Donald Trump, África y el discurso de los “shithole countries”

En este artículo se desarrolla la política exterior estadounidense hacia África bajo Donald Trump, la cual ha estado marcada por la retórica discriminatoria y ofensiva de los “países de mierda”, así como la imposición de aranceles, el retiro de las ayudas oficiales al desarrollo y una alarmante mezcla de desprecio, oportunismo e ignorancia.
En enero de 2018, durante una reunión sobre inmigración internacional en la Casa Blanca entre legisladores estadounidenses y el presidente del país, Donald Trump, este último utilizó el término “shithole countries” (traducido como “países de mierda”) para referirse a Haití y todos los países de África como una respuesta negativa, contundente y despectiva a la posibilidad de aceptar personas de estas nacionalidades.
En su momento, estos comentarios provocaron un gran revuelo político y diplomático a escala mundial, siendo considerados racistas y discriminatorios por diversos organismos, entre ellos, la Unión Africana.
Desde entonces quedó claro que la relación entre Estados Unidos y los países de África bajo la administración Trump no estaría guiada por la diplomacia, el respeto, ni una visión seria de cooperación internacional. Más bien, se instaló un tono de desprecio abierto hacia lo africano.
El discurso oficial del gobierno de Trump hacia África resulta humillante y vergonzoso, porque reduce al continente a una pieza menor dentro de una lógica de extracción comercial y pragmatismo político, que lejos de impulsar una alianza estratégica dentro del continente africano, se le trata como un territorio del que se puede sacar provecho cuando conviene, y al que se puede relegar cuando deja de ser útil.
Más allá del discurso, la relación de Trump con África fue prácticamente inexistente durante su primer mandato (2017-2020), a diferencia de administraciones anteriores. Durante este primer periodo presidencial, el continente africano fue abordado principalmente desde una óptica migratoria, de seguridad internacional y de competencia económica estratégica.
Más allá de estos temas, África no formaba parte de las prioridades de Trump dentro de su retórica nacionalista, que a través de los lemas America First y Make America Great Again, sintetizan esta visión, con ecos de la Doctrina Monroe y una nostalgia imperial apenas disimulada.
Sin embargo, la declaración de los “shithole countries” no se quedó en un episodio aislado. A partir del inicio de su segundo mandato, en enero de 2025, las políticas de Trump se volvieron más agresivas, impulsando medidas que colocan al continente en una posición todavía más vulnerable: reducción de la ayuda al desarrollo, endurecimiento de la política migratoria y una redefinición fría y utilitaria de las relaciones multilaterales con África. Así, el insulto simbólico terminó convirtiéndose en castigo material.
Uno de los principales pilares del trumpismo es el proteccionismo económico, elevado casi a dogma político. Apoyándose en él, la reducción del déficit comercial de Estados Unidos (que en 2025 ascendía a más de 900 mil millones de dólares) se persiguió mediante la imposición unilateral de aranceles y el fortalecimiento de la industria nacional, como si el resto del mundo debiera pagar el costo de una visión económica simplista y agresiva que Trump convirtió en bandera electoral.
Cumpliendo su promesa de iniciar una guerra comercial a gran escala, África también se convirtió en una víctima más de esta nueva guerra, a pesar de que el continente africano no es, ni de cerca, el principal objetivo de esta estrategia. Pero Washington no tiene demasiada consideración si el daño colateral afecta a regiones históricamente marginadas.
En concreto, todos los países africanos se vieron sujetos a una “tarifa universal” del 10% para las importaciones estadounidenses, incluyendo los mercados de bienes y divisas. Según la Casa Blanca, estas tasas responden al propósito de equilibrar los déficits comerciales bilaterales entre Estados Unidos y cada país del continente.
De entrada, muchas economías africanas se han visto indirectamente afectadas por el endurecimiento comercial global y la incertidumbre en los mercados financieros internacionales. Fundamentalmente, la imposición de aranceles del gobierno de Trump a los países africanos genera tres grandes problemas:
- Los acuerdos previos vinculados al Pacto Comercial entre Estados Unidos y África (AGOA, por sus siglas en inglés).
- La vulnerabilidad de las especializaciones sectoriales de los países africanos.
- Los desafíos políticos y económicos que los gobiernos africanos tienen que encarar como consecuencia de los aranceles.
La AGOA, suscrita durante la administración del expresidente Bill Clinton, había permitido el acceso libre al mercado estadounidense a ciertos productos africanos. Como resultado de ello, miles de empresas americanas han podido importar insumos a bajo costo, impulsando su crecimiento y sus ventas.
