África en transición: recursos, conflictos y el nuevo mapa económico del continente

No hay duda, África está atravesando una fase de reconfiguración estructural donde tres fuerzas se entrelazan: la búsqueda de soberanía económica, la emergencia de nuevos polos de poder regional y la persistencia de conflictos armados que reflejan luchas trasnacionales por modelos económicos y geopolíticos. A continuación, se analiza esta nueva realidad socioeconómica del continente, así cómo la forma en la que se pudiera redefinir su futuro.
Tendencia a la nacionalización de recursos y sectores estratégicos en África: ganadores y perdedores.
En el artículo anterior describimos la “nueva” realidad sociopolítica del continente africano, donde coexiste el resurgimiento del panafricanismo, el militarismo y el nacionalismo (en lo que se conoce como “la revolución de las boinas”), y la continuidad del modelo extractivo y dependiente, encarnado en la figura de dictadores longevos que se aferran al poder, en medio de críticas, protestas y cuestionamientos.
Pues bien, ahora el foco se centra en las reformas económicas que se han emprendido al amparo de la “revolución de las boinas” y todas sus implicaciones, en particular sobre un tema muy controversial y conocido para África: la explotación, control y tenencia de los recursos naturales.
La historia de África equivale a hablar sobre la disputa por la posesión y explotación de sus recursos. Desde la trata esclavista, pasando por la época colonial, las independencias y hasta la fecha, el continente africano ha sido escenario de una prolongada y cruenta lucha por la posesión de su riqueza natural y mineral.
El discurso revolucionario tiende a poner un final definitivo al modelo extractivista, practicado desde la colonización europea, y adoptar un nuevo modelo basado en nacionalizaciones, expropiaciones o renegociaciones en mejores términos que en el pasado.
Se trata de una especie de panafricanismo económico que impulsa una estrategia soberana real ante los modelos defendidos por el fundamentalismo económico tradicional promovido por Europa, Estados Unidos y demás potencias occidentales. Además, los africanos buscan sacar partido de la competencia entre estas naciones con China, Rusia, India, Turquía y otros actores emergentes.
También han hecho frente común ante la agresiva política comercial de Estados Unidos, cuyo gobierno está imponiendo aranceles a prácticamente todo el continente, respondiendo de la misma manera.
Bajo esta retórica, en los últimos años muchos países de África han aprobado una serie de políticas económicas que revalorizan sus recursos naturales, enlazada con políticas de nacionalización (incluyendo minas, refinerías y empresas estratégicas), reformas en los códigos mineros y suspensión de exportaciones para potenciar los mercados nacionales.
Por ejemplo, en 2024 Burkina Faso suspendió sus exportaciones de oro en bruto y anunció la nacionalización de dos minas de oro, con el objetivo de que se procese en el propio país.
En esta línea, Ghana ha implementado una nacionalización total del oro, implementando políticas para aumentar el beneficio local, impuestos a las exportaciones, prohibición a ciudadanos y empresas extranjeras a participar en el mercado de oro, así como a dar control total del mismo a la empresa pública Goldbod.
Malawi, por su parte, suspendió sus exportaciones de minerales en bruto, mientras que Zimbabue anunció su plan de suspender las ventas de litio y sus concentrados al extranjero si las empresas no procesan dentro del país. Níger busca seguir la tendencia al hacer lo propio con el uranio.
Namibia reformó su código petrolero, y tanto Mali como Botsuana sus códigos mineros. Togo también está en camino de reformar el suyo. El plan de Botsuana es procesar sus propios diamantes en su territorio, lo cual desafía el tradicional monopolio europeo y al principal gigante del sector, la empresa De Beers.
Finalmente, Guinea ha cancelado las licencias de más de 50 empresas mineras extranjeras que operaban en el país, sobre todo de bauxita, muchas de ellas en manos de empresas chinas, británicas y australianas, sumando así esfuerzos por recuperar concesiones y el control del sector minero nacional.

