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Historias de terror en África: los dictadores más crueles del continente

En temporada de Halloween y Día de Muertos es común ver o escuchar historias de terror. Sin embargo, con frecuencia las historias más terroríficas y retorcidas son aquellas que se desenvuelven en la lucha por el ejercicio y control del poder político.

Al respecto, el continente africano de la segunda mitad del siglo XX fue terreno fértil para el surgimiento de una serie de militares, cuyo legado para la posteridad fueron países desangrados por la miseria, la pobreza, la violencia y todas las calamidades que se pueden imaginar.

No necesitaron de fantasmas, castillos embrujados, zombies ni espíritus vengativos para sembrar el terror. Lo hicieron mediante la firma de decretos, que se ejecutó en calabozos y que se alimentó del silencio de los expedientes oficiales y de algunos aliados externos.

A través del ejercicio del poder sembraron el miedo y el temor entre sus gobernados, haciendo hasta lo imposible por satisfacer sus delirios de grandeza y superioridad.

No estamos hablando de leyendas urbanas, sino de la historia de África en el periodo post-independentista, que dejó en el continente cicatrices profundas grabadas por hombres que convirtieron al Estado en un instrumento personal para aumentar su poder y riquezas.

La lista de los hombres quienes desangraron a sus pueblos es un poco extensa, pero aquí se señalan las historias y locuras de cuatro de ellos que, en mi opinión, son los más crueles y paradigmáticos de su época: Jean-Bédel Bokassa, Idi Amín Dada, Mobutu Sese Seko y Hissène Habré.

Al analizar las biografías de cada uno de ellos podemos encontrar muchas similitudes: militares con trastornos psicópatas, incapacidad para gobernar, sanguinarios, codiciosos, una obsesión enfermiza por llevar a cabo el culto a su personalidad, polígamos, con una numerosa descendencia y, cuando se vieron atrapados, huyeron como ratas antes de que se hundiera el barco. Además, es curioso observar que los cuatro gobernaron países sin salida al mar.

Entre ellos, es muy difícil determinar quién fue el peor de todos, afirmación que dejo a criterio de cada lector. Lo cierto es que cada uno de ellos sembró el terror en sus respectivas naciones de una manera que solo pueden compararse a los relatos de un cuento o película de Halloween.

No obstante, los hechos que se relatan a continuación ocurrieron realmente, comprobando que el terror real no está en lo sobrenatural, sino en la certeza de que estos hombres existieron, y que sus sistemas políticos funcionaron con la complicidad o la indiferencia del mundo.

Comenzamos fuerte. Este señor, quien gobernó la República Centroafricana (RCA) entre 1966 y 1979, no se conformó con convertirse en presidente a perpetuidad, ni en ser el amo y señor de su nación, donde podía hacer y deshacer a su antojo. Se creyó destinado a ser emperador, coronándose a sí mismo.

Jean-Bédel Bokassa nació el 22 de febrero de 1921 en Bobangui, en la entonces África Ecuatorial Francesa. Cuando apenas tenía seis años su padre fue ejecutado públicamente por desobedecer a las autoridades coloniales francesas, y su madre se suicidó, con lo cual desde muy temprana edad su vida estuvo marcada por la tragedia.

En 1939, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, se inscribió en las Tropas Coloniales Francesas, y participó en la toma de Brazzaville, la capital de la República del Congo, del control de la Francia de Vichy, controlada por la Alemania nazi.

Posteriormente, en 1945 peleó en Francia y Alemania, y más tarde en la península de Indochina. Tuvo tan destacado desempeño que fue condecorado y ascendido en múltiples ocasiones. Sin embargo, en 1962 renunció al ejército francés para unirse a las fuerzas armadas de su país, que acababa de obtener su independencia, aceptando la invitación de su primo David Dacko, el entonces presidente, para convertirse en jefe del Estado Mayor y ascendido al grado de coronel.

Fue a partir de aquí cuando comenzó el culto a su personalidad, aprovechando su cargo, y pese a las señales de alerta, el presidente Dacko lo subestimó. En 1963 lo envió a Francia para representar a la RCA en el Día de la Bastilla, pero ya no se le permitió volver al país.

Bokassa apeló a Charles de Gaulle, quien presionó a Dacko para permitir su reingreso, impulsando la futura relación entre Bokassa y el gobierno francés. El 31 de diciembre de 1965 Dacko se fue de la residencia presidencial, y viendo que era el momento oportuno, Bokassa y su aliado Alexandre Banza, tomaron la capital Bangui en pocas horas y forzaron a Dacko a renunciar, comunicando que había caído la burguesía y que había comenzado “una nueva era de igualdad entre todos”.

