Análisis geopolítico de la seguridad del Sahel: del G5 a la AES

El Sahel es una de las zonas más calientes del planeta. No solo por las altas temperaturas que ahí se registran, también por ser una de las más peligrosas y violentas. En este análisis nos adentraremos en la crisis de seguridad saheliana a través de sus causas históricas y su proceso de reconfiguración geopolítica, partiendo del fracaso del G5 del Sahel hasta el surgimiento de la Alianza de Estados del Sahel (AES), que explican por qué esta franja se ha convertido en uno de los epicentros más complejos de la seguridad continental y global.
¿Qué es el Sahel?
En términos geográficos, se denomina como “Sahel” a la frontera que divide el desierto del Sahara de las zonas verdes y selváticas del continente africano, siendo una franja territorial que lo atraviesa de costa a costa. De hecho, la palabra Sahel proviene del término árabe sāḥil, que significa “costa”, “borde” u “orilla”.
A lo largo de la historia el Sahel ha sido un territorio de tránsito de mercancías y de personas, fungiendo como un puente natural entre el norte de África y lo que se conoce como el África Subsahariana. Esta característica le otorga a esta subregión un gran valor geopolítico, mismo que ha quedado demostrado en los últimos años.
Sin embargo, las naciones y pueblos que se ubican en la franja saheliana se encuentran dentro del grupo de los menos desarrollados del continente, donde la pobreza, inseguridad, inestabilidad política y conflictos son males endémicos desde hace muchos años, a pesar de su gran riqueza natural y mineral que albergan.

Las causas que mantienen esta bochornosa situación son múltiples y se encuentran interconectadas: neocolonialismo, fronteras difusas, disputas étnicas, reivindicaciones históricas y el cambio climático global (con efectos más intensos en comparación con otras regiones) forman parte de ellas.
Dados estos problemas comunes, hay que generar soluciones comunes. Así lo han entendido algunas naciones del Sahel, que han emprendido ambiciosas iniciativas conjuntas para enfrentar los problemas que les aquejan, especialmente en materia de desarrollo social, seguridad y combate al terrorismo.
En este sentido, resulta fundamental partir de este enfoque para analizar y comprender la realidad del Sahel, que ha pasado de un modelo multilateral coordinado a uno de seguridad fragmentada, soberanista y militarizada, transición que fue generada por un cambio geopolítico que provocó importantes consecuencias a nivel continental y mundial en muy poco tiempo. Sin más preámbulo, vayamos a los hechos.
El G5 del Sahel y su política de seguridad.
El G5 del Sahel fue una alianza integrada y creada en febrero de 2014 por Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger y Chad con el propósito de coordinarse y cooperarse entre sí para dar respuestas y soluciones conjuntas a la crisis multidimensional que tienen en común, sobre todo en materia de seguridad regional. En su momento, este grupo representó un marco de seguridad único en su tipo entre los países menos desarrollados del mundo.
La formación del G5 respondió a la imperiosa necesidad de sus cinco países miembros de coordinarse para enfrentar la escalada de violencia y los ataques terroristas perpetrados en sus territorios, mismos que comenzaron a acelerarse en 2012, como consecuencia de la guerra civil en Libia y la intervención militar de la OTAN en este país.
Desde entonces, la inseguridad en el Sahel ha ido de mal en peor. Naciones Unidas ha alertado que los atentados terroristas se han quintuplicado en los últimos cinco años, y que al menos 4 mil 700 personas fallecieron en tan solo ocho años por estas causas, sobre todo en Malí, Burkina Faso y Níger, y el número de muertes acumuladas desde el 2012 rebasa las decenas de miles de personas.
A pesar de que el desarrollo económico también formó parte de su programa y objetivos, gran parte de las acciones del G5 del Sahel se concentraron en el ámbito militar y el combate al terrorismo yihadista mediante su fuerza conjunta, creada en 2017. Fue la primera organización africana que aportó un enfoque integral, aunque incompleto, para solucionar los problemas de seguridad.
