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Afrikáners en Chihuahua

Chihuahua es el Estado más grande de la República Mexicana, y como tal, presenta una gran riqueza sociocultural. Como resultado de siglos llenos de tradición e historia, la sociedad chihuahuense se caracteriza por la convergencia de raíces indígenas (donde destacan los tepehuanos, guarijíos y rarámuris o tarahumaras), mestizas, criollas y blancas.

Con respecto a estas últimas, la más emblemática de todas es la comunidad de los menonitas que habitan en el municipio de Cuauhtémoc, a donde llegaron en el año de 1922 procedentes de Canadá, aunque son originarios de los Países Bajos y Alemania. Se trata de un grupo étnico-religioso que han logrado prosperar, siendo reconocidos por su alta productividad agrícola y en la elaboración de productos lácteos y cárnicos.

Sin embargo, los menonitas no fueron los únicos pobladores blancos que se asentaron en el extenso Estado de Chihuahua. A 200 kilómetros al este de Ciudad Cuauhtémoc se encuentra el municipio de Julimes, en la rivera del río Conchos. En este sitio, veinte años antes de la llegada de los menonitas, un grupo de afrikáners (descendientes de colonos europeos en Sudáfrica) estableció una fracasada colonia bóer.

En un artículo previo ya dimos cuenta sobre la construcción de esta comunidad, quienes, curiosamente, también son granjeros, protestantes y originarios de los Países Bajos, en su mayoría, como los menonitas. Pero, ¿qué los trajo desde el sur de África a un lugar tan lejano para ellos como lo es el norte de México, y en concreto, al Estado de Chihuahua?

El evento principal que motivó su llegada fue la derrota que sufrieron a manos de los ingleses en la Segunda Guerra Anglo-bóer (1899-1902). Al concluir esta guerra, los antiguos combatientes afrikáners tenían la obligación de jurar lealtad a la Corona británica.

A muchos de ellos esta obligación representaba una completa humillación, y se negaron a firmar el juramento, por lo que buscaron refugio en otras partes del mundo, incluido México. La información relacionada con esta migración es casi desconocida, escasa, y muchas veces confusa o contradictoria.

Hilda Varela, profesora-investigadora del Colegio de México, es una de las pocas académicas que ha abordado este tema con profundidad y, apoyándonos en sus hallazgos, podemos reconstruir y rescatar este pasado.

A partir de una serie de reportajes publicados en periódicos de la época en los Estados Unidos y el testimonio de algunos de sus descendientes, podemos constar que decenas de familias afrikáners llegaron a Chihuahua en los primeros años del siglo XX.

No obstante, no se puede determinar con exactitud cuántos eran, aunque seguramente eran cientos de ellos, pues entre los afrikáners cada jefe de familia planteaba su propia colonia independiente, la cual podría estar conformada por su familia extendida y amigos. Además, algunas de ellas también se establecieron en Nuevo México, Estados Unidos, y tampoco se sabe cuántas se quedaron en territorio mexicano.

Aquí, los afrikáners se beneficiaron de las Leyes de colonización, ocupación, deslinde y enajenación de terrenos baldíos de porfiriato, con la cual se adjudicaron miles de hectáreas a unos cuantos terratenientes a través de enormes latifundios, contribuyendo al despojo de las comunidades locales rurales, quienes perderían sus tierras, cuya reivindicación sería una de las principales demandas y causas del estallido de la Revolución Mexicana.

Estas políticas pretendían estimular las actividades económicas y estimular la inmigración de población de europeos. A los afrikáners, por el color de su piel, se les consideró como tales, aunque ellos se consideraban a sí mismos africanos blancos (sic).

Entre el grupo de afrikáners que llegó a México se encontraban destacados jefes militares que lucharon en la guerra anglo-bóer. En concreto, dos de ellos tuvieron destacada participación e influencia dentro de la política mexicana. Ellos fueron Willem D. Snyman —considerado el verdadero fundador de la colonia afrikáner en Chihuahua— y Benjamin (Ben) Viljoen.

El primero, quien no quería vivir en un país en el cual pudiese ser extraditado por los británicos, estableció contacto con el entonces vicepresidente de Estados Unidos Theodore Roosevelt (de origen holandés), el cual lo presentó con el presidente Porfirio Díaz, por lo que decidió establecerse en México.

Por su parte, Ben Viljoen era considerado un auténtico héroe de guerra por sus compatriotas, con una posición fuertemente antibritánica y de personalidad carismática. Tras salir de la isla de Santa Elena (donde fue exiliado), llegó a México para establecerse de forma permanente, pese a que le advirtieron que era una nación católica (que contrastaba con el calvinismo que profesaba).