En cuestión de días este discurso quedó enterrado: suspendió la Constitución, disolvió la Asamblea Nacional y desde un principio el gobierno de Bokassa fue una dictadura en la que gobernaba por decreto. Mientras más tiempo pasaba, su gobierno fue haciéndose cada vez más personalista, donde implementó muchas políticas irregulares y sin sentido en sus primeros diez años de gobierno.

Bokassa no tenía una ideología política concreta. Era un líder pragmático que aceptaba cualquier cosa que aumentaba su poder, y que prohibía cualquier otra que lo debilitara. Su principal objetivo era conservar el poder político, y para ello no dudó en ofrecer los recursos naturales del país (principalmente uranio) al mejor postor, a pesar de que su país atravesaba serias dificultades económicas.

Cualquiera que lo criticaba o se oponía a sus acciones ponía en riesgo su vida, su propio ministro de hacienda y ex aliado, Alexandre Banza , fue encarcelado por sugerir la construcción de viviendas y escuelas, quien intentó dar un golpe de Estado contra Bokassa, sin éxito.

Al final, Banza terminó siendo ejecutado de una manera tan repugnante que aún hoy provocan escalofríos. Una versión cuenta que el propio Bokassa lo ató a un pilar y lo descuartizó personalmente con un cuchillo. Después mandó a los soldados a arrastrar su cadáver para que sirviera de escarmiento.

En 1972 Bokassa finalizó la construcción de su sexto palacio y se convirtió en presidente vitalicio, insistiendo que sus ministros lo llamen “Papá” y se autoasignó tantas medallas en su traje militar que se tuvo que reforzar para evitar que se rompiera.

Por si fuera poco, Bokassa se hizo un “bastón de justicia” que utilizó para el castigo corporal y ejecuciones. Con frecuencia utilizaba la carta del panafricanismo, anticolonialismo y antiimperialismo para defenderse de las críticas provenientes del exterior.

Los años bokassistas fueron caracterizados por su buena relación con Francia, quien constantemente mandaba paquetes de asistencia al país centroafricano, paquetes que luego serían gastados en alcohol, fiestas, palacios y autos para Bokassa y sus amigos. Era muy amigo del presidente de Francia, al grado de que iban a cazar juntos, y Bokassa le enviaba grandes cantidades de uranio.

Sus excesos le llevaron pronto a dificultades económicas, y Bokassa recurrió a Muammar Gaddafi en busca de apoyo financiero. El líder libio accedió, con la condición de que Bokassa se convirtiera al Islam. Bokassa aceptó, y recibió el nombre de Saladino Ahmed Bokassa. Sin embargo, solo se convirtió por un día esperando recibir el dinero, y regresó a su fe original. Al verlo, Gaddafi incumplió su promesa.

En 1974 cayó el Imperio etíope de Haile Selassie, por quien Bokassa estaba impresionado por el respeto y el protocolo que lo rodeaban. Tras su derrocamiento, el líder centroafricano sintió que quedaba un “vacío imperial” en el continente africano y, para satisfacer su ego y excentricidad, se hizo nombrar emperador. Por tal motivo, de 1976 a 1979 el país se conoció como Imperio Centroafricano.

Y como todo emperador, debía tener su ceremonia de coronación, por lo que organizó la propia a finales de 1977, sin escatimar en gastos: $20 millones de dólares del erario público, aproximadamente una cuarta parte del Producto Interno Bruto (PIB) del país y un tercio del presupuesto anual.

Tanta era su idolatría por Napoleón Bonaparte que decidió imitarlo. Tan solo su corona de diamantes costaba $5 millones de dólares. En la celebración se descorcharon 60 mil botellas de champange, importadas desde Francia, junto con 60 coches de la marca Mercedes-Benz y vino de la más alta calidad, caballos blancos y carruajes de época para el desfile.

Jean-Bédel Bokassa quiso emular la ceremonia de coronación de Napoleòn Bonaparte, retratada en la obra del pintor neoclásico Jean-Louis David, que se puede visualizar a la derecha de la pantalla. Del otro lado se aprecia a Bokassa coronado emperador por sí mismo.

