La industria textil en África: el potencial local y la influencia de las cadenas de producción asiáticas

Este artículo explora la posición actual de África dentro de la industria textil, su situación general y la vinculación de este sector con las cadenas de producción a nivel global, principalmente de Asia, poniendo atención en tres casos representativos: Benín, Madagascar y Lesoto.
La vestimenta es una necesidad fundamental de los seres humanos, propia de nuestra especie. Dado que nuestra condición biológica nos impone ciertas exigencias y finalidades, usar ropa resulta esencial.
Desde hace más de 10 mil años comenzamos a utilizar pieles y huesos de animales para protegernos y resguardarnos de los cambios ambientales, como la lluvia, el viento y el frío. A partir de entonces la confección de ropa se ha transformado junto con la historia, hasta llegar a las modernas prendas sintéticas e inteligentes.
Pero, más allá de cubrir una necesidad básica, la ropa que utilizamos va más allá de esto: es una poderosa herramienta de autoexpresión, construcción de identidad y bienestar personal. Diversas investigaciones recientes exploran estos efectos piscológicos en nuestro comportamiento y estado de ánimo.
Así surge el concepto de la moda, que engloba a productores y diseñadores de prendas que buscan imponer estilos de vestimenta y gustos estéticos con base en parámetros funcionales y artísticos.
Ya entrando en materia, es preciso comenzar afirmando que la historia de la moda y vestimenta africanas es rica, compleja y diversa, que constituye un gran patrimonio cultural material. Cada pueblo teje su propia narrativa textil, pero de manera general, la vestimenta tradicional africana se destaca por su colorido, cortes holgados, sus atrevidas formas geométricas y técnicas artesanales precisas. Prendas como el kitenge, el dashiki, el kente y la abaya son solo algunas muestras de la gran creatividad y riqueza de África en este aspecto.

No obstante, en las últimas décadas el proceso de globalización ha permitido la introducción en África de ropa moderna con influencias occidentales, aunque en ocasiones es combinada con elementos locales, moldeando un estilo panafricano muy adepto a la moda urbana, sobre todo en ciudades como Lagos, Accra, Dakar, Nairobi y Johannesburgo.
De esta manera, la industria textil africana se caracteriza por la mezcla e integración de la producción artesanal junto con una producción en serie moderna y conectada con las cadenas de suministro de todo el mundo, impulsada por una abundante mano de obra barata, la abundancia de algodón y por acuerdos comerciales preferenciales.
La producción textil global funciona a través de una red de cadenas de valor que deslocalizan las diferentes fases del proceso productivo entre múltiples países. En particular, durante las últimas décadas la industria textil y de confección global ha estado dominada por Asia.
El ascenso industrial de China revolucionó el sector, creando grandes procesos industriales capaces de integrar la producción, desde la generación de fibras hasta la fabricación del producto terminado en forma de ropa y prendas de vestir.
Otros países asiáticos siguieron este mismo modelo, dominando por completo el sector debido a su alto grado de eficiencia. Países como India, Bangladesh y Vietnam se consolidaron como los principales centros de producción textil a nivel mundial gracias a una combinación de mano de obra abundante, desarrollo industrial y políticas orientadas a la exportación.
No obstante, la pandemia de COVID-19 ocasionó disrupciones logísticas que, aunadas a la desaceleración económica en Asia, llevaron a muchas empresas del sector a reconsiderar la necesidad de diversificación ante la concentración excesiva en el continente asiático.
Esto no significa que África no va a sustituir a Asia, sino que se integra como una extensión de su cadena de producción. En realidad, muchas fábricas textiles africanas son extensiones del capital asiático. Dentro de este contexto, África aparece como una alternativa para ciertas fases de la producción textil, explotando sus ventajas.