La tendencia es clara: África busca el control total de su riqueza mineral, que ésta se transforme en sus naciones y, sobre todo, mejorar los términos de intercambio a nivel mundial, sumamente desfavorables para los africanos, quienes buscan obtener más ingresos, mejorar las finanzas públicas y destinar mayores recursos financieros a proyectos sociales y de infraestructura, en línea con una visión de desarrollo autocentrado.
Este fenómeno incluye a tanto a gobiernos militares como a aquellos elegidos democráticamente en las urnas, inspirados en antiguos líderes como Kwame Nkrumah, Julius Nyerere y Thomas Sankara, quienes defendían la autosuficiencia económica, justicia social, igualdad y lucha contra el imperialismo y anticolonialismo.
Pero no todas las reformas se centran en los recursos naturales. También se han impulsado políticas de transferencia de conocimientos a los ciudadanos africanos, un aspecto fundamental que les permitirá tener un desarrollo mucho más integral y autosuficiente.
A diferencia del paquete de nacionalizaciones que emprendieron muchos países africanos durante los años setenta, estamos hablando de un nuevo tipo de reformas, más pragmáticas, que buscan mayor participación en las cadenas de valor, que no solo buscan la propiedad total.
El objetivo es maximizar los beneficios públicos y reducir la influencia de las multinacionales extranjeras, no solo occidentales, sino también de otras nacionalidades, especialmente chinas.
Y en efecto, las naciones africanas le están hablando duro a China, exigiendo mayor transparencia fiscal, sueldos más justos, acceso a cuentas y respeto a la soberanía.
De esta forma, África pretende dar un giro en su política económica, tomando el control de su riqueza natural y utilizarla como palanca e impulsar su desarrollo económico, menos dependiente del exterior. Pero no todo es miel sobre hojuelas, existen muchos riesgos.
Como ejemplo tenemos lo sucedido en Nigeria, cuando en 2023 el presidente Bola Tinubu anunció la eliminación a los subsidios a los combustibles, que hasta antes se habían mantenido artificialmente bajos. Aunque se aprobaron paquetes de ayuda a los sectores con ingresos más bajos, resultaron poco eficaces, afectando a jubilados y trabajadores informales.
Pese a ello la reforma resulta fundamental para evitar el contrabando y la sostenibilidad económica, pero con un costo social alto: mayor inflación y dificultades económicas a corto plazo.
Las afectaciones a sectores vulnerables es sólo uno de los riesgos, pero existen muchos más: las restricciones a la libertad, la desigualdad, la corrupción, implementación poco eficaz de la política económica, la falta de transparencia, el predominio de la economía informal, las ineficiencias productivas y la brecha digital, industrial y tecnológica son factores que pueden llevar al traste los esfuerzos de los africanos sin mayores complicaciones.
Mientras los países desarrollados continúen liderando la vanguardia productiva y llevando las riendas de la economía mundial, no deberían preocuparse mucho de la ola expropiatoria y reformadora en el sector minero y extractivo africano, y los ganadores y perdedores posiblemente sigan siendo los mismos de siempre
Con todo, es positivo que los africanos comiencen a tener el control sobre sus recursos, siendo un primer paso en la dirección correcta. Pero su camino hacia el desarrollo está lleno de los obstáculos que deberán sortear para lograr este objetivo. Y si pretenden tener éxito, deben cumplir con los siguientes requisitos:
- Ir todos juntos, insistiendo en sus esfuerzos de integración regional y económica al amparo del Área de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA, por sus siglas en inglés), así como Impulsar proyectos de industrialización panafricana vinculados a esta política comercial.
- Resolver la tensión evidente entre la soberanía nacional y las necesidades de inversión. Una ruptura total con el resto del mundo es insostenible e inviable, por lo cual deben estrechar alianzas estratégicas para seguir construyendo y respaldando proyectos clave.
- África no debe caer nuevamente en el error de apoyarse en sus recursos naturales para sobrevivir, y mientras mayor valor agregado a sus productos pueda agregar, mejor.
- Se requieren de nuevos liderazgos, gobernantes que estén a la altura de las circunstancias e impulsen modelos de desarrollo económico más autocentrados, autosuficientes y autónomos. Estos liderazgos también deben ser capaces de acabar con los conflictos armados que persisten en las distintas regiones.