Solo debían estar presentes invitados de igual rango, por lo que fueron invitados a la RCA el Sha de Irán y el emperador de Japón, quienes no asistieron. Nunca iban a presentarse a este espectáculo tan lamentable. Si el ahora conocido como Bokassa I quería ganarse el respeto a nivel internacional, consiguió exactamente lo contrario: el repudio y críticas severas por todo el mundo.

Detrás del trono de oro reluciente había un régimen de brutalidad extrema. Los relatos que salieron de su corte hablaban de un hombre que no dudaba en ordenar que los ladrones fueran mutilados públicamente, cortándoles las orejas.

Muchos presos murieron de hambre al no recibir comida o agua, pero simultáneamente, eran liberados de manera aleatoria para aumentar su apoyo popular. Vivir o morir era una auténtica ruleta donde, que un día cualquiera podías morir de hambre o por tus lesiones o ser liberado.

Según testigos, los pasillos de su palacio escondían cámaras donde los presos políticos eran encadenados al suelo y alimentados con raciones mínimas hasta quedar reducidos a esqueletos, cual catrinas.

La ironía es que la violencia creciente del naciente emperador a raíz de su ceremonia de coronación fue la que motivó su caída dos años más tarde. Ante una oposición política y sociedad civil inexistentes, el detonante de la caída de Bokassa fue la represión brutal de un movimiento estudiantil.

En 1979 cientos de niños centroafricanos fueron arrestados y posteriormente asesinados porque sus padres no podían pagar los uniformes escolares producidos por una empresa propiedad de una de las esposas de Bokassa. Él mismo supervisó el asesinato a manos de su guardia. Según Amnistía Internacional, Bokassa participó personalmente en algunas de estas muertes.

Ya sin el apoyo de los franceses, éstos pusieron en marcha la Operación Barracuda, que facilitaron el regreso al poder del ex presidente Dacko, en el exilio, el 20 de septiembre de 1979, cuando tropas francesas y centroafricanas tomaron Bangui sin resistencia, pusieron fin al Imperio y restauraron la República.

Bokassa se encontraba de visita oficial en Libia, y tras ser derrocado huyó al exilio, primero a Costa de Marfil y después a Francia. Sorprendentemente regresó a República Centroafricana en 1986, donde fue arrestado de inmediato y condenado a 20 años de prisión, que no cumplió porque se benefició de una amnistía en 1993, falleciendo tres años más tarde.

Durante su juicio surgieron pruebas y testimonios que lo acusaban de canibalismo, concretamente de ordenar que se cocinaran y comieran los cuerpos de sus opositores políticos y ministros que le desagradaban. Esta versión se reforzó cuando se hallaron restos humanos en su residencia, algunos presuntamente conservados en un congelador, aunque los tribunales posteriores no lograron probarla formalmente.

Murió en 1996 a los 75 años por complicaciones cardiacas, increíblemente como un hombre libre, tras cumplir una condena reducida, dejando tras de sí un rastro de cuerpos y un país en ruinas. El título del dictador más cruel y despiadado de África es cuestionable, pero lo que no está en tela de juicio es que fue el más excéntrico e irracional de todos.

“He probado la carne humana, y es demasiado salada para mi gusto”. Así, de manera cínica, lo afirmó Idi Amin, mejor conocido como “el carnicero de Kampala”, título que se ganó con merecida fama. La Uganda que gobernó entre 1971 y 1979 se convirtió en un auténtico matadero donde las cifras de muertos oscilan, según estimaciones más conservadoras, entre 100 y 300 mil personas.

Su físico era realmente imponente: con 1.93 metros de estatura, más de 100 kilogramos de peso y poseía una fuerza descomunal, al grado que incluso llegó a ser campeón de boxeo de peso semipesado en Uganda durante casi una década, así como un gran jugador de rugby. En suma, su cuerpo era una combinación entre Frankenstein y Hulk, algo que en sí mismo era más que suficiente para intimidar a cualquiera.

Sobre sus primeros años de vida no existe mucha información verídica. De acuerdo con Fred Guweddeko, un investigador de la Universidad de Makerere, Amín pudo nacer entre 1923 y 1928, y era hijo de un miembro de la tribu kakwa, que habita el norte de Uganda, cerca de la actual frontera con Sudán del Sur.

Su progenitor profesaba el Islam, pero fue abandonado siendo muy joven, por lo que se crio con la familia de su madre en un distrito agrícola del noroeste de Uganda. Era, según explica el periodista polaco Ryszard Kapuscinski, un bayaye: una persona que llegó del campo a la ciudad y estaba desocupada, un desarraigado que sólo vagaba por la ciudad, sin oficio alguno. Había millones de ellos en Uganda.