La expansión de la industria textil en África es inseparable de la inversión asiática, a la que se encuentra intrínsecamente ligada, y a veces, limitada. La participación africana en la industria textil suele concentrarse en las etapas finales del proceso productivo e intensivas de mano de obra (corte, confección y acabado), lo que implica un bajo nivel de valor añadido y una fuerte dependencia de proveedores externos.
La reciente expansión de la industria textil africana no ha implicado, al momento, una industrialización autónoma. Se estima que el sector textil contribuye con 1.2% del Producto Interno Bruto (PIB) africano, y emplea a 20 millones de personas. África produce solo alrededor del 3% de las prendas de vestir del mundo.
Por estos y otros factores más que ya estaremos desglosando, el desarrollo del sector enfrenta serios desafíos estructurales, como el déficit de infraestructuras, los altos costos de transporte y la escasez de industrias intermedias, que obliga a importar una buena parte de los insumos necesarios para la producción industrial a gran escala.
A pesar de este creciente interés, el papel de África dentro de la industria textil sigue siendo complejo y desigual. Mientras algunos países han logrado integrarse parcialmente en las cadenas globales de producción, otros continúan exportando materias primas para la industria, principalmente algodón.
Según estimaciones, el mercado textil africano podría superar el 5% anual en la próxima década. Pero para lograr desarrollar su industria textil, los países africanos deben combinar las necesidades locales con las internacionales.
El potencial es considerable. El crecimiento demográfico, urbano y la expansión de acuerdos comerciales regionales, en particular del Área de Libre Comercio Continental Africana (AfcFTA, por sus siglas en inglés) podrían facilitar y ampliar el acceso a mercados internos más integrados y cadenas industriales intracontinentales, abriendo así nuevos mercados.
No obstante, el camino es largo. El desarrollo de infraestructuras, tecnología y formación y capacitación laboral son factores clave para que África pueda mejorar su participación dentro de la industria global de la moda.
Egipto es el mayor mercado textil africano, famoso por su producción de algodón de fibra larga. Dentro del Norte de África Marruecos y Túnez son actores importantes, que proveen de textiles al mercado europeo, y que están más integrados al mundo.
En África Oriental está surgiendo una manufactura textil emergente, construyendo parques industriales y atrayendo inversión extranjera. Etiopía, Tanzania y Kenia son los principales beneficiarios de las inversiones externas, que provienen principalmente de países asiáticos como China, India, Bangladesh, Taiwán, Pakistán, Vietnam y Sri Lanka.
Las principales empresas asiáticas con presencia en África son Nien Hsing (Taiwán), uno de los mayores empleadores en Lesoto; Wuxi Jinmao (China), con presencia en el Parque Industrial Hawassa en Etiopía, especializado en producción textil; y DBL Group (Bangladesh), que ha trasladado su producción de Asia a África.
África quiere convertirse en el gran taller de confección, pero se olvida de vestir a su propia gente. La ironía es que muchos países africanos importan ropa usada (mitumba) o imitaciones de grandes marcas hechas en China en lugar de fabricar la suya con su algodón. De Asia también proviene la maquinaria, tejidos sintéticos y acabados (hilos, botones, etc.).
De esta manera, la relación con Asia es de una compleja interdependencia. África no puede competir ni en volumen ni en precio, pero sí puede hacerlo en nichos específicos, como la moda sostenible, vestimenta tradicional, algodón orgánico y producción destinada a mercados cercanos.
El mayor reto es capturar más valor, así como realizar de forma efectiva la transición de ser el taller de ensamblaje a ser dueños de toda la cadena, desde el diseño hasta el producto terminado.
A continuación se presentan tres modelos distintos en tres naciones del continente, que representan modelos distintos de inserción africana en la cadena global de producción textil: la producción de algodón, manufactura de textiles y confección orientada a la exportación.
Analizar cada uno de estos modelos por separado nos permitirá distinguir los desafíos nacionales en materia textil, pero vistas en conjunto revelan el enorme potencial de la industria textil africana y los beneficios de establecer una industria manufacturera más autónoma, independiente y autosuficiente, llegando a la misma conclusión: articular una política industrial panafricana vinculada con el AfCFTA.
