movimientos como Cape Independence Movement han ganado popularidad entre los sectores conservadores afrikáners, que combinan secesionismo, argumentos económicos (como cargas fiscales e inseguridad turística) y el famoso “factor Musk”, símbolo de lo que “podrían ser” sin las ataduras del actual Estado sudafricano. Así, paradójicamente, los descendientes de los bóeres que huyeron del capitalismo británico para preservar su modelo agrario, hoy buscan en el capitalismo tecnológico global una solución a su declive relativo.

El 12 de mayo de 2025 un grupo de 59 afrikáners sudafricanos recibieron asilo en Virginia, Estados Unidos, en respuesta a sus súplicas por por un supuesto e inexistente “genocidio blanco” en Sudáfrica. Fueron recibidos por Christopher Landau, ex embajador de Estados Unidos en México, por cierto.

Esto fue posible gracias a que el presidente Trump emitió una orden ejecutiva para recibirlos con beneplácito, no sin antes suspender la llegada de refugiados provenientes de Myanmar, Afganistán, Siria, Haití y el Congo, demostrando que incluso entre los refugiados prevalece el clasismo en función de la raza.

Y así llegamos a nuestro punto de partida inicial. La historia de la comunidad bóer puede ser vista como un relato motivacional y admirable: la del pueblo agrícola, mártir y abandonado, que superando todas las adversidades posibles, pudo salir avante y prosperar. Pero su historia también es aquella en la cual el fanatismo religioso y un fervor ultranacionalista desbordado fueron factores que deshumanizaron a sus miembros, alejándolos de los valores civilizatorios, democráticos y de justicia social.

Su historia también nos recuerda lo vulnerables que somos ante los complejos de superioridad y clasismo, mismas que debemos erradicar en todas sus formas, para evitar las terribles consecuencias del racismo institucionalizado desde el poder para cualquier nación, dejándonos una lección valiosa que todos deberíamos aprender: ningún pueblo puede desarrollarse ni prosperar si el racismo permea dentro de todas las esferas de la sociedad.

Hoy, más que nunca, ante el resurgimiento de discursos discriminatorios, clasistas y de superioridad racial, el odio y el resentimiento ya no deben tener cabida en las sociedades contemporáneas.

Fotografía de portada: Wikimedia Commons.


Carlos Luján Aldana

Economista Mexicano y Analista político internacional. Africanista por convicción y pasatiempo. Colaborador esporádico en diversos medios de comunicación internacionales, impulsando el conocimiento sobre África en la opinión pública y difundiendo el acontecer económico, geopolítico y social del continente africano, así como de la población afromexicana y las relaciones multilaterales México-África.

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