Hasta que un día, cuando tenía alrededor de 21 años, fue reclutado por casualidad por un oficial colonial del ejército británico, alistándose en los King’s African Rifles (fusileros africanos del Rey). Era obediente y no tenía mucha cultura ni educación, por lo tanto, era fácil de controlar. Simplemente el modelo del soldado perfecto.

Fue ascendiendo en el ejército y en la vida política de su país gracias a su audacia, ambición, carisma y atrevimiento. En 1949 su brigada fue enviada a luchar en la Guerra de Shifta, y en 1952 se les encargó sofocar la rebelión de los Mau Mau en Kenia. Hacia 1962 formó una alianza con el primer ministro Milton Obote, cuando Uganda ya era un país independiente.

Sin embargo, ambos terminaron distanciándose debido a los frecuentes actos codiciosos de Amín, sobrepasando sus funciones como jefe del ejército. Cuando Obote intentó arrestarlo por corrupción y malversación de fondos, Amín se le adelantó y dio un golpe de Estado el 25 de enero de 1971 mientras Obote se encontraba en Singapur para asistir a una cumbre de la Commonwealth.

Con su máscara sonriente de “hombre del pueblo” tenía el respaldo de gran parte de la población ugandesa y hasta de la propia Comunidad Internacional. Pero no pasó mucho tiempo cuando Amín estableció la creación de los escuadrones de la muerte para eliminar a cualquier disidente del nuevo régimen.

Durante su mandato, en Uganda se instauró el verdadero terror. Amín hacía lo que él quería, cuando él quería. No había límites. Bajo su yugo cayeron soldados, jueces, ministros, líderes religiosos (como el arzobispo anglicano Janani Luwum, asesinado en 1977) y hasta estudiantes. Su régimen fue un círculo vicioso de paranoia y muerte.

Perpetraba constantes purgas dentro del ejército y eliminaba cualquier etnia o grupo que se considerara como una amenaza. Cualquier sospecha, por mínima que fuera, era motivo suficiente para sacar un boleto al más allá. Muchos expertos psicólogos sugirieron que su comportamiento podría deberse a una neurosífilis no tratada, quizás debido a su exposición en deportes de contacto.

Si Jean-Bédel Bokassa se llamó a sí mismo “el último emperador de África”, Idi Amín no se quiso quedar atrás, y se autoproclamó “el último rey de Escocia”, al afirmar que era el primer líder en luchar contra la opresión del pueblo escoces. Durante una entrevista con un periodista británico, le preguntó si no tenía miedo de entrevistar al “conquistador del imperio británico”.

Para rematar, se nombró a sí mismo como “Su excelencia el presidente vitalicio, mariscal de campo Alhaji Dr. Idi Amin Dada, VC, DSO, MC, señor de todas las bestias de la tierra y peces del mar y conquistador del Imperio británico en África en general y en Uganda en particular”. Basta con leer esta peculiar presentación para darnos cuenta quién era Idi Amín: un megalómano, demagogo, arrogante, sádico y cínico.

Su figura fue muy conocida en Occidente, en donde cautivó la atención de muchos periodistas con sus apariciones públicas fuera de protocolo y su personalidad poco convencional. En programas cómicos británicos y estadounidenses fue objeto de burla e imitación, muchas veces ridiculizado por su nivel de conocimiento.

Idi Amín es trasladado en una silla por cuatro empresarios británicos durante una fiesta para diplomáticos, en julio de 1975. En la època colonial era común que los funcionarios coloniales británicos fueran cargados de esta manera por esclavos africanos.

La historia de la relación de Amin con Gran Bretaña fue como una sátira, donde Amín hizo literalmente el papel de payaso, dando de qué hablar por sus comentarios desatinados, como cuando re­tó al presidente tanzano, Julius Nye­rere, a resolver sus conflictos arriba del ring, en una pelea de box.

Encarnado en este papel, Idi Amín convirtió a Uganda en un circo del horror y la miseria, donde no había espacio para la risa. Uno de sus actos más crueles fue la expulsión masiva de alrededor de 50 mil personas de origen asiático en 1972, a quienes despojó de todos sus bienes y entregó sus negocios a sus militares leales, mismos que los dejaron colapsar en cuestión de meses.