En las siguientes secciones se analizan de manera sucinta cada uno de los puntos anteriores, partiendo de los nuevos liderazgos que están surgiendo en el continente africano (aunque no se encuentran en la línea de lo que se esperaría). A su vez se pone el foco en el conflicto armado vigente en Sudán (trascendental por sus consecuencias)
Integrados de esta manera se revela la complejidad y los retos que tiene África para transformar su realidad socioeconómica y alcanzar el anhelado desarrollo económico para el bien de sus pueblos.
Ruanda y Marruecos, potencias regionales emergentes con sombras.
África cuenta con tres grandes polos económicos: Sudáfrica, la economía más diversificada del continente; Nigeria, la más grande y poblada; y Egipto, el puente mediterráneo entre África, Asia y Europa. Estos tres países concentran aproximadamente el 43% del Producto Interno Bruto (PIB) de África, una desproporción gigantesca si consideramos que tiene 54 naciones independientes.
Cada uno de ellos ejerce su papel de líder en sus respectivas regiones, pero el entendimiento y la comunicación entre ellos es ineficaz, resultando en una debilidad de cierta importancia para el crecimiento y desarrollo económico del continente en su conjunto.
Entre la disputa geopolítica dentro del Cuerno de África, la agitación del Sahel y la parálisis de África Central, otros países del continente trabajan para alcanzar niveles aceptables de crecimiento y desarrollo económico.
La buena noticia es que a partir del siglo XXI nuevos actores africanos se han fortalecido, y están dispuestos a convertirse en nuevos líderes y potencias regionales, impulsando proyectos económicos nacionales muy ambiciosos, que pretenden convertir a sus naciones en auténticos centros de innovación, inversión y desarrollo.
La mala noticia es que los tipos de liderazgos que más han destacado no son deseables, siendo autoritarios, represivos y antidemocráticos, dispuestos a cometer todo tipo de artimañas con el propósito de alcanzar mayor poder e influencia. En concreto nos referimos a Ruanda y Marruecos.
Cada uno de estos países del continente ha elaborado planes nacionales de desarrollo a largo plazo con la visión de convertirse en naciones de altos ingresos, desarrolladas y a la vanguardia del progreso africano.
Ambos están teniendo buenos resultados, con beneficios y efectos que trascienden sus fronteras, que por su importancia y relevancia vale mucho la pena analizar.
Primero vayamos a Ruanda, un país que literalmente renació de entre las cenizas. De ser escenario de uno de los genocidios más terribles y aberrantes en la historia de la humanidad, a ser sede de grandes eventos, cumbres y conferencias de todo tipo.
Tan solo señalamos que el AfcFTA, el mayor acuerdo comercial a nivel continental que se ha alcanzado. fue firmado en Kigali, la capital ruandesa.

Paul Kagame tiene visión del futuro, e invierte fuertemente en impulsar el sector terciario (servicios), como las comunicaciones, tecnología, logística, turismo, conectividad aérea, energía y el sector salud, logrando así reducir la dependencia en la agricultura. Dado que no tiene acceso al mar y su reducido tamaño, las características de su territorio le dan para esto.
Los resultados económicos hablan por sí solos: un crecimiento del 7% anual promedio, que se muestra bajo un rostro feminista, ambientalista y vanguardista. No obstante, estos extraordinarios resultados ocultan un lado oscuro terrorífico.
Ruanda se ha convertido en un Estado fuertemente militarizado y centralizado, con serias restricciones en materia de libertades políticas, sociales y democráticas. Kagame se ha eternizado en el poder político, mientras que la oposición política está fragmentada y reprimida.
Lo más grave de todo es el trasfondo de los conflictos regionales, que directa o indirectamente son generados desde Kigali. Las consecuencias del genocidio de 1994 y de las guerras de los grandes lagos aún son todavía visibles, y el gobierno de Ruanda está dispuesto a todo para obtener mayor poder y recursos.
En particular, Ruanda es acusada de apoyar al movimiento conocido como M23, grupo guerrillero que opera al Este de la República Democrática del Congo, con el doble objetivo de encontrar aliados que estén alineados con sus intereses políticos y étnicos, así como asegurarse recursos para emprender sus proyectos tecnológicos, aprovechando el débil control de esta zona por parte de Kinshasa.