Sin embargo, el proceso del G5 del Sahel nunca maduró, y tras disolverse en 2023, sus resultados muestran un estrepitoso fracaso por donde se le vea. Aunque en sus inicios se trató de una iniciativa soberana, Francia (antigua metrópoli de los cinco miembros) tenía una gran influencia en las decisiones que se tomaban en su interior. Y en efecto, en aquel momento todos ellos eran sumisos a los intereses de París.
De este modo, los aspectos positivos del grupo (enfoque multidimensional y características comunes de sus miembros, principalmente) quedaron eclipsados por la injerencia francesa abrumadora. Además, la debilidad institucional, la desvinculación de las acciones del grupo con la realidad de sus pueblos y la falta de recursos para financiar los proyectos también condujeron al fracaso al G5.
En realidad, era imposible que el grupo operara con los recursos internos disponibles, recibiendo apoyo político y financiero de la Unión Europea y la Unión Africana. Pero el mayor desacierto fue la apropiación y transformación del Sahel en un concepto político, dejando de lado su significado geográfico y cultural. Y es que, además de los países del G5, parte de los territorios de Senegal, Argelia, Sudán y Eritrea también forman parte del Sahel.
Por lo tanto, una estrategia de seguridad que no involucre a todos los afectados por la violencia y la pobreza estará incompleta. Puede parecer un asunto político menor, pero no lo es. Prueba de ello fue el estallido de la crisis política y la guerra civil en Sudán en abril de 2023.
Aunque en el estallido de este conflicto influyeron factores internos y externos, la ausencia de un enfoque supranacional en materia de seguridad internacional y combate al terrorismo, más allá de las afinidades políticas, estimulan los enfrentamientos y atentados en toda la franja del Sahel. En consecuencia, la guerra civil sudanesa ha tenido efectos devastadores en Chad, generando graves crisis fronterizas y humanitarias.
De este modo, el G5 del Sahel erró en su objetivo de incorporar las características comunes de los pueblos del Sahel para su transformación económica y social y convertirlo en un espacio más seguro, al carecer de mecanismos eficientes de coordinación entre las naciones y en otorgar mayor peso al factor geopolítico que al sociocultural en sus esquemas de negociación.
La influencia de Francia en el Sahel, el fracaso de la Operación Barkhane y el auge del yihadismo.
Si atendemos a las raíces del fracaso del G5 del Sahel tenemos, en primer lugar, al neocolonialismo francés como el principal responsable. Las relaciones entre Francia y todos los países del G5 del Sahel eran tan fuertes y desventajosas para los africanos, que podían calificarse como asfixiantes, capaces de decidir el destino de un territorio diez veces mayor que Francia.
Toda la vida política del país giraba alrededor de las decisiones que se tomaban en París, imponiendo cambios de gobierno, decisiones de política pública, económicas, monetarias y relaciones exteriores, que lograron sobrevivir a las independencias africanas a partir de 1960 y a los cambios de partidos políticos y presidentes en el Elíseo desde entonces.
Sin embargo, fue justamente una decisión de seguridad regional la que marcó el punto de inflexión que transformó el rumbo de las relaciones entre Francia y los países del Sahel francés: la Operación Barkhane, una misión militar y antiterrorista que se centraba en combatir el terrorismo únicamente desde un enfoque militar, descuidando las raíces políticas y sociales del conflicto.
Pero, ¿en qué momento el Sahel se convirtió en un feudo del terrorismo yihadista y un espacio inseguro y caótico? Ya se adelantó que la crisis política en Libia fue un detonante fundamental, pero estamos ante una situación sumamente caótica y compleja. El enfoque reduccionista tradicional que observa a la subregión como un frente más dentro de la lucha contra el movimiento yihadista mundial nos impide conocer de fondo las demandas y motivaciones de los actores involucrados en la trama saheliana.
En realidad, la inseguridad y su exacerbación en el tiempo se explican por una confluencia perversa de muchos factores, entre los que destacan rivalidades étnicas históricas, los efectos de la colonización, la incapacidad estatal, irredentismos, separatismos, fenómenos climatológicos adversos y, por supuesto, el fortalecimiento del discurso yihadista ultraconservador.