En 2024, las exportaciones realizadas bajo el amparo de la AGOA superaron ocho mil millones de dólares, según datos de la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos. De ese total, la mitad correspondió a Sudáfrica, principalmente automóviles, metales preciosos y productos agrícolas, y una quinta parte de las exportaciones bajo el AGOA provinieron de Nigeria, concentradas en petróleo y otros productos energéticos.
Ahora, los aranceles impuestos por Trump suponen, de hecho, el aniquilamiento de la AGOA, que ya está repercutiendo negativamente en una desindustrialización y pérdidas de empleos en ambas regiones. En el caso específico de África, se espera que también traerá consigo un aumento en los niveles de pobreza.
La erosión de este acuerdo preferencial ha condicionado el acceso de los productos africanos a Estados Unidos a nuevas y estrictas reglas comerciales. Aunque de manera general todos los países de África se verán afectados por los nuevos aranceles (aún en las naciones más cercanas y aliadas de los Estados Unidos), sí podemos marcar aspectos diferenciadores de esta nueva política comercial.
Para las economías más grandes, como Sudáfrica, Nigeria y Kenia, los nuevos aranceles podrían desencadenar cambios significativos en sus sectores económicos más grandes. En específico, Sudáfrica se verá afectada en la agroindustria y su sector automotriz, mientras que Kenia en los bienes agrícolas (flores, café y té).
Por su parte, Nigeria, Libia y Angola absorberán un fuerte impacto en sus exportaciones energéticas, y sus economías estarán sujetas a una mayor inestabilidad en su sector energético, a lo cual se suma la volatilidad en el sector ocasionada por el conflicto en Irán, también desencadenado por Trump.
El sector textil de Lesoto, el cacao de Costa de Marfil y la vainilla de Madagascar también forman parte de los productos más afectados por los aranceles estadounidenses a África.
En el caso específico de Lesoto, la industria textil (principal empleador del país) se ha visto devastada, al grado que se han desatado manifestaciones a causa de la crisis de desempleo. Por si fuera poco, Donald Trump se refirió a este pequeño reino como un lugar “del que nadie ha oído hablar jamás”, aunque muy posiblemente sus pantalones vaqueros fueron confeccionados aquí, por los cuales hubiera desembolsado más dinero de no ser por la AGOA.
Los aranceles no son únicamente una medida económica. Son también una herramienta de presión política y una forma de coerción a nivel internacional que busca premiar a aliados y castigar a rivales. Trump ni siquiera intenta disimularlo: en sus declaraciones públicas y en Truth Social (su red social) exhibe una visión retrógrada del mundo, donde la fuerza se confunde con liderazgo y la intimidación con estrategia.
Entre los países africanos que están en la mira la actual administración estadounidense por “tratar mal al país” está Sudáfrica, debido a su cercanía con Rusia y China en el marco de los BRICS y por su oposición a Israel ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ).
De forma sorpresiva, en lo que respecta a los aranceles, la peor parte no se la llevaron los socios militares de Rusia en el continente —Burkina Faso, Malí, Níger y República Centroafricana— ni tampoco Sudáfrica. Los países del norte de África, en especial Túnez, y los insulares fueron los más afectados: Lesoto (50%), Madagascar (47%) y Mauricio (40%) son los tres más golpeados.
En el lado contrario se sitúan países como Liberia, Kenia, Ghana, Senegal y Uganda, pero aun así, a éstos les aplica el arancel “global” del 10%.
En julio de 2025, unos meses más tarde después del anuncio de las tarifas arancelarias hacia África, Donald Trump se reunió en Washington con representantes de cinco países del continente —Gabón, Guinea Bissau, Liberia, Mauritania y Senegal—, reunión que puso sobre la mesa otros temas de interés para los estadounidenses: migración y tráfico de drogas.
Y en efecto, cada uno de estos países se sitúan en el centro de las rutas trasnacionales de las drogas que atraviesan la región, que atraviesan la región, y que también son el lugar de origen de miles de refugiados y migrantes que han llegado a la frontera de Estados Unidos y México. Ambos temas son extremadamente sensibles y polémicos dentro de la agenda pública norteamericana.
De esta manera, aunque estos cinco países africanos tienen poca relevancia en términos económicos, se destacan como naciones sobre las que Washington puede ejercer una gran influencia estratégica en su beneficio, tal como lo afirman algunos expertos y especialistas.
Fuera de la órbita de estos temas, a la administración de Trump poco le importa lo que suceda en África, al grado de que ha detenido o reducido drásticamente la financiación de proyectos de ayuda en países de África.