El Este del Congo es rico en minerales raros, como el coltán y el tantalio, fundamentales para la fabricación de baterías eléctricas, sobre los cuales Ruanda actúa como un importante exportador, pero de los que cuenta con reservas limitadas. Y no resulta difícil deducir de dónde vienen realmente esos minerales.
A pesar de que el gobierno ruandés lo ha negado en repetidas ocasiones, cada vez salen a la luz mayores evidencias del apoyo que brinda a los guerrilleros del M23 en el Congo, lo que le ha valido fuertes rechazos y críticas a nivel internacional.
Ruanda ha emprendido una gran ofensiva diplomática internacional presumiendo sus logros económicos mientras intenta lavar su imagen de Estado antidemocrático e impulsor de la guerrilla en el Congo, con resultados diversos.
También cuenta con un importante respaldo por parte de la unión Europea, Gran Bretaña y Estados Unidos, quienes ven en Ruanda un socio africano sólido y complaciente, al grado que el gobierno de Kagame está dispuesto a acoger migrantes africanos deportados de Europa en su territorio.
Este respaldo occidental puede traducirse en el empujón que Ruanda necesita para alcanzar sus ambiciosos objetivos, pero bajo un enfoque que no es compatible con las libertades políticas, la soberanía nacional ni la unión continental.
Lo mismo ocurre con Marruecos, otro país africano que cuenta con el respaldo de Occidente para ejercer un papel predominante en la escena africana, en especial, sobre el Magreb.
Inspirado en el modelo de desarrollo económico emprendido por los países del golfo pérsico y la península arábiga, Marruecos está en plena expansión económica, pero bajo un enfoque más diversificado. Tan solo en 2026 se proyecta un crecimiento económico del 5%, con un fuerte impulso agrícola y de la demanda interna, lo cual es raro en un continente acostumbrado a depender de la ayuda e inversiones extranjeras para desarrollar sus economías.
Su desarrollo se ha visto reforzado gracias a la modernización de sus infraestructuras, las mejoras en su aparato productivo y la apertura a la inversión extranjera, lo cual ha reforzado su estabilidad.
Desde el ascenso al trono de Mohamed VI en 1999, el Estado monárquico alauí ha diseñado un plan económico a largo plazo donde se visualizan como una potencia económica regional, impulsada por una expansión bancaria y financiera en el continente africano, sobre todo en África Occidental, y la creación de ambiciosos proyectos de energía renovable, como el complejo solar Noor.
Al igual que Ruanda, Marruecos ha desplegado una diplomacia económica africana muy exitosa, sacrificando los valores democráticos y libertades individuales en pos del crecimiento y desarrollo económico.
Sin embargo, en su afán expansionista ha tenido que enfrentar una gran competencia y resolver conflictos delicados. En primer lugar, la rivalidad con la vecina Argelia (que también aspira a ser el líder del Magreb) ha llevado a ambos Estados a una carrera armamentista que en cualquier momento puede llevarlos a una confrontación más directa, y al mismo tiempo, este enfrentamiento impide la integración y cooperación regional.
En segundo lugar tenemos la cuestión no resuelta del Sahara Occidental, situación que viene arrastrándose desde hace décadas y por el que Marruecos no está dispuesta a ceder ni un ápice, por el territorio, por los recursos (fosfatos) y por el orgullo.
Finalmente, la ola de protestas sociales en septiembre de 2025 desafió el poder de la monarquía marroquí, y la exigencia de mejoras en la sanidad, empleo y combate a la corrupción pusieron en evidencia que la relación entre el gobierno y el pueblo marroquí no es de total armonía.
Sin embargo, poco a poco Marruecos cada vez se ha ido ganando más aliados africanos. Su restitución como miembro de la Unión Africana en 2017 y la aproximación de los países de la Alianza de Estados del Sahel (Malí, Burkina Faso y Níger) pone en el foco a estos países, y es la mejor carta que puede jugar ahora.