Procedentes de Texas, hacia 1902, Snyman y Viljoen estuvieron temporalmente en la Ciudad de México, en donde, para recaudar fondos, impartían conferencias sobre la historia de los bóers, las causas de la guerra y las batallas en las cuales habían participado.

Fueron muy bien acogidos y, tanto en círculos oficiales como no oficiales, se les aseguró que habrían de recibir lo que pidieran, en términos razonables, para el establecimiento de su colonia. Como no tenían dinero para comprar tierra, solicitaron al gobierno mexicano que les otorgara un territorio. Sin embargo, en 1903 regresaron a Texas con las manos vacías y decepcionados.

Pero pronto volvieron a México, y se habrían entrevistado directamente con Porfirio Díaz. Buscaban climas y suelos propicios para la agricultura y ganadería para replicar el modo de vida que tenían en Sudáfrica, y para este propósito, Snyman eligió una región cerca de Jiménez, Chihuahua, a la que llamaría Bóer Arcadia, pero una parte del terreno estaba cultivado y otra era zona de pastizales.

Incapaz de ofrecerles la tierra que anhelaban, Díaz les propuso que buscaran una menos costosa, y que visitaran Sonora a ver los terrenos cerca del río Yaqui. Pasaron diez días en Sonora, pero quedaron decepcionados nuevamente, mostrando su preferencia por las tierras chihuahuenses, por lo que decidieron continuar su plan de establecerse en algún rincón de este Estado.

Al mismo tiempo, se sabe que otros afrikáners estaban intentando establecerse en otras partes de México, principalmente en León, Guanajuato, y en Tamaulipas, lugar donde se pretendía crear un asentamiento en las cercanías de un río navegable con financiamiento de afrikáners residentes en Holanda. Lo más seguro es que tales empresas nunca se llevaron a cabo, o en el mejor de los casos, solo se construyeron algunos asentamientos aislados.

Finalmente, Snyman recibió el permiso oficial para establecer una colonia afrikáner en Mesquite (cerca de Santa Rosalía), Chihuahua, y afirmó que estaría abierta para cualquier afrikáner. Representado por dos abogados de la Ciudad de México, firmó un contrato con el Gobierno de México para el establecimiento de colonias agrícolas e industriales en las tierras de la Hacienda de Santa Rosalía, en la municipalidad de Julimes, distrito de Camargo, Estado de Chihuahua, y de otras tierras que posteriormente él pudiese adquirir.

El contrato preveía el reparto de las tierras entre las familias afrikáners, y se esperaba que todos se convirtieran en ciudadanos mexicanos de inmediato, quedando exentos del servicio militar y de algunos impuestos. Según Varela, no existen elementos para saber si ese contrato se cumplió.

En Julimes la tierra es muy fértil, que rápidamente los sudafricanos empezaron a regar con una acequia que reconstruyeron. Desde entonces la nueva colonia agrícola se llamó “Hacienda Humbolt”, como el famoso viajero y naturalista alemán del siglo XIX que recorrió México poco antes de la guerra de independencia. Dicho nombre se mantiene hasta la fecha.

Existen testimonios de los grandes esfuerzos de los afrikáners para que su asentamiento floreciera, así como por hacerse y darse a entender con los nativos, ante la barrera del idioma. A pesar de ello, el asentamiento duró muy poco. La zona fue gravemente afectada por inundaciones en 1907, lo que probablemente provocó la emigración de esos colonos hacia la Mesilla, en Nuevo México, donde encontraron mejores condiciones para su establecimiento.

Después de pasar varios años entre México y Estados Unidos, la mayoría de los afrikáners que llegaron a Norteamérica finalmente regresó a Sudáfrica en 1910, año de la fundación de la Unión Sudafricana, y también del estallido de la Revolución en México.

La gran excepción fue el propio Snyman, quien compró un rancho en Meoqui (que actualmente se llama “La Regina”) y siguió trabajando ahí la tierra, que en la actualidad existe como un poblado de Julimes.

En cuanto a Viljoen y su padre (Wynand Johannes Viljoen), hacia 1905 habían perdido las esperanzas de tener un buen futuro en Chihuahua. Debido a las condiciones ecológicas y por la burocracia mexicana, decidieron irse a El Paso, Texas, y más tarde a Chamberino, Nuevo México. En dicha zona, las familias afrikáners tenían empleados mexicanos.

