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Fisonomía del Apartheid

Apartheid es una palabra compuesta por una raíz inglesa, apart (aparte), y la terminación heid, que en afrikáans significa rebaño o ganado. Por tanto, Apartheid puede traducirse como “rebaño aparte”.

La referencia a animales de granja no es casualidad. La ganadería fue durante mucho tiempo la principal actividad económica que tenían en común todos los grupos étnicos y socioculturales que habitan lo que hoy es Sudáfrica y, además, el sistema del Apartheid causó tanta deshumanización que su funcionamiento puede equipararse al trato que se da a los animales de granja.

En un sentido más formal, Apartheid puede traducirse al español como “apartamiento” o “separación”. No obstante, el sistema que se conoce con este nombre fue mucho más allá del significado literal de la palabra.

En primera instancia, fue un sistema económico capitalista que se distinguía de otros tipos de capitalismo por el racismo. Pero también fue un sistema sociopolítico que implementó políticas públicas de “desarrollo separado” en función del color de la piel de los habitantes de Sudáfrica, de 1948 a 1994, reservando los privilegios y el ejercicio del poder político a la minoría blanca en perjuicio de los otros grupos raciales.

El Apartheid no fueron, en absoluto, un conjunto de políticas que saltaron en la escena sudafricana de la noche a la mañana. Por el contrario, fue un sistema multidimensional que representó la culminación del reforzamiento del nacionalismo afrikáner y el supremacismo blanco, elementos sobre los cuales se fue edificando una ideología racista durante más de tres siglos, historia que repasamos en el artículo previo.

Formalmente, los principios del pensamiento segregacionista se establecieron entre 1903 y 1905 en sucesivos informes de la Comisión de Asuntos Nativos de la Unión Sudafricana, y continuaron evolucionando en respuesta a las presiones económicas, sociales y políticas, representando los compromisos alcanzados por la Convención Nacional para lograr la unión de los blancos angloparlantes y afrikáans tras el fin de la guerra anglo-bóer.

De acuerdo con sus recomendaciones, el primer gobierno de la Unión promulgó la Natives Land Act (Ley de Tierras para Nativos) en 1913. Esta ley fue la primera de otras subsecuentes que posteriormente se convirtieron en las bases del Apartheid. Y también la más importante de todas.

Con esta Ley se restringió la propiedad de la tierra a la población negra, abriendo paso a la segregación territorial. Los blancos se reservaron el derecho de poseer el 93% del territorio de la Unión, dejando al resto de los grupos raciales el restante 7% (ampliado al 13% en 1936), pese a que suponían la mayor parte de la población total.

Los territorios exclusivos asignados para los negros fueron conocidos como “reservas”, “bantustanes” o “homelands”, que eran pequeños terrenos que carecían de recursos básicos, servicios públicos e incluso sin espacio para albergar a la población.

El gobierno de la Unión también reservó los trabajos cualificados para los blancos y negó a los trabajadores negros el derecho a organizarse, lo cual se concretó con la promulgación de la Ley de Nativos de 1923, que se concentró en las áreas urbanas, afianzó la separación territorial y controló la movilidad de la población negra mediante leyes de paso.

Todas las reservas (rurales y urbanas) estaban completamente degradadas por la sobrepoblación y la erosión del suelo. Los desalojos forzosos de las “zonas blancas” afectaron a unos 3.5 millones de personas y se crearon vastos barrios marginales en los bantustanes, que se utilizaron como vertederos.

Con el tiempo las leyes de paso se convirtieron en los pilares fundamentales del Apartheid. Era obligatorio portar un documento de identificación o pase (dompas) para acceder a zonas reservadas a la población blanca. Si alguien no presentaba este documento, era arrestado de inmediato, deportado a su “bantustán” y sujeto a la brutalidad de la policía.

Las leyes de paso y el control de la inmigración se extendieron y se aplicaron con rigor, y se crearon oficinas de empleo para canalizar la mano de obra hacia donde se necesitaba. La descentralización industrial y económica hacia los centros de crecimiento en las fronteras de (pero no dentro de) los bantustanes se promovió como un medio para mantener a los negros fuera de la Sudáfrica “blanca”.