El Sahel es habitado por etnias y pueblos históricamente nómadas (muchos de ellos islamizados) que se dedican mayoritariamente al comercio y al pastoreo. Sus formas de vida fueron un obstáculo para la colonización europea, que trajeron la noción de Estado-nación, incompatible con las realidades de aquellos pueblos. Ante el fracaso del panafricanismo, los grupos islámicos han llenado paulatinamente el hueco que los Estados africanos fueron dejando, contribuyendo a la radicalización de parte de la población.
En fechas más recientes, la Libia de Muammar Gaddafi fue el gran aliado del pueblo tuareg-bereber, uno de los más importantes de la región, bajo la premisa de impulsar la idea de la unidad africana a su estilo. Pero cuando explotó la caldera libia en el 2011, muchos hombres fieles a Gaddafi migraron hacia el sur, y aprovecharon el abandono estatal en el que se encontraba el norte de Malí por su gobierno para declarar unilateralmente la independencia de la región, con el nombre de Azawad.
Rápidamente los rebeldes tuaregs se adueñaron de este territorio, de gran valor histórico para Malí y antaño base fundamental del comercio transahariano. Este fue el comienzo de la crisis multifactorial de la subregión, y hasta hoy, este país es el feudo del yihadismo en el Sahel y en África Occidental.
Las desigualdades entre las regiones malienses son terribles: mientras que el sur es el centro de poder económico que se desarrolló a base del cultivo de algodón y las minas de oro, la economía norteña se mantenía del turismo, que fue desapareciendo paulatinamente por la violencia (como la cancelación del rally Dakar). Pero es imposible que los jóvenes formen un proyecto de vida digno, a menos que se unan a los grupos yihadistas.
Malí fue el objetivo perfecto para dar el golpe inicial, pero dada la porosidad de las fronteras, seguramente los efectos hubieran sido los mismos si la rebelión se hubiese producido en algún otro país saheliano. Acto seguido, Francia intervino en Malí en enero de 2013 a petición del propio gobierno de Bamako, lo cual marcó el inicio de la llamada Operación Serval.
Después de que frenaron los ataques provenientes del norte, las tropas galas se estacionaron en los países sahelianos, y la operación cambió de nombre (la antes señalada Operación Barkhane), pero los objetivos siguen siendo los mismos, solo que con un radio de acción más amplio.
Los acuerdos de paz de 2015 otorgaban mayor autonomía al norte de Malí, y se garantizaba la integridad nacional, pero la represión, el hostigamiento militar y la pérdida de control, territorial produjeron una fragmentación de los grupos armados sobre la base de su origen étnico. Los más importantes que operan en el Sahel son los siguientes:
- El Estado islámico en el Gran Sahara (GSIM): es el grupo yihadista más activo, cuyo líder es de origen saharaui. Desde 2015 juró lealtad al Estado Islámico (ISIS).
- Al Qaeda en el Magreb islámico (AQMI): Sus orígenes se remontan a la revolución argelina en la década de los noventa, y su objetivo es la unidad de la yihad en el Magreb y las regiones vecinas. Sus acciones se concentran en Marruecos, Argelia, Mauritania, Malí y Burkina Faso.
- Al Mourabitoun: Grupo originado de la dinámica conflictiva saheliana, se encuentra activo en la región de Gao, en Malí, así como en el norte de Níger. Se autodenominan “los almorávides” en referencia a la dinastía bereber que reinó en el norte de África y la península ibérica en el siglo XI.
- Boko Haram: Organización yihadista de origen nigeriano que también opera en la frontera común entre Nigeria, Camerún, Níger y Chad.
- Movimiento por la Uncidad y la Yihad en África Occidental (MUYAO): Se formó a partir de una ramificación de AQMI, que tomó parte en el asedio del norte de Malí en el 2012.
- Ansar Dine: Grupo islamista de corte tuareg que busca imponer la Sharia en Malí, que se ha relacionado con AQMI y la MUYAO.
- Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM): Coalición formada en 2017 al unificar a algunos miembros de varios grupos terroristas preexistentes (AQMI, Al Mourabitoun y Ansar Dine) en una sola organización, que juró lealtad a Al-Qaeda y los talibanes de Afganistán. Opera principalmente en Mali, Burkina Faso y Níger. Su meta es impuner la Ley Islámica y desprender toda influencia externa. Ha sido el grupo más violento y peligroso en los últimos años.