Benín: algodón sin industrialización.
Benín es un país relativamente pequeño en África Occidental, ubicado entre Nigeria y Togo, en donde se ubicaba el antiguo Reino de Dahomey. Su economía depende fuertemente de la exportación de algodón, que representa el 40% de su Producto Interno Bruto (PIB) y el 80% de sus exportaciones.
Este país se ha consolidado como el principal productor de algodón en el continente, siendo así el principal pilar de su economía. Además, su algodón, de fibra larga, es muy valorado en la industria textil, cuyo cultivo representa una fuente importante de ingresos tanto para el país como para miles de agricultores.

Junto con Malí, Burkina Faso y Chad, conforma el grupo denominado “los cuatro del algodón (C4)”, quienes a pesar de que sólo representan el 3% del comercio mundial de algodón, su cultivo representa una actividad clave para el desarrollo rural y principal fuente de ingresos para su población. En el caso de Benín el cultivo de algodón absorbe alrededor de 450 mil empleos.
Desafortunadamente la mayor parte de la producción algodonera de Benín se exporta como materia prima sin procesar, y si revisamos los principales destinos de sus exportaciones en 2024, nos encontramos a países como Bangladesh, Egipto, Pakistán, India, China, Costa de Marfil y Portugal.
Como vemos, el algodón viaja principalmente hacia mercados asiáticos, donde el algodón es transformado en hilo, tejidos, y finalmente, en ropa y prendas de vestir.
Este patrón reproduce la dinámica histórica en la que muchos países africanos participan en la economía mundial: como proveedor de insumos y recursos naturales básicos.
Conscientes de su posición en la cadena de suministro de la industria manufacturera textil y de su papel como productor de algodón, en los últimos años el gobierno beninés ha intentado impulsar la industrialización del sector mediante la creación de zonas industriales y proyectos de transformación textil, con el objetivo de exportar más valor agregado a sus mercancías textiles.
El más importante de todos es el proyecto industrial textil de Glo-Djigbé (GDIZ), una ambiciosa iniciativa que pretende industrializar el algodón beninés in situ. Actualmente el GDIZ genera unos 15 mil empleos, pero con el objetivo de llegar a 300 mil para 2030.
Otras iniciativas en las que se encuentra inmerso son Better Cotton y Cotton Made in Africa, colaborando con la fundación alemana Aid by Trade, el Banco Africano de Importación y Exportación y la Organización Mundial de Comercio para ampliar una producción de algodón más sostenible y regenerativo, involucrando a 200 mil agricultores, apoyando el desarrollo de la cadena de valor en África Occidental y mejorar la rentabilidad económica del sector.
No obstante, para desarrollar una verdadera industria nacional requiere inversiones en infraestructura, construcción, tecnología y formación laboral, que en estos momentos el país no dispone.
Intenta crear valor agregado, pero carece de los medios de producción y la fuerza de trabajo especializada para impulsar su industria textil. Como resultado, continúa exportando algodón sin procesar mientras importa textiles.
La paradoja es que, para obtener la tecnología y la inversión necesarias para desarrollar la industria, tiene que recurrir a Asia nuevamente. La buena noticia es que ya puso manos a la obra, pero le queda mucho camino por recorrer.
La pregunta es ¿Podrá Benín pasar de ser el “campo de algodón” de Asia a ser su competidor directo en productos terminados? Hoy está a la sombra de Nigeria, su poderoso vecino, pero está construyendo su propio camino con discreción, pero avanzando firme y constantemente. Este país de África Occidental que dará mucho de qué hablar en los próximos años.
Madagascar: confección y especialización.
Vayamos ahora a la isla de Madagascar, ubicada en el sureste del continente. Aquí no se produce algodón, pero goza de un papel destacado dentro de la cadena de producción de la industria textil a nivel global.