De esta manera, el gobierno central tomó el control de la vida de la población negra, designándolos como “residentes temporales”, en las zonas reservadas para blancos únicamente para servir a las necesidades de los empleadores.

Para las labores de vigilancia el Estado se valió del casspir, que era una especie de patrulla utilizado como vehículo de represión, tanto en zonas rurales como urbanas, convirtiéndose en símbolo de la opresión del Apartheid, y cuya simple presencia era una forma de terror.

Un antiguo casspir, hoy exhibido en el Museo del Apartheid en Johannesburgo, Sudáfrica.

A pesar de esto, las leyes de paso generaron una inmensa resistencia desde un principio. La formación de la Liga Juvenil del Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) en 1943 impulsó el liderazgo de figuras como Anton Lembede, Ashby Solomzi, Peter Mda, Nelson Mandela, Oliver Tambo y Walter Sisulu, quienes inspirarían la lucha durante las décadas venideras.

Por lo pronto, en los años 1940, los movimientos de ocupación ilegal en las zonas periféricas de las principales ciudades del país endurecieron las restricciones. Además, las dificultades económicas de la postguerra aumentaron el descontento afrikáner.

Para quienes apoyaban al National Party (Partido Nacional, NP, de carácter ultranacionalista afrikáner), su principal atractivo radicaba en su determinación de mantener la dominación blanca frente a la creciente resistencia popular. Se propusieron mejorar la situación de los afrikáneres pobres, desafiar la preeminencia de los blancos angloparlantes en la vida pública, las profesiones y los negocios, así como abolir los vínculos coloniales británicos restantes.

La victoria electoral del NP en las elecciones generales de la Unión Sudafricana en 1948 representó un parteaguas, ya que a partir de esta fecha se institucionaliza el Apartheid, y el Estado se convirtió en un motor de clientelismo y desarrollo de los afrikáners, quienes posteriormente cambiarían la moneda (el rand), la bandera, el himno nacional, el escudo de armas y proclamaron la independencia plena, ya en 1961, tras un referéndum en el que solo participaron blancos.

Los tres pilares jurídicos fundamentales en los que descansaba el sistema segregacionista del Apartheid eran:

  • Ley de registro poblacional: Clasificaba a la población por su color de piel en cuatro categorías: Black (negro, 75% de la población), Coloured (mestizo, 9%), Indian (indio o asiático, 2%) y White (blanco, 14%, que a su vez se dividían en anglos y afrikáners).
  • Áreas de grupo: conocida como Ley de residencia separada, asignaba una zona exclusiva para cada grupo poblacional y convertía en ilegal la presencia de población negra fuera de las reservas.
  • Ley de tierras: Atribuía el 87% del territorio sudafricano a los blancos.

Otras Leyes complementarias fueron la Ley sobre la Reserva del Trato Separado, que legalizó la existencia de lugares y servicios públicos que estaban reservados para cada grupo poblacional, como los edificios (tanto privados como públicos), escuelas, hospitales, playas, hoteles, autobuses, y hasta en los baños.

También destaca la Ley de Prohibición de Matrimonios Mixtos, que prohibía las relaciones sexuales interraciales. Otras leyes estaban destinadas a evitar el establecimiento de barrios negros en zonas de blancos, a prohibir a los negros a ocupar trabajos calificados, quienes quedaron obligados a trabajar con condiciones y salarios que convenían a los empleadores blancos, negándoles así cualquier poder de negociación, limitando sus derechos sindicales.

Uno de los arquitectos más sobresalientes de la construcción de este sistema fue el primer ministro Hendrik Frensch Verwoerd, profesor, político y sociólogo, quien elaboró la política del “desarrollo separado, que dividió a la población sudafricana en naciones étnicas (a todas luces, artificiales), cada una con su propia “patria” y la perspectiva de la “independencia”, supuestamente en consonancia con las tendencias del resto del continente.

Pese a que la creación de bantustanes o homelands se había cristalizado desde 1913, esta política se llevó a otro nivel, en el cual cuatro de dichas estructuras (Transkei, Bophuthatswana, Venda and Ciskei) fueron declaradas “independientes”, un estatus que la mayoría de los sudafricanos rechazaban. Incluso la comunidad internacional nunca las reconoció.

Pero el gobierno de Sudáfrica ni siquiera realizó esfuerzos por colaborar con estas estructuras. El gobernador general actuaba como “jefe supremo” de la mayoría africana del país, y estaba facultado para gobernar mediante decretos y órdenes administrativas. El proceso también implicó la represión de la oposición y el derecho del gobierno de nombrar a los representantes y completar las asambleas electas con figuras dóciles y complacientes.

Estas iniciativas de segregación fueron una respuesta de la población blanca hacia la creciente participación de la población negra en la política y la vida económica del país, como una forma de mantener sus privilegios. El dualismo administrativo y legal reforzó la división entre ciudadanos blancos y no ciudadanos negros, cimentando el camino a la desigualdad, cuyos niveles siguen siendo altos hasta la fecha.

Esta estrategia de “divide y vencerás” fue diseñada para ocultar las bases raciales de la política pública oficial bajo el lenguaje de la etnicidad. Esto estuvo acompañado de mucha ingeniería etnográfica, ya que se hicieron esfuerzos para resucitar estructuras tribales.

Al Dr. Verwoerd también se debe una teoría del multinacionalismo, que elaboró apoyándose en un nuevo paradigma de pureza racial, que fue incorporado al marco legal y jurídico, obligando a que en los censos de población se colocara una etiqueta racial a cada sudafricano, sobre las cuales ya dimos cuenta.

Así, por primera vez, a la población mestiza, que hasta antes solo había sido sujeta a una discriminación informal, fueron objeto del ámbito de las leyes segregacionistas.

Cualquier nacimiento que fuera producto del mestizaje constituía un pecado que era sancionado con la más absoluta marginalidad por parte de las autoridades. Pero, al mismo tiempo, cada niño mestizo representaba el triunfo de la libertad y la resiliencia frente a la imposición de la ideología racista.

A mediados de los cincuenta el gobierno tomó la drástica medida de eliminar a los votantes mestizos del padrón electoral. Por supuesto que los sudafricanos negros tampoco gozaron de derechos políticos y sus organizaciones partidarias fueron prohibidas. Cualquier intento o tipo de organización o protesta fue prohibida y perseguida.

También se trató de evitar la organización y la comunicación entre las distintas “razas”, lo cual se realizó mediante la censura de muchos contenidos en todo tipo de medio de expresión (prensa, libros, películas, radio, televisión, etc.).

Durante más de cuatro décadas, el Apartheid se convirtió en parte de la vida cotidiana de los ciudadanos sudafricanos, cuyos principios discriminatorios, racistas, clasistas y retrógradas condujeron a Sudáfrica al ridículo internacional.

En muchos aspectos, el Apartheid fue una continuación, de una forma más sistematizada y brutal, de las políticas segregacionistas de los gobiernos de la Unión Sudafricana, que tenían más carácter anglosajón.

Hasta la década de 1940, las políticas raciales de Sudáfrica no habían estado del todo desfasadas con respecto a las que se encontraban en el mundo colonial. Pero a partir de los años cincuenta, en la que la descolonización y la reacción global contra el racismo cobraron fuerza, el país se opuso rotundamente a la opinión mundial sobre cuestiones de derechos humanos y civiles.

A pesar del expreso, absoluto y creciente rechazo al Apartheid, tanto a nivel interno como externo, este sistema conoció una etapa de abundancia y prosperidad económica durante los años cincuenta y sesenta. Pero después entró en una etapa de crisis estructural que nunca pudo superar debido a sus contradicciones sistémicas.

Los programas de control impulsados por las leyes de paso se convirtieron en el foco de la resistencia y la piedra angular de la lucha antiapartheid, con múltiples llamados a la acción mediante protestas, campañas de desobediencia civil, huelgas, manifestaciones y hasta la confrontación armada.

Un paso crucial en el surgimiento del antirracismo fue la formación de la Alianza de las principales instituciones y partidos políticos prohibidos, que incluían al ANC, el