Esta galaxia yihadista y la atomización de los actores regionales convierten al Sahel en un auténtico polvorín, y la capacidad de reclutar gente por parte de estos grupos se ha visto reforzada ante el olvido histórico de las comunidades y etnias sahelianas, a la vez que mantienen ofensivas contra las tropas occidentales.
La presencia de las fuerzas francesas también abonó al crecimiento de la violencia, ya que los líderes terroristas han explotado astutamente algunos puntos de desencuentro con los europeos, como la presencia militar en otros frentes de la lucha antiterrorista (como Siria, Irak y Afganistán), la diplomacia pro-israelí y la prohibición del uso del velo integral en los lugares públicos.
Es complicado definir quienes pelean contra quienes, ya que entre todos los actores involucrados existe una mezcolanza de etnias, pueblos y nacionalidades con intereses contrapuestos, por lo que es prácticamente imposible conocer a fondo todas las sectas que se encuentran activas.
Lo que es un hecho es que las condiciones sociales empeoran día tras día, y es asombrosa la facilidad de adquirir armas y municiones para perpetrar un atentado, más incluso que conseguir agua o comida. Como resultado se tiene más pobreza, más refugiados y más hambre.
Cualquier ciudad del occidente de África es susceptible de ser atacada por los terroristas. Por estas razones la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Malí (MINUSMA) está considerada como la misión de paz de la ONU más peligrosa para los cascos azules.
De los cinco países que conformaban la alianza del G5, Burkina Faso Níger y Malí son los principales escenarios de los atentados y enfrentamientos militares. Malí continúa siendo el principal foco de atención, y por su ubicación estratégica, Burkina Faso también es un escenario vulnerable, mientras que el interés en Níger se explica por el control de sus recursos naturales.
El rompecabezas lo completan los gobiernos autoritarios de Mauritania y Chad, que dentro de la lógica del G5 actuaban como polos de contención de la violencia terrorista. Por un lado, la ciudad de Nuakchot era la sede de las operaciones militares, mientras que Yamena la base de entrenamientos de las tropas francesas que operan por la región.
A pesar de ser los países políticamente más estables, ambos poseen un largo historial de violaciones a los derechos humanos, que pasan desapercibidos por occidente, que desde una perspectiva práctica, es el precio que se debe de pagar por la pacificación de la región.
Y como dice el refrán: a río revuelto, ganancia de pescadores. De esta forma, el Sahel se ha convertido en un terreno propicio para el tráfico de personas, drogas, recursos naturales y el surgimiento de todas las actividades ilícitas que nos podemos imaginar.
Además de las fuerzas de la Operación Barkhane y la MINUSMA, a inicios de 2020 la Unión Africana anunció el despliegue de una fuerza multinacional de 3 mil hombres para apoyar en las acciones de seguridad, en el marco de su estrategia “silenciando las armas”, indicio de que problema de inseguridad en el Sahel ya había escalado a nivel continental.
En total, las fuerzas militares del G5, junto con la de Francia, las fuerzas de la Unión Africana y las operaciones de paz de Naciones Unidas distribuidas a lo largo del Sahel, sumaron un total aproximado de 30 mil efectivos y un presupuesto de 600 millones de euros al año. Pero la situación de inseguridad empeoraba cada vez más.
Ante la ineficacia para frenar la violencia yihadista, las relaciones diplomáticas entre Francia y los países africanos del Sahel se deterioraron, aumentando el sentimiento antifrancés y antiimperialista entre la población civil.
La ruptura definitiva dio inicio en mayo de 2021, nuevamente en Mali, donde un golpe de Estado impulsó la llegada al poder de una junta militar encabezada por general Assimi Goïta, después de que estallaran protestas sociales que derivaron en la renuncia de su entonces presidente Ibrahim Boubacar Keïta. En los dos años siguientes Burkina Faso y Níger también vieron caer a sus respectivos presidentes de forma muy similar, siendo sustituidos por juntas militares “provisionales”.