Amín no ocultaba sus simpatías por Adolf Hitler, al grado de que también se le conoce como “el Hitler de África”. Y realmente fue tan despiadado, cruel y antisemita como él, al grado de que se alegró del asesinato de atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972 y permitió el aterrizaje de un vuelo de Air France que había sido secuestrado por células revolucionarias palestinas.

La humillación internacional llegó con el rescate israelí en Entebbe en 1976, pero su pueblo ya vivía un infierno silencioso. Las ejecuciones eran constantes, lo que a su vez generaba más miedo y más conspiraciones reales. La prisión de Makindye fue el principal centro de torturas y exterminio del régimen.

Se contaba que guardaba cabezas decapitadas de sus enemigos en el frigorífico de su palacio, pero no hay pruebas contundentes de su antropofagia ni de estas excentricidades sádicas. Los cuerpos de los enemigos, opositores y disidentes eran arrojados a las aguas del río Nilo o tirados con vida para que se los comieran los cocodrilos.

Idi Amín vivía en un estado de alerta permanente, consciente de sus actos, siendo muchas veces escurridizo. Se vanagloriaba de su inexpugnabilidad, como si tuviera un superpoder con una condición cercana a una deidad. Pero su sentencia fue el odio personal que sentía por Julius Nyerere, que hizo que intentara invadir Tanzania, ataque que fue repelido con mucha facilidad. Se cuenta que los tanzanos solo perdieron un tanque de guerra en esa campaña.

Su contraofensiva fue implacable y breve. El 11 de abril de 1979 tomaron Kampala, e Idi Amín escapó de Uganda, y no regresó jamás.  Las tropas tanzanas que liberaron Kampala dieron a conocer al mundo las crueles consecuencias del régimen de Amín, quien huyó a Libia y, posteriormente, a Jeddah, Arabia Saudita, rodeado de lujos y viviendo de una pensión del gobierno saudí.

Allí murió el 16 de agosto de 2003 a causa de una insuficiencia renal, lejos de su tierra natal, pero sin haber sido juzgado jamás por sus crímenes, que quedaron impunes. Y lo peor de todo es que nunca se arrepintió de todo lo que hizo, por lo que hasta su último día fue un hombre sin escrúpulos, asegurando que le gustaría que fuera recordado “como un buen boxeador”.

Si hablamos de líderes africanos a quienes les encantaba que se les rindieran culto, tenemos que referirnos a Mobutu Sese Seko, un hombre que, en su megalomanía, bautizó como “Zaire” a su patria, el antiguo Congo Belga, y hoy República Democrática del Congo.

Joseph-Désiré Mobutu (su nombre real) provino de una familia de la etnia Ngbandi, una de las menos numerosas del país. Se dice que el nombre Mobutu (que significa guerrero) fue escogido por su tío.

Al igual que Idi Amín, tenía una figura física imponente, pero a diferencia de éste, tenía un gran nivel académico, aunque con personalidad rebelde. Por tal motivo unos sacerdotes belgas lo matricularon en el ejército como una especie de “castigo”, pero fue aquí donde encontró disciplina, estudios y estabilidad.

En 1956, dejó el ejército y se convirtió en periodista a tiempo completo, escribiendo diariamente para el periódico L’Avenir, en la ciudad de Léopoldville (hoy Kinshasa). Dos años después viajó a Bélgica para terminar su formación, donde conoció al posterior primer ministro Patrice Lumumba, y se unió al Movimiento Nacional Congoleño, que abogaba por la independencia.

Tras conseguirla, Mobutu se convirtió en uno de los colaboradores más cercanos de Lumumba, quien lo puso al frente del ejército. Pero poco después conspiró contra él, siendo uno de los artífices de su asesinato, como parte de la lucha encarnizada por detentar el poder en la naciente república.

De esta forma, Mobutu Sese Seko inició su régimen, literalmente, con las manos manchadas de sangre. De 1960 a 1965 fue un periodo de sobresaltos en el país. Las luchas por el poder eran sangrientas, y Mubutu demostró ser el más hábil y sanguinario que el resto y logró imponerse como el garante del orden ante el caos y la desorganización del país.

Mobutu gobernó por poco más de tres décadas (1965-1997), confiriendo unidad y orden al enorme y accidentado territorio del entonces Zaire, pero con un alto precio: una rapiña voraz de las arcas estatales y un régimen político dictatorial brutal.