A lo largo de los años Madagascar ha logrado desarrollar un sector de confección de cierta importancia. La producción malgache se centra en la producción de prendas para la exportación, especialmente hacia Europa y Estados Unidos.
Numerosas fábricas ubicadas cerca de la capital, Antananarivo, distribuyen ropa para las principales marcas internacionales, que externalizan parte de su producción en el país.
Varios factores han contribuido a su desarrollo. Entre las más importantes destaca su mano de obra relativamente cualificada, y su proximidad a Asia reduce parcialmente los costos de fletes y tiempos de transporte.
Pero el factor más determinante para su emergencia como un actor mundial destacado dentro de la industria textil es el conocimiento en confección de alta calidad, que lo hace competente en fabricación de prendas como lencería y ropa técnica.
Hace un año, por ejemplo, Madagascar se adjudicó un contrato para fabricar uniformes militares en la isla. Del mismo modo, grandes marcas como Dior, Chanel y Hermès confían en su mano de obra para la producción textil, sobre todo del tipo prêt-à-porter (listo para llevar).
El gran conocimiento técnico malgache tiene profundas raíces históricas. Las costureras de delantales de escuela y las “Mpanao zaitra an-tsena” son conocidas por su meticulosidad, su herencia artesanal y su trabajo minucioso, que también las hace destacar en artesanía.
El lamba es el tejido tradicional, símbolo cultural de identidad, utilizado en ceremonias fúnebres, de compromiso y como regalo diplomático.

A pesar de su especialización, la mano de obra malgache es barata. El salario de los 180 mil trabajadores de la industria oscila, en promedio, en 103 dólares mensuales. Quienes se llevan el mayor reconocimiento son los diseñadores de modas de Milán, París y Nueva York, llevándose los aplausos en las pasarelas, mientras que para las costureras malgaches que confeccionaron las prendas no hay ni siquiera salarios justos.
Esto tiene que cambiar. Madagascar es ahora el primer exportador de productos textiles de África subsahariana a Europa, contribuyendo al desarrollo de su tejido industrial. Del mismo modo, los envíos de ropa a Estados Unidos son significativos, registrando un valor de más de 400 millones de dólares.
Pese a ello, el sector textil es vulnerable a factores externos, como las crisis políticas internas, la suspensión de acuerdos comerciales y gran parte de los insumos son importados. Todo esto limita su potencial y el desarrollo de la cadena de valor.
Pese a todo, la especialización de nichos de calidad en Europa resulta en una apuesta brillante, la cual ha atraído a decenas de empresas multinacionales del sector. También recibe inversión de empresas establecidas en la isla de Mauricio (que a su vez tienen capital hindú).
De esta manera Madagascar se ha consolidado como un centro de innovación textil, capaz de responder a las exigencias de los mercados internacionales al tiempo que promueve las capacidades y habilidades de su mano de obra, al grado que la industria textil emplea en este país a más personas que la agricultura.
Preservar esta herencia, ofrecer a estas mujeres más apoyos económicos, y fomentar el consumo de productos locales a nivel local, regional y continental son parte de los retos que debe afrontar para la sustentabilidad y fortalecimiento de su sector textil nacional.
Lesoto, el enclave textil africano.
Lesoto es uno de los países más pequeños del continente, rodeado totalmente por Sudáfrica y con 2.3 millones de habitantes. Sin embargo, su industria textil y de confección ha crecido tanto que actualmente es una de las mayores de África, que representa aproximadamente el 20% de la economía del país, mientras que los textiles constituyen el 56.6% de las exportaciones, que llegaron a alcanzar un valor de 340 millones de dólares.
Su caso representa uno de los ejemplos más claros de industrialización textil orientada exclusivamente a la exportación en África, sobre todo hacia los Estados Unidos, con poco impacto para el desarrollo local.