En 1910 ya había obtenido la ciudadanía estadounidense y ocupado un puesto público. Pero esto no fue impedimento alguno para que se convirtiera en consejero militar del gabinete de guerra del presidente Francisco I. Madero, por lo cual, en los relatos de la Revolución su nombre aparece como participante activo del bando de éste, junto con el de otros afrikáners que supuestamente lo secundaron.

Todos habrían participado en combates durante la Revolución Mexicana como líderes de pequeños grupos, denominados kommandos en afrikáans por Viljoen, aprovechando su experiencia previa en batallas. Tomó parte de la decisiva batalla de Ciudad Juárez en mayo de 1911, que representó el triunfo del maderismo.  

Acerca de su involucramiento en la Revolución mexicana y su opinión sobre dicho movimiento, Viljoen afirmó que ningún líder insurrectose le había acercado para invitarlo a tomar las armas, y que lo había hecho en forma voluntaria, sin especificar qué lo motivó a hacerlo.

A pesar de que sostuvo que había graves causas de insatisfacción debido a que el régimen de Díaz carecía de verdadero carácter republicano, la realidad es que siempre apoyó a Madero incondicionalmente, con quien sostuvo una amistad cercana, pese a que varios líderes revolucionarios desconfiaban de él y de otros afrikáners por su origen.

Durante el gobierno provisional de Francisco León de la Barra, a Viljoen le habrían ofrecido un puesto en el Colegio Militar en la ciudad de México, pero éste lo habría declinado, diciendo que seguiría siendo consejero militar de Madero mientras durara la Revolución.

Y en efecto, siguió trabajando para él. En junio de 1911, Madero ordenó a Viljoen que organizara un grupo de 100 o 200 voluntarios para dirigirse de inmediato a Baja California, para combatir a los magonistas, quienes estaban en revuelta. Ya como presidente, Madero lo envió como comisionado a Guaymas, Sonora, para concluir un acuerdo entre el Gobierno y los yaquis, que terminó en fracaso.

Tras esto, abandonó México debido a sus problemas de salud, retirándose así de la política mexicana. Mientras tanto, los miembros de la comunidad afrikáner que todavía quedaban en Chihuahua sufrieron los ataques de las tropas del Francisco Villa, quienes confiscaron el rancho de Snyman por sospechar de que estaban alineados con los constitucionalistas.

Por su parte, la Hacienda Humbold se convirtió en una empresa productora y enlatadora de frutas propiedad de algunos socios capitalistas, entre los que se encontraba el propio gobernador del Estado de aquel tiempo, Enrique C. Creel, así como la empresa alemana Ketelsen y Degetau, radicada en la ciudad de Chihuahua.

Sin embargo, la vida de este consorcio agroindustrial México-alemán también fue muy breve, ya que la hacienda fue atacada por un grupo de alzados que se hicieron pasar por tropas revolucionarias de Pascual Orozco.

Hacia 1921 la hacienda se transformó en ejido. Las huertas se fueron secando, y la maquinaria industrial fue desmantelada poco a poco hasta convertirse en chatarra. Así fue la historia de esta trágica y gloriosa unidad productiva, que alguna vez fue un sueño afrikáner de una colonia en México, de la que hoy solamente quedan algunos recuerdos, vestigios y testimonios.

La primera referencia local histórica sobre este sitio son los alemanes, sin hacer diferencia con el asentamiento bóer inicial, mismo que en su momento representó un contacto inédito con quienes décadas más tarde implantarían el injusto sistema del Apartheid en el sur de África, un estigma muy pesado y una responsabilidad histórica que nunca más puede llegar a repetirse.

Para concluir, no nos resta mas que reescribir nuestro pasado y reafirmar nuestra herencia y legado, que se va nutriendo y enriqueciendo a través de microhistorias como ésta, que como ya vimos, tienen el potencial de influir en acontecimiento nacionales de mayor envergadura.  

Además, este relato representa un claro ejemplo de que, incluso en los lugares más insospechados, podemos encontrar grandes historias de migración y cooperación internacionales que conectan a México con el mundo entero, y en donde África ocupa un lugar privilegiado.


Carlos Luján Aldana

Economista Mexicano y Analista político internacional. Africanista por convicción y pasatiempo. Colaborador esporádico en diversos medios de comunicación internacionales, impulsando el conocimiento sobre África en la opinión pública y difundiendo el acontecer económico, geopolítico y social del continente africano, así como de la población afromexicana y las relaciones multilaterales México-África.

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