Además, su cercanía con el eje Estados Unidos-Israel-Unión Europea le otorga el respaldo internacional necesario para continuar con sus ambiciosos objetivos.
Tanto Ruanda como Marruecos son dos actores que han irrumpido dentro de la escena africana de forma fuerte, desplegando una ofensiva y registrando éxitos notables. No obstante, sus acciones generan más odio, resentimientos y rechazos.
A nivel económico y diplomático el éxito es rotundo. Imitando el mismo patrón de la explotación de recursos a costillas de regiones convulsas, como el Este del Congo y el Sahara Occidental. Pero a nivel político, ético y moral, sus acciones son intolerables.
África necesita líderes que promuevan la unión, no la desunión. Que pacifiquen conflictos, y no los crean o los prolonguen, y ni Mohamed VI ni Paul Kagame son dignos de ser el modelo de gobernante ideal para los pueblos africanos.
El conflicto interno sudanés reflejado en el espejo de Libia.

Hablando de conflictos, la guerra civil sudanesa revela en todo su esplendor y crueldad la lucha por el control de recursos naturales entre el tradicional modelo extractivista y etapa transitoria económica nacionalista por la que transita el continente africano y las complejas dinámicas económicas que aquí se desarrollan.
Sin duda, estamos hablando del conflicto armado más importante que se desarrolla actualmente en África. En él, Sudán se dirige a su tercer año de guerra civil sin perspectivas de una pronta resolución. Si bien el conflicto tiene su origen en el derrocamiento de Omar Al Bashir en 2019, para comprender sus causas hay que retroceder en el tiempo.
La raíz de todo la encontramos en la persecución sistemática de la población no musulmana en la región de Darfur, ubicada al Oeste del país, que hace frontera con Chad.
Desde febrero de 2003, las llamadas milicias Janjaweed, respaldadas por el gobierno de Al Bashir, emprendieron en esta una serie de matanzas étnicas sistemáticas contra los no árabes, con un saldo que bien puede catalogarse como una de las peores tragedias humanitarias en la historia de África: 300 mil muertes y 2.7 millones de desplazados entre 2003 y 2008.
La revolución social de 2019 que desembocó en la caída de Al Bashir dio paso a una transición democrática, que se fue al traste cuando las dos fuerzas que participaron en su caída se enfrentaron por el poder.
De un lado tenemos a las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF, por sus Siglas en inglés), bajo el mando del general Abdel Fattah al Burhan, y por otro, a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), dirigidas por el general Mohamed Hamdan Dagalo, mejor conocido como “Hemedti”.
No obstante, realmente el combustible de la guerra civil en Sudán es la disputa por el oro. Las batallas más intensas y duraderas de esta guerra se libran justo donde se extrae el oro (muchas veces de manera artesanal), y de sus beneficios adquieren el armamento necesario para continuar la guerra. Según estimaciones recientes, el 80% del oro que se extrae en Sudán acaba en un solo lugar: Dubái.
De esta manera, en la guerra en Sudán confluyen factores históricos, políticos, étnicos, religiosos, económicos y geopolíticos, lo cual explica la intensidad y prolongación del conflicto. Al momento, las hostilidades han dejado un saldo de más de 15 mil personas asesinadas y más de 13 millones de desplazadas, interna o externamente, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones.
La crisis humanitaria generada por el conflicto, sumada a la inestabilidad de los países limítrofes (Chad, Libia, República Centroafricana, Etiopía y Sudán del Sur), la circulación de grupos armados, la interrupción del comercio e injerencia externa, son factores potenciales de un conflicto regional a mayor escala.
Aunado a todo ello, la presencia en Sudán de países occidentales y de Medio Oriente que intervienen en su conflicto interno han provocado que este país se convierta en un tablero geopolítico donde potencias regionales y mundiales luchen por la hegemonía económica y política.
Los Emiratos Árabes Unidos (EAU) son uno de los principales apoyos militares y financieros de las Fuerzas de Apoyo Rápido comandadas por el general Hemedti, con presencia en el mar rojo.
Estas fuerzas compiten con Turquía e Irán, y así ganar posiciones frente a sus rivales, como Arabia Saudita e Israel, por lo cual no han dudado en respaldar al ejército de Al Burhan.