Poco antes de la imposición de aranceles, el gobierno de Trump, a través del Departamento de Eficiencia Gubernamental encabezado por Elon Musk, desmanteló el 90% de los contratos externos de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés), afectando $60 mil millones de dólares de financiamiento. Para la segunda mitad de 2025 cerró sus operaciones de forma definitiva, en lo que por décadas fue el mayor distribuidor de ayuda humanitaria en el mundo, en donde África fungía como uno de los principales centros de operaciones.
El impacto fue inmediato y brutal, una muestra más de una política que presume eficacia mientras multiplica el costo humano de sus decisiones. Si las tarifas arancelarias cerraron el acceso al mercado estadounidense, los recortes presupuestarios a la USAID traspasaron la línea de la supervivencia humanitaria.
Un estudio publicado por la revista Science reveló un “significativo incremento” de la violencia en las regiones que dependían de los fondos de la USAID . En el norte de Costa de Marfil y la región de Tigray, por ejemplo, el retiro abrupto del financiamiento interrumpió las misiones de paz y los programas de seguridad alimentaria.
De la misma manera se vieron afectados programas de fomento a la educación y de salubridad. Sobre estos últimos, los programas de la USAID representaban una cuarta parte de los fondos destinados a la ayuda al desarrollo, lo que ya provoca dificultades en muchos países, comprometiendo la lucha contra enfermedades como el VIH-SIDA y la malaria.
Pero, una vez que se vislumbra una amenaza sanitaria global en el continente (como el más reciente brote de ébola en la República Democrática del Congo), el Departamento de Estado no escatima esfuerzos por contener la enfermedad, y emite exenciones para continuar con los programas de asistencia (sic).
Aunque el Congreso consiguió bloquear parte de los recortes, el mensaje político fue claro: la ayuda al desarrollo dejó de considerarse un instrumento central de influencia en África.
Ante este escenario, donde África está sujeta a una política comercial más agresiva, las ayudas oficiales al desarrollo se han reducido drásticamente, y es tratada con desprecio y hostilidad por parte de uno de los países más desarrollados y poderosos del mundo, el continente se sitúa ante una coyuntura llena de incertidumbre, alineada con la nueva geopolítica mundial, que afectarán el desempeño de sus gobiernos, las expectativas de crecimiento económico y profundas reformas estructurales.
Como medidas de respuesta, todas las economías africanas tendrán que acelerar sus esfuerzos por diversificarse internamente, sobre todo en los sectores no extractivos, fortaleciendo la agricultura, las manufacturas y la tecnología. Más que una desgracia, los aranceles estadounidenses pueden convertirse en el empujón que necesitaban para impulsar su estructura productiva.
Del mismo modo, África tendrá que acelerar su proceso de integración económica a través de su tratado continental, que representa una oportunidad para reducir su dependencia de los mercados occidentales.
El cierre de la USAID es un llamado a todo el continente. A pesar de la relevancia y necesidad social de sus programas, esta agencia contribuyó a la inestabilidad del continente, enmascarando sus acciones bajo el pretexto de la protección al medio ambiente, derechos humanos y justicia social. Era como un lobo disfrazado con piel de oveja.
La postura de Washington en África siempre se ha enfocado en obtener acceso a recursos naturales estratégicos y en negociar acuerdos migratorios, priorizando una política transaccional por encima de la ayuda al desarrollo tradicional.
Ahora, tras la salida de la USAID, los pueblos de África serán libres de los dictados provenientes de Washington, lo cual representa una oportunidad para trazar una estrategia más autónoma sobre sus principales problemas del desarrollo. Pero esto no significa que están solos. También deberán buscar apoyo de otros socios comerciales y potencias externas.
La nueva política exterior estadounidense hacia África impulsada por Trump llegó en un momento donde China está consolidado como socio comercial preferente, y donde cada vez más países apuestan por abrirse a nuevos socios, sobre todo del continente asiático, como los Emiratos Árabes Unidos, India, Turquía, Arabia Saudita y hasta el propio Israel.
La posición estadounidense en África ya estaba comprometida y en declive antes de la llegada de Donald Trump a la presidencia. En su visión, África solo importa como un “objeto de negociación”, y de otra forma, es invisible. Bajo estas condiciones, África saldrá fortalecida y el resto de las principales potencias obtendrá mayor influencia en el continente. El principal perdedor es Estados Unidos, aunque su gobierno piensa que están ganando. Sin duda alguna, la ignorancia es el mayor de todos sus defectos.
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