El hecho de que estos tres países son los principales blancos de los ataques terroristas y que siguieran el mismo patrón de transformación política para nada es coincidencia. Es el resultado del fracaso de la estrategia de seguridad y de combate al yihadismo, expresada en la Operación Barkhane, así como el rechazo generalizado a la presencia neocolonial de Francia en sus naciones. Esta situación estimuló nuevos cambios geopolíticos a nivel interno y externo.
La Alianza del Estados del Sahel (AES): un nuevo paradigma de seguridad regional.
Originalmente, este artículo concluía con el análisis de la política de seguridad del G5 del Sahel, subrayando que el enfoque de seguridad regional es necesario, pero que necesitaba reorientarse y renovarse partiendo de dimensiones nacionales y locales, que habían sido descuidada.
Mucho ha pasado desde 2020 en el Sahel, y los acontecimientos geopolíticos que ocurrieron confirmaron la validez del argumento, coincidiendo con la mayoría de los expertos y analistas, en el sentido de que una solución de tipo militar era insuficiente para la transformación real de las causas de fondo de muchos problemas.
En este espacio ya se han examinado algunos de los acontecimientos más trascendentales que han ocurrido en el Sahel, como el viraje nacionalista y soberanista por parte de los nuevos líderes políticos y militares, así como las repercusiones del golpe de Estado en Níger de 2023, que sin duda marcó el fin de la etapa de transición geopolítica iniciado dos años antes en Mali y el inicio de una nueva dinámica en el Sahel.
Ante esta transformación resulta pertinente mostrar aquí el nuevo paradigma de seguridad predominante en el Sahel, a la luz de un nuevo grupo: la Alianza de Estados del Sahel (AES), creada El 16 de septiembre de 2023 por Mali, Burkina Faso y Níger, tres de los cinco miembros del G5, que fue disuelto.
La base de la cooperación de los países de la AES continúa centrándose en aspectos militares, de seguridad y defensa. Pero, a diferencia del G5, va más allá de ser un pacto militar. En los ámbitos económico, social y de gobierno los tres países poseen características similares y se enfrentan a desafíos comunes.
La AES es un ambicioso proyecto político soberanista e integracionista, que desafía tanto al modelo de seguridad occidental como a la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (ECOWAS, por sus siglas en inglés), lo que supone no solo una ruptura con Francia y sus socios, sino también con países como Nigeria, Ghana y Costa de Marfil.
Ha propuesto un banco de inversión en conjunto, una señal de televisión compartida para combatir narrativas occidentales y se debate nuevamente la creación de una moneda común (rechazando el Franco CFA impuesto por Francia) y un pasaporte unificado.
Por supuesto que también rechazan de forma abierta y frontal el modelo occidental de seguridad (adaptado por el G5 en su momento), apostando por la cooperación militar directa entre las tres juntas bajo la narrativa de la defensa común frente a amenazas internas y externas. Bajo estos elementos, esta alianza también constituye un pacto de supervivencia de los tres regímenes nacionalistas sahelianos, siendo un objetivo no proclamado, pero evidente.
Este nuevo giro – de tendencia progresista, izquierdista e inspirado en la revolución sankarista – ha venido acompañado de una apertura a nuevos socios para efectos de cooperación militar, especialmente Rusia, secundado por China y Turquía.
Tras el fin definitivo de la Operación Barkhane y el ascenso al poder de las nuevas juntas militares en los países de la AES, las tropas francesas que se encontraban en la región se retiraron. Su salida fue vista como un símbolo de la ruptura de la dependencia occidental.
La AES nació como una nueva respuesta en materia de seguridad para combatir estos grupos. No obstante, los problemas de inseguridad persisten: la crisis humanitaria, la violencia yihadista y la debilidad institucional se han complicado todavía más. Los grupos terroristas aprovecharon la inestabilidad política para reclutar más gente, multiplicando la violencia.
En 2024 el Sahel concentró el 51% de las muertes por terrorismo en el mundo. Burkina Faso sigue siendo el país más afectado por ataques, mientras que Níger sufrió un avance de 94% en el número de fatalidades en ese año.