Por su parte, Egipto ve en él un socio estable para salvaguardar sus intereses, sobre todo en lo que respecta a las aguas del río Nilo, lo cual enfrenta a estas dos naciones con Etiopía, quien a su vez sigue de cerca la situación en Sudán.
Todo esto revela que Sudán se está convirtiendo en el patio trasero de la competencia entre las potencias mundiales y del Medio Oriente. Lamentablemente esta historia nos resulta muy familiar, y es inevitable hacer paralelismos y comparaciones con lo que sucedió en Libia la década pasada, repitiéndose el mismo modelo, siendo evidentes las siguientes conexiones:
- Presencia de mercenarios y armas. Uno de los motivos por el cual la guerra en Libia se prolongó tanto tiempo fue por el apoyo que las facciones en pugna recibieron del extranjero en forma de armamento y efectivos. Ahora, las RSF han recibido apoyo de gente de Rusia, EAU y hasta de Colombia.
- Caudillismo: La figura de Jalifa Haftar en Libia ha servido como modelo para otros líderes militares que buscan poder autónomo del Estado central, y Hemetti, líder de las RSF, reúne las mismas características.
- Intereses extranjeros: Así como en Libia y Siria, Sudán se está convirtiendo en una auténtica constelación de potencias y actores internacionales que intervienen a cambio de beneficios puntuales, como oro, puertos, lo cual internacionaliza el conflicto y lo alarga.
- Lucha por el control de recursos naturales: Libia es uno de los mayores países con reservas de petróleo, mientras que Sudán es uno de los mayores productores de oro en África.
Tras más de diez años de conflicto, Libia terminó destruida, fragmentada y dividida. La falta de confianza entre los líderes políticos y la imposibilidad de trazar una transición democrática ordenada y pacífica mantienen al país atrapado en el caos y la ingobernabilidad, y ese mismo escenario estará destinado para Sudán si persiste la situación actual.
Los más afectados, siempre, son los más vulnerables, que pierden todo: sus bienes, su hogar y hasta su vida. Con dignidad, África no debería permitir que otros utilicen su territorio como laboratorio de guerra, que una vez que termina su misión o cambian sus intereses geopolíticos, se retiran, pero dejando un mar de destrucción a su paso, sin asumir responsabilidades ni rendir cuentas a nadie.
África no puede permitirse más desastres si desean transitar hacia una regeneración económica. Simplemente no se puede hablar de progreso ni bienestar cuando se escucha el sonido de la guerra.
África, un proyecto.
Pese a todos sus problemas y desafíos, África no puede desperdiciar ni un segundo en sus esfuerzos de transitar hacia un mayor desarrollo. A la par de las urgentes negociaciones por apaciguar las guerras intestinas, tiene que construir su futuro a una escala colosal. Y así lo están entendiendo sus Estados.
La situación económica no es de total desesperación, pero tampoco podemos ser tan optimistas en cuanto a su trayectoria a corto y largo plazo. Mientras las antiguas metrópolis europeas pierden influencia en África, otros países extranjeros ganan cada vez más influencia.
China es el mejor ejemplo, resultando ser un gran socio estratégico y con extraordinarios beneficios que otras potencias extranjeras intentan imitar. El gran problema de fondo es que la estructura productiva de las economías del continente continúa prácticamente intacta.
La mayor parte de los proyectos e inversiones se concentran en un puñado de actividades, donde la agricultura, la minería y explotación de recursos naturales siguen dominando la escena, resultando en productos con poco valor agregado, siendo exportadores de materias primas y dependientes de la ayuda externa, condenándose a una posición periférica dentro de la economía mundial.
Muchos países llegan a África con promesas, pero sus inversiones e infraestructuras tienen muy poca conexión a nivel local, siendo meros apéndices de sus aparatos productivos trasnacionales, sin efectos multiplicadores dentro de las economías africanas, empleos ni retribuciones justas.
Y mantienen contentos a las cúpulas de poder político y económico ofreciendo proyectos con poco impacto productivo: que si una mezquita, una plaza pública, un estadio de fútbol o construir una hermosa residencia para el presidente.