Bandera de Zaire

Eliminó la constitución, desmanteló lo poco que quedaba de la maquinaria republicana y abolió el parlamento. Gobernó solo. La filosofía del régimen, conocida como mobutismo, derivó en un régimen perverso hecho para enaltecer su figura y convencer a la población de que estaba en deuda con él, pero él no debía nada a la gente.

Llegó a decir: “soy el padre de la nación, pienso en todo el mundo, pienso en mis hijos”. Bajo esta lógica que contenía una alta carga paternalista desarrolló el culto a su personalidad de una forma casi religiosa. Prueba de ello es que a la propaganda oficial se le prohibió mencionar por su nombre a toda persona que no fuera Mobutu.

Se difundió la leyenda de que Joseph Désiré había abatido a un leopardo a la edad de diez años, y a dondequiera que iba traía puesto su icónico gorro de este felino. Se hizo llamar “Padre de la nación”, “Héroe de la Nación”, “Salvador del Pueblo”, “Gran Estratega”, “El restaurador del Bula Matari” (devorador de rocas), y otros más.

En 1974 adoptó lo que se conocía como la “política de autenticidad”, como una muestra en defensa de lo propio y lo africano. Modificó todo: el nombre del país, la vestimenta y hasta el calendario. Su nombre oficial es otra muestra más de esta política: Mubutu Sese Seko Kuku Nbdengu Wa Banga significa “El guerrero todopoderoso que va de conquista en conquista y que solo deja fuego a su paso”.

Había fotos de él en cada despacho, lugares públicos con su nombre y su cara impresa en los billetes. Este sistema solo se podía mantener con censura, poderío militar, represión, silenciamiento de la oposición y asesinatos masivos ante la menor amenaza o disidencia.

Su método no era tanto la masacre indiscriminada (como en la Uganda de Idi Amín), sino la asfixia sistemática, ejecuciones públicas para los disidentes, un partido único y el desvío masivo de los recursos del país hacia sus cuentas personales y a las de sus allegados.

Emprendió un proceso de nacionalizaciones de empresas y riquezas estatales, que lejos de utilizarlas en pro del progreso nacional, terminaron siendo el instrumento perfecto para que Mubutu, su familia y sus allegados más cercanos se quedaran con un gran porcentaje de esas empresas. Eso implico dos cosas en simultáneo: el progresivo deterioro de la capacidad productiva de aquellas empresas y en la explotación de recursos.

El principal símbolo de su corrupción y nepotismo fue la construcción de un auténtico búnker-palacio en Gbadolite, que costó $400 millones de dólares, con todo y aeropuerto internacional que le servía para para ir de compras y desayunar en París a bordo de un modelo Concorde.

También hizo traer mármol, vajilla lujosa, muebles franceses de alta gama y pinturas valuadas en muchos miles de dólares. Mientras tanto, millones de congoleños vivían en la pobreza extrema. Tras la caída de su régimen fue abandonado, y toda la ciudad volvió a convertirse en una aldea pobre.

También tenía propiedades en Bélgica, Suiza, Portugal, España, Costa de Marfil, Marruecos, Corea del Sur y Brasil. En cambio, bajo su mandato la infraestructura pública del país se desmoronó, los hospitales se quedaron sin medicinas y las carreteras desaparecían.

Al mismo tiempo, él acumulaba una fortuna personal incalculable. El dictador zaireño controló alrededor del 20% del patrimonio nacional y, en los noventas, representó la deuda externa nacional, unos 5 mil millones de dólares.

Sanguinario, estrambótico y ávido, Mubutu Sese Seko no se salvó de ser depuesto de su cargo. En el contexto de la Guerra Fría, las potencias occidentales estaban tranquilas con su régimen porque su sola presencia impedía la presunta infiltración comunista en África Central.

Pero una vez finalizada esta confrontación, el peso estratégico de Mobutu como baluarte del anticomunismo en África desapareció. La alianza que se mostró en su contra en 1996 lo mostró resistiendo solo, sin el apoyo de sus antiguos aliados occidentales.

La irrupción de la violencia y la guerra de resistencia, conducida por Laurent-Désiré Kabila interrumpió un tenue proceso de transición democrática iniciado en 1990, tomaron Kinshasa, la capital, sin gran resistencia.

La caída de su régimen, en 1997, fue recibida con vítores por una población exhausta, pero su legado de depredación estatal dejó un país tan devastado que las guerras posteriores (vigentes hasta la actualidad) han devorado millones de vidas.

Encontró asilo en Rabat, Marruecos, lugar donde se encontraba una de sus propiedades y donde falleció el 7 de septiembre de 1997, enfermo de cáncer. Aunque no fue el más sangriento en términos de brutalidad directa, su régimen fue una obra maestra de la corrupción y el miedo institucionalizado. Posiblemente haya sido el más ratero e inclemente de todos. En 2004 Transparencia Internacional situó a Mobutu en el tercer lugar entre los líderes más corruptos.

Mobutu fue el arquetipo del dictador africano de las primeras décadas después de las independencias. Opulento, dictatorial y profundamente corrupto. Aún en un elenco tétrico con personajes como Idi Amín y Jean-Bédel Bokassa, logró destacar. Su terror fue lento, burocrático, pero igual de letal, que terminó por hundir en la miseria a una de las naciones más ricas en términos de recursos en todo el continente africano.

Terminamos nuestras historias de terror con un protagonista a quien se le compara con uno de los personajes de más oscura memoria en la historia de América Latina del siglo XX: Augusto Pinochet, militar y dictador chileno que asumió el poder de su país tras derrocar al presidente Salvador Allende mediante un golpe de Estado.

Hablamos de Hissène Habré, conocido como el Pinochet de África, apodo que por sí mismo revela su nivel de brutalidad y represión. Su nombre era sinónimo de miedo y represión. Presidente de Chad entre 1982 y 1990 (curiosamente el mismo año en que Pinochet abandona el poder en Chile), su régimen es el más escalofriante desde el punto de vista documental.

Nació en 1942 en el seno de una familia de pastores en Faya-Largeau, una ciudad en el vasto desierto del norte del país centroafricano, de etnia tubu y religión islámica. Formó parte del ejército colonial francés establecido en Fort Lamy, aunque como empleado civil.

Después de la independencia de Chad (1960) estudió ciencias políticas en París, donde se impregnó de las ideas revolucionarias del Che Guevara, viéndose reflejado en él como alguien predestinado a liberar a su pueblo.

En 1971, con solo 29 años, Habré regresó a su país y se dedicó a formar una milicia en el desierto que terminó por convertirse en un sólido ejército de cientos de hombres. Eran una especie de mercenarios cuyo objetivo era intercambiar rehenes por dinero. Acaparando los reflectores mediáticos, en 1978 el entonces presidente de Chad, el general Félix Malloum, nombró a Hissene Habré como su primer ministro.

Tras Malloum, Goukouni Oueddei tomó la presidencia y eligió a Habré como Ministro de Defensa. Pero éste se volvió en su contra, molesto por la influencia de Libia (cuyo gobierno encabezado por Gadafi discriminaba de manera sistemática a los tubu, la etnia de Habré), con lo cual se ganó a Francia y Estados Unidos como aliados, respaldos que le allanaron el camino para dar un golpe de Estado, que fue exitoso en 1982, que lo catapultó a la presidencia.

En cuanto asumió el cargo, cambió su uniforme militar por un largo boubou (túnica) blanco, estableció un régimen de partido único, declaró ilegales los partidos políticos de oposición y fomentó el culto a su persona.

Creó la Dirección de Documentación y Seguridad (DDS), un organismo de inteligencia y seguridad que desempeñó un rol clave en la represión y en la violación de los derechos humanos. A través de esta y otras instituciones, atacó directamente a la población civil, así como a diversos grupos étnicos.

Su régimen no solo asesinó. Lo anotó todo, absolutamente todo. Cuando Habré cayó a manos de Idris Deby se descubrieron en las oficinas de la DDS más de 50 mil cartas y documentos, incluidos registros diarios de prisioneros, informes de interrogatorios y certificados de defunción. Estos papeles revelaron el nombre de 1,208 personas que murieron en detención y más de 12 mil víctimas de violaciones de derechos humanos.

Su aparato policial estaba entrenado para cometer torturas de forma sistemática. Creó agencias de inteligencia y una policía secreta, que se caracterizó por su nivel de violencia extrema. Uno de los métodos más empleados fue el trístemente célebre arbatachar , una brutal técnica de tortura mediante el cual ataban al prisionero las extremidades a la espalda para interrumpirle la circulación. A otros les prensaban las cabezas, les aplicaban descargas eléctricas o los torturaban ahogándolos.