A pesar del discurso nacionalista y de algunos avances puntuales, la amenaza yihadista persiste y se transforma. El crecimiento de JNIM en el norte de Mali y su asedio a Bamako, la capital del país, demuestra su gran capacidad para poner en jaque a las fuerzas conjuntas de seguridad, mientras que la toma de la ciudad de Kidal por los separatistas tuaregs empuja al país a una situación de desestabilización muy alarmante, con todo y el apoyo ruso.
En 2025, seis de los diez ataques terroristas con mayor número de víctimas mortales ocurrieron en Burkina Faso, Mali y Níger, países que también se encuentran en la lista de los cinco donde el impacto del terrorismo es mayor, junto con Paquistán y Nigeria, según datos del Instituto por la Economía y la Paz.
En la siguiente tabla se muestra la clasificación más reciente del índice global del terrorismo, que incluye a las 25 naciones más afectadas, que incluyen 10 africanos encabezados por Burkina Faso.

De esta forma, el Sahel continúa siendo el epicentro del terrorismo en África, pero no se limita a esta zona. Las regiones del occidente, centro y oriente del continente también se han visto particularmente afectadas por el yihadismo, y el hecho de que el Sahel cruce por estas regiones nos indica una clara correlación de inseguridad, aunque los grupos que siembran el terror cambien de nombre.
Dado lo anterior, es fundamental la cooperación militar y de seguridad para evitar el crecimiento del terrorismo en África, pero en una dimensión mucho más amplia y efectiva. Al respecto, la ruptura de los países de la AES con la ECOWAS no es una buena noticia, al menos en este aspecto.
Las promesas de autodeterminación, las diferencias políticas entre los países de la región occidental y los límites de la soberanía en materia de seguridad (en relación con actores externos, como Rusia y Francia) han ido creando una barrera entre las naciones del Sahel y África Occidental, creando una división dentro de la cual el futuro de la cooperación e integración regional son inciertos.
La AES no solo ha caído en el mismo error que su alianza predecesora, sino que lo ha ampliado: la apropiación de la subregión del Sahel en un concepto político por encima de otras categorías. Las críticas en materia de gobernanza interna y la fragmentación regional ponen en entredicho si la transformación del modelo de seguridad regional nacionalista propuesto por la AES es real, o simplemente son otros lideres quienes toman la dirección de un problema que continuará sin resolverse.
Aunado a ello, los Estados de la AES enfrentan duros retos financieros por la dificultad para acceder a créditos del Fondo Monetario Internacional y otras organizaciones financieras dentro y fuera de África, lo cual complica el logro de sus objetivos.
Con todo y esos obstáculos, la AES anotó un gran acierto: la salida de Francia era una condición necesaria para adoptar una nueva estrategia. No puede florecer una transformación real si la antigua potencia colonizadora aún posee la influencia suficiente para fijar el rumbo de unas naciones africanas que en teoría deberían ser independientes. Sin embargo, otros países intentan aprovechar la oportunidad para obtener beneficios geopolíticos de unas débiles naciones sahelianas que cuentan con un reducido margen de maniobra.
Es así como el Sahel, en sentido amplio, se ha convertido en un laboratorio del nuevo orden multipolar y de la disputa geopolítica africana. Debe recuperar su papel de puente entre África Subsahariana y el norte del continente, con flujo constante de mercancías y personas que estimulen el comercio y la integración económica africana, un auténtico nodo logístico eficiente. Evidentemente hoy estamos muy lejos de este objetivo.
La crisis del Sahel ya no es solo de seguridad, sino de orden político regional. Hoy, más que nunca, se debe trabajar en un enfoque multidisciplinario en conjunto para acabar con el terrorismo, la inseguridad, la pobreza y tantos y tantos problemas que continúan sin resolverse.
La AES necesita tiempo, pero sus miembros no pueden darse el lujo de tardar demasiado. La situación es muy desesperada y se necesitan cambios de manera urgente. Su éxito o fracaso no se medirá solo por su retórica soberanista, sino por su capacidad de ofrecer seguridad tangible a la población y mejorar sus condiciones de vida.
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