Esta es, justamente, una de las principales situaciones que la llamada “revolución de las boinas” intenta transformar, y que está en marcha. Paradójicamente, sus líderes no tienen otra opción más que apoyarse en socios externos para conseguir sus objetivos, pero de forma que el desarrollo económico de África sea más soberano y con mayor contenido local.
No les será nada sencillo conseguir ese equilibrio. A su manera, y con recursos financieros limitados, los Estados africanos han intentado de todo para atraer inversiones y potenciar sus economías.
En este espacio he recalcado la enorme necesidad de que África adopte nuevos modelos económicos diseñados ad hoc a las necesidades de su población, cultura y condiciones económicas, así como de emprender sustantivas reformas políticas al interior de sus Estados y en el mismo seno de la Unión Africana.
Pero estos temas dan para mucho más, y merecen ser analizados por separados. Por lo pronto marcaré las pautas que debería de seguir para que su transición económica no fracase, como en el pasado.
Las economías africanas tienen que empezar su transformación comenzando por lo más básico: reconstruir su sector agrícola. No es posible que teniendo tierras y agua en cantidades suficientes, hoy tengan que importar la mayor parte de sus alimentos que consume.
Fortalecer su sector primario les dará las herramientas para desarrollar otros sectores estratégicos. Tiene una gran concentración de metales valiosos para la transición energética a fuentes renovables y para elaborar baterías eléctricas. Todo eso es valioso.
Si la tendencia a la nacionalización de recursos naturales se consolida e intensifica, tiene los elementos necesarios para impulsar políticas de industrialización, con fuerte contenido panafricano y vinculadas con sus esfuerzos de integración comercial en el marco del AfCFTA.
La cereza en el pastel sería la consolidación del sector terciario, con un fuerte enfoque en materia de telecomunicaciones, turismo, finanzas y transportes. Lo mejor que pueden hacer los africanos es invertir en ellos mismos: en su educación, sus recursos, sus pueblos, su gente. Unido todo el continente, alcanzarán la autosuficiencia.
Actualmente el continente africano está lleno de ambiciosos megaproyectos coherentes con lo anteriormente descrito, que prometen cambiar la fisonomía de África en el futuro. A continuación se enlistan algunos de los más importantes, pero existen más, muchos más:
- La Gran Muralla Verde del Sahel y del Sahara.
- La construcción de la Nueva Capital Administrativa en Egipto.
- Gasoducto Argelia-Nigeria.
- Plan solar del Magreb
- Carretera transahariana.
- Autopista transmagrebí.
- La Gran Presa del Renacimiento Etíope.
- Conectividad 3G en toda África.
- Oleoducto SS-Kenia.
- Puente Kinshasa-Brazaville.
- Ferrocarril República Democrática del Congo-Sudáfrica
Sin embargo, bajo las condiciones actuales, es imposible que tales megaproyectos logren verdaderamente transformar estructuralmente las economías africanas, pues están lejos de trabajar en conjunto de manera armónica.
Por ejemplo, la autopista transmagrebí no cumplirá su propósito mientras Argelia y Marruecos no se reconcilien, ni el oleoducto en Kenia se concretará mientras persista la guerra en Sudán. Y así podemos hacer más conexiones.
El desarrollo económico de África, en general, sigue quedando en eso, un proyecto con un potencial enorme, pero un proyecto al fin, lleno de desafíos y amenazas.
El gran reto está en conciliar la soberanía económica dentro de un nuevo orden mundial que es, y será, multipolar. Eso sí, todo parece suponer que éste será el fin definitivo del modelo extractivo pasivo. El siglo XXI es el siglo africano, cuya historia se desenvolverá en una lucha constante entre su enorme potencial y sus profundas heridas.
La transición económica aún está incompleta y llena de contradicciones, pero coloca a África nuevamente como escenario clave en la competencia geopolítica, pero que también está construyendo y negociando su lugar en el sistema internacional. Más que nunca, su destino depende de cómo jueguen sus fichas.
Imagen de portada generada por IA para fines ilustrativos.
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