La mayor parte de las fábricas textiles del país son propiedad de inversores de Taiwán, quienes se establecieron en Lesoto durante la década de los ochenta para evadir las sanciones internacionales impuestas a Sudáfrica por el Apartheid.
Pero el impulso definitivo a la industria fue la suscripción de la African Growth and Opportunity Act (Ley de Crecimiento y Oportunidad para África, o AGOA, por sus siglas en inglés), un acuerdo comercial firmado el 18 de mayo de 2000 por el presidente Bill Clinton, que eliminó aranceles a más de 6,400 productos provenientes de África.
Gracias a este acuerdo, el 80% de su producción textil se destina a grandes marcas estadounidenses, como Levi Strauss, Lee, Wrangler, The Children’s Place y Walmart. Es mínima la proporción que es vendida en el sur de África.
En su punto más álgido, en 2008, las exportaciones textiles de Lesoto alcanzaron un total de 340 millones de dólares, empleando a 50 mil trabajadores. Aquí se especializan en la producción de camisas y pantalones de mezclilla. La cantidad de jeans que fabrican cada año oscila en 23.3 millones de piezas, fabricadas por nueve empresas con 13 100 trabajadores.
Las operaciones manufactureras tienen lugar en Maseru y sus alrededores, lugares donde podemos encontrar una gran variedad de actividades formales e informales giran en torno a la industria textil y del calzado.
El mercado sigue concentrado en un puñado de empresas chinas y taiwanesas, quienes establecieron plantas de producción en Lesoto para aprovechar tanto los bajos costos laborales como el acceso preferencial al mercado estadounidense.
Este modelo ha permitido generar empleos y exportaciones, pero también una estructura industrial fuertemente dependiente de decisiones empresariales externas. La limitada transferencia tecnológica y la escasa integración con proveedores locales dificultan la creación de una industria textil nacional autónoma.
Pese a ello, el crecimiento de la industria textil ha aportado diversos beneficios al país, sobre todo a los trabajadores de las fábricas, mismos que estarían desempleados si no existieran.
En muchos aspectos, las condiciones de los trabajadores textiles son más favorables que los de Asia, pero aun así, los sindicatos nacionales resaltan asuntos que atentan contra los derechos laborales, como las licencias de maternidad, por enfermedad, las pensiones, las indemnizaciones por accidentes e insuficientes medidas de protección civil.
En cuanto al tema de los salarios, éstos se encuentran por debajo de los que se pagan en China: el salario mínimo sectorial es de $92 dólares mensuales, insuficientes a todas luces.
En Lesoto no hay tantas turbulencias políticas internas que podrían significar una amenaza para la industria, pero a cambio, cualquier cambio en los términos de los tratados y preferencias arancelarias externas podría significar el colapso de toda la industria. Y es justo lo que está ocurriendo.
Los nuevos y severos aranceles anunciados por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, han encendido las alertas en el continente. Y Lesoto es el más afectado, enfrentando un arancel del 50% sobre sus exportaciones a Estados Unidos. En contraste, otros exportadores africanos de ropa, como Kenia, Etiopía y Tanzania, están sujetos a un arancel del 10%.
Este es un golpe mortal para la industria textil de Lesoto, que puede enfrentar despidos masivos y cierre de fábricas. En consecuencia, el loti, la moneda local, se ha depreciado, encareciendo las importaciones.
Ahora, más que nunca, Lesoto necesita establecer estrategias de diversificación de proveedores, sobre todo con países vecinos del sur de África y a nivel continental.
En suma, el desarrollo de su industria textil es un triunfo muy frágil, pues no ha aportado lo suficiente para impulsar una transformación económica a nivel nacional. Por el contrario, está sujeto un control extranjero muy marcado, situación adversa para impulsar su desarrollo económico, que se sitúa entre los más bajos del mundo con una alta prevalencia de VIH-SIDA.
Imagen de portada: Tyli Jura en Pixabay.
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