Se calcula que, en sus ocho años en el poder, hubo unos 40 mil asesinatos políticos y 200 mil casos de tortura, según cifras de la Comisión Nacional de Investigación de Chad. Habré controlaba personalmente los detalles más escrupulosos, como lo demuestra una nota manuscrita suya respondiendo a una solicitud de la Cruz Roja para hospitalizar a un prisionero: “De ahora en adelante, ningún prisionero de guerra puede salir del Centro de Detención excepto en caso de muerte”.

Nacionalista, enemigo a muerte de Muammar Gadafi y musulmán practicante, llevó a la guerra a Chad en más de una ocasión. Con la ayuda de Francia, Habré hizo frente a una rebelión apoyada por Libia (país que reclamaba también la soberanía sobre la franja de Auzu, territorio fronterizo entre los dos países) que degeneró en guerra civil. A finales de 1988 Chad logró, con la ayuda francesa, expulsar a las tropas libias. Meses después, en agosto de 1989, los gobiernos de Libia y Chad llegaron a un acuerdo para solucionar sus diferencias por la vía política.

Después de haber demostrado ser grandes estrategas durante la contienda, Hassan Yamus e Idriss Déby se convirtieron, al término de la misma, en sus más fieles colaboradores. Con el fin de reducir su influencia en la escena política, Habré trató de sustituir a Déby por un familiar suyo al frente de las Fuerzas Armadas, lo que desembocó en un intento de golpe de Estado en abril de 1989.

Tras la fallida tentativa golpista, Habré ordenó la ejecución de Yamus, mientras Déby, herido, logró huir, y poco después se puso al frente del Movimiento Patriótico de Salvación (MPS), que finalmente logró derrotarlo con ayuda de fuerzas rebeldes libias, se convirtió en partido político y hasta hoy sigue siendo el hegemónico y gobernante del país.

Habré escapó a Senegal, donde vivió tranquilamente durante años. Denunciado en el año 2000 por tortura y crímenes contra la humanidad ante la justicia de aquel país de África Occidental por una asociación de víctimas, Habré fue inculpado de “complicidad en actos de tortura” por un juez de Dakar.

Pero el Tribunal de Senegal sentenció el fin del proceso judicial un año más tarde alegando que la justicia senegalesa era incompetente para conocer de los hechos cometidos por un extranjero fuera de su jurisdicción. Por su parte, una corte belga emitió una orden de arresto internacional, acusando a Habré de múltiples crímenes, pero se negó su extradición.

Hissène Habré durante su juicio en Dakar, Senegal.

Después de sucesivas solicitudes tanto del Parlamento Europeo como de la Unión Africana, el gobierno de Dakar accedió, en julio de 2006, a comenzar un juicio por dichos crímenes. Mientras tanto, en Chad, el exdictador fue condenado a muerte por la Corte Penal de Yamena el 15 de agosto de 2008, en un proceso al que evidentemente no asistió Habré.

Finalmente, la Unión Africana creó las Salas Extraordinarias Africanas en Dakar, un tribunal especial para la ocasión, sin financiamiento ni ayuda de la comunidad internacional. Así, Habré comenzó a ser juzgado 22 años después de su derrocamiento, y ante un tribunal que se tardó 12 años en crearse. Y todavía faltaban tres años más, lapso en que duró el juicio.

Pero la justicia llegó el 30 de mayo de 2016: cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra, tortura, violación y esclavitud sexual, convirtiéndose en el primer ex Jefe de Estado africano en ser juzgado y condenado por otro país africano. Permaneció en prisión hasta agosto de 2021, cuando murió de COVID-19 en un hospital de Dakar.

El horror de este hombre no fue solo su violencia, sino la meticulosa burocracia con la que la administró. Frío, calculador y temible, Habré forma parte de los tiranos africanos más despiadados que fomentaron el terror entre sus gobernados.

Sin embargo, el hecho de que fue sentenciado por un tribunal, como Charles Taylor, ex presidente de Liberia, marca un precedente importante y un mensaje contundente: nunca más ningún gobernante debe usar el poder para sembrar el terror, enriquecerse y enaltecer su propia imagen, ni en África ni en ningún otro lugar del mundo.


Carlos Luján Aldana

Economista Mexicano y Analista político internacional. Africanista por convicción y pasatiempo. Colaborador esporádico en diversos medios de comunicación internacionales, impulsando el conocimiento sobre África en la opinión pública y difundiendo el acontecer económico, geopolítico y social del continente africano, así como de la población afromexicana y las relaciones multilaterales México-África.

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