Economía circular en el continente africano: reciclaje y gestión de residuos sólidos

En el artículo anterior describimos la manera en la cual las ciudades de Kigali y Windhoek emprenden acciones para que sus calles y espacios públicos estén limpios y libres de basura, bajo un enfoque universal de responsabilidad civil. Esta clase de iniciativas son necesarias para una limpieza y saneamiento adecuados, pero al mismo tiempo, son insuficientes si se pretenden adoptar acciones sustentables.

Estas son tan solo las condiciones previas para el impulso y fomento de un modelo de producción y consumo que implica compartir, alquilar, reutilizar, reparar y renovar y reciclar materiales. De esto hablamos cuando nos referimos a la economía circular, un modelo que tiende a generar cero residuos y maximizar el valor de uso de las mercancías.

Este modelo es un ciclo económico muy sencillo de aprender y memorizar, tal como se aprecia en el video que aparece a continuación, pero que en la práctica ha resultado difícil de implementar.

A diferencia del siglo pasado, ya no se puede entender el desarrollo económico sin un enfoque sustentable, con lo cual la productividad queda sujeta a las restricciones necesarias para combatir el cambio climático, obligación que ha quedado plasmada en el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) N° 12: Producción y consumo responsables.

En el caso específico de África, la economía circular se impulsa de forma simultánea de manera continental, regional y por los diferentes gobiernos mediante iniciativas como la Alianza Africana para la Economía Circular (ACEA), el Mecanismo Africano para la Economía Circular (creado por el Banco Africano de Desarrollo) y organizaciones regionales como África Circular.

En los últimos años muchas naciones del continente están replicando el modelo de economía circular, pero más que un componente integral y transversal de sus políticas públicas, se está adaptando a las características y necesidades de sus economías, adquiriendo un marcado carácter comunitario y siendo impulsado desde la informalidad, con innovación real y adaptada a los recursos y materiales disponibles.

Esta particularidad cambia totalmente la forma en la cual tenemos que abordar el modelo de economía circular en África. En este sentido, y dado su estatus como el continente del mundo con mayor atraso económico, África se enfrenta a una carrera entre una “crisis de residuos” y una “oportunidad circular”.

Para entender este dilema hay que tener presente los grandes fenómenos y revoluciones sociales que se desarrollan en el continente. En primer lugar, las altas tasas de urbanización que presenta han provocado un aumento exponencial en la cantidad de basura y residuos generados que, dada la infraestructura ineficiente e insuficiente, representa un foco crítico para el surgimiento potencial de accidentes y crisis sanitarias.

Tan solo el pasado 23 de agosto de 2026, al menos 30 personas murieron y 22 resultaron heridas tras un deslizamiento ocurrido durante la madrugada en el mayor vertedero a cielo abierto de Conakry, la capital de Guinea, después de fuertes tormentas que azotaron esta ciudad. El hecho de que al lado de las montañas de basura hubiera tiendas de campaña y viviendas irregulares fueron un factor determinante para que la tragedia fuera más grande.

La situación en otras ciudades africanas es más o menos la misma. La gestión de residuos sólidos es un problema que viene escalando en todo el continente, cuya resolución es urgente. Se estima que la generación de residuos en África se triplicará para 2050, pasando de 174 millones de toneladas, a más de 500.

Sólo el 55% de los residuos se recolecta, y de ellos, el 90% termina en vertederos a cielo abierto o se quema. Al sur del Sahara la tasa de recolección es aún menor, del 44%. Se estima que el 57% de los residuos es de composición orgánica, mientras que el 13% son plásticos.

De acuerdo con estimaciones de la Nueva Alianza para el Desarrollo de África (NEPAD), el continente africano genera aproximadamente 244 millones de toneladas de residuos sólidos urbanos al año.

En teoría, esto representa un potencial enorme para el compostaje y reciclaje, así como una gran oportunidad para fortalecer el sector agrícola gracias a la composta que nutre los suelos, sumado al hecho de que gran parte de la población económica africana se emplea precisamente en la agricultura.

En particular, las causas principales de la eliminación y gestión inadecuadas de residuos en África son estructurales, institucionales y organizativas débiles. Una vez más, los diversos gobiernos del continente han fallado en ofrecer soluciones a la sociedad y en aprovechar el potencial económico de sus fuerzas productivas.

Esto se debe a que tienen presupuestos inadecuados y marcos legislativos y normativos débiles y obsoletos. A esto hay que añadir la baja conciencia pública sobre el problema de la basura y, en algunos países, los conflictos y la inestabilidad política impiden avances sobre este tema.

De este modo, el reciclaje en África se caracteriza por la pobreza, el desempleo y las necesidades socioeconómicas, casi sin apoyo de los sectores público y privado. Más del 30% de los ingresos municipales se destina a servicios de recolección y tratamiento de residuos, pero la tasa de reciclaje es de apenas 4%.

Estas cifras son resultado de una gobernanza local fragmentada, financiamiento insuficiente y ausencia de tecnologías aplicadas a minimizar el impacto de los residuos locales. A pesar de esto, los recicladores informales recuperan activamente recursos valiosos de los residuos con una compensación mínima de los municipios y las empresas del sector privado.

Y justo aquí, en medio de tantas carencias y de una crisis de gestión de residuos, es donde está la oportunidad circular que África debe de aprovechar para impulsar su desarrollo económico y sustentable. La creatividad, resiliencia e innovación social han conducido a las sociedades africanas a la construcción de un creciente ecosistema de economía circular.

Además, la informalidad y el desempleo juvenil, dos de las principales señas de los mercados de trabajo africanos, han estimulado el surgimiento de acciones, iniciativas y proyectos comunitarios que se insertan en este modelo productivo. Las aulas universitarias y las periferias de las grandes ciudades del continente son los principales espacios donde se desarrollan gran parte de las prácticas y proyectos innovadores que aceleran la implementación de la economía circular.

Un niño africano posa junto con un vehículo de juguete hecho con pet y plásticos reciclados, muestra del ingenio, capacidad y potencial para impulsar proyectos de economía circular si se invierte en educación.

Podríamos enumerar muchos casos de éxito. Uno de los más destacados es el de la startup Askema Engineering, creada en el año 2015 (según el calendario etíope), cuya innovación central es la fabricación de pastillas de freno para la industria automotriz a partir de residuos orgánicos descartados, principalmente de huesos de animales de matadero, que tiene 268 empleados, alrededor de 6,400 clientes y está certificada en la norma ISO/IEC 17025:2017.

El proyecto Flipflopi en la isla de Lamu, Kenia, llamó la atención por su propósito: la construcción de un velero construido con plástico reciclado y chanclas desechadas que navegó 500 kilómetros por las costas de África Oriental para visibilizar la contaminación de los océanos a causa del plástico presente en los ecosistemas marinos.

Los países con ingresos todavía más bajos no se quedan atrás. Destaca el proyecto Bamagreen, en Malí, cuyo objetivo es la transformación de residuos plásticos en diversos bienes, dando empleo a grupos vulnerables, especialmente a mujeres y jóvenes. Por su parte, comunidades locales de Madagascar están reciclando bolsas de polietileno en hilo duradero y en Burkina Faso el plástico es convertido en adoquines y pupitres escolares.

En cada uno de estos casos, el denominador común no es la “tecnología avanzada”, sino las limitaciones técnicas, materiales obsoletos, la integración comunitaria y la adaptación a las fuerzas productivas locales.

En muchas partes de Europa, por ejemplo, existen grandes incineradores de alto consumo energético que se encargan de destruir los residuos, tecnología que África es incapaz de adoptar o adquirir, pero que de hacerlo, estaría fuera del modelo de economía circular.

El hecho de no tener grandes incineradores de alto consumo energético significa que África puede avanzar directamente hacia sistemas descentralizados, intensivos de mano de obra, de reciclaje y compostaje. Irónicamente, sus economías débiles se traducen en una ventaja para adoptar de forma más directa los principios de la economía circular.

Este modelo de producción no es tan novedoso como pudiéramos pensar. En muchos países del continente las etapas del modelo circular se llevan a cabo desde hace muchos años en formas tradicionales, conducidas por estrategias orientadas a la subsistencia y a la necesidad de optimizar sus recursos limitados y escasos. Este carácter pragmático y replicable es el principal sello de la economía circular en África. Y también su mayor fortaleza.

Esto significa que, ante la desatención que los diversos gobiernos tienen sobre la gestión de residuos sólidos, desde la economía informal han llegado las principales iniciativas y soluciones, integrando con éxito sistemas de responsabilidad extendida, entendidos como una política ambiental que obliga a los productores y fabricantes a hacerse cargo del costo y la gestión de los residuos de los productos tras su consumo, un componente indispensable para el fomento de la economía circular.

En Kenia, Sudáfrica y otros países de la región existen Organizaciones de Responsabilidad del Productor que ofrecen a los pepenadores (recolectores de basura informales) seguro de salud, equipos de protección personal, identificación, capacitación y remuneración.

En ciudades como Accra, Nairobi o Johannesburgo,cooperativas y microempresas recicladoras ofrecen alternativas económicas sostenibles para comunidades sin acceso a empleo formal, especialmente a mujeres y jóvenes.

Algunos países tienen incluso cláusulas legales que obligan a integrar a los recolectores informales a sus políticas y pagarles por sus servicios. Si los gobiernos no los integran, compiten contra ellos.

Los sistemas de responsabilidad extendida han tenido gran éxito en muchas partes de África. Con una cobertura de recolección formal del 55%, el sector informal es realmente quien hace la mayor parte de la labor de reciclaje. Bajo este enfoque, los recolectores informales no son vistos como “el problema”, sino como la solución.

Su éxito no solo se mide por mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, sino en una mejor gestión de residuos a lo largo de las cadenas productivas. De esta manera, el reciclaje en África no solo mitiga impactos ambientales: también abre oportunidades económicas reales y transforma comunidades desde lo local hacia lo global.

El caso de Ghana es ilustrativo. Su política sobre plásticos va más allá de la gestión de residuos, es una auténtica estrategia de transformación industrial. Su objetivo no es solo reducir la contaminación plástica, sino posicionar a Ghana en la emergente bioeconomía circular global.

Las iniciativas no se circunscriben a los ámbitos nacionales. La Comunidad Oriental Africana (EAC, por sus siglas en inglés) está discutiendo una ley regional vinculante a sus países miembros para eliminar plásticos nocivos de un solo uso, cerrar lagunas transfronterizas y armonizar regulaciones en la materia.

Esta Ley no solo contempla prohibiciones, sino también reglas de responsabilidades extendidas a los productores, incentivos para materiales sostenibles y protección e integración a los trabajadores informales en la economía formal de residuos.

Los casos de Ghana y la EAC muestran que las prohibiciones y la responsabilidad extendida al productor no solo medidas ambientales aisladas, sino parte de estrategias más amplias de transformación industrial y competencia comercial.

La Unión Africana lanzó en 2025 el Plan de Acción de Economía Circular para África (CEAP 2024-2034), alineado con la Agenda 2063 y los ODS. Por su parte, el Banco Africano de Desarrollo incorporó la circularidad en su estrategia decenal 2024-2033 y creó un Fondo como instrumento catalizador cuyo objetivo es financiar proyectos de economía circular.

Estos recursos ya se están distribuyendo. En 2025 Ghana obtuvo siete millones de dólares para la gestión circular de plásticos, Angola 100 millones de euros para diversos proyectos de sostenibilidad integrados y Zambia otros 1.5 millones de euros para cadenas de valor circulares de materias primas críticas.

Aunque el marco institucional a nivel regional y continental se está construyendo, la brecha de implementación continúa siendo grande, debido a que la base emprendedora sigue siendo frágil, fragmentada y altamente dependiente de fondos de donantes.

El modelo de gobernanza, que se caracteriza por la fragmentación y las responsabilidades difusas entre los gobiernos locales y los ministerios, son un obstáculo central. Además, existen graves carencias de datos, especialmente sobre flujos de materiales y cadenas de valor específicas.

A pesar de su gran relevancia en la actualidad, la investigación empírica sobre la economía circular en África permanece relativamente limitada. No obstante, existe un creciente interés en el tema por parte de investigadores, académicos, gobiernos y emprendedores.

Los principales estudios se enfocan en la gestión de residuos sólidos, el reciclaje informal y las iniciativas para aprovechar el compostaje en la agricultura. Los principales hallazgos hacen hincapié en la alineación de la economía circular con la digitalización, la protección del medio ambiente y su articulación con las prioridades del desarrollo, principalmente en la agricultura, agua, saneamiento y energías renovables.

África necesita su propio modelo de economía circular, sin ser una simple copia del modelo europeo, estadounidense o chino. La buena noticia es que las prácticas africanas de economía circular ya están configurando una vía propia, adaptada a sus recursos, su estructura laboral y sus formas comunitarias, cuya característica más distintiva es la integración sistemática de los recolectores informales de residuos.

No obstante, para llevar este modelo a un nivel más alto se requieren tres condiciones: marcos políticos coordinados, financiamiento accesible e integración real de los trabajadores informales en la economía forma, con todo lo que esto implica.

La transición circular africana está definiendo un modelo propio, con un marcado carácter comunitario y social que, si logra resolver el problema de la gestión de residuos sólidos mediante el reciclaje y romper definitivamente su tensión productiva, estará frente a una auténtica estrategia de desarrollo económico. Muchas regiones en desarrollo podrían aprender más del modelo africano que del occidental.

Un barco hecho con chanclas desechadas no solo tiene un valor simbólico, sino que apunta a un modelo replicable; sistemas de recolección impulsados por la comunidad, instalaciones de reciclaje localizadas y cadenas de valor que convierten “basura” en productos con una segunda vida útil.

En el corto plazo, los proyectos tienen que demostrar valor, construir confianza y crear una nueva cultura de consumo responsable para que, a largo plazo, el modelo continúe siendo sostenible económica, social y ambientalmente hablando.

Imagen de portada generada con IA para fines ilustrativos.


Carlos Luján Aldana

Economista Mexicano y Analista político internacional. Africanista por convicción y pasatiempo. Colaborador esporádico en diversos medios de comunicación internacionales, impulsando el conocimiento sobre África en la opinión pública y difundiendo el acontecer económico, geopolítico y social del continente africano, así como de la población afromexicana y las relaciones multilaterales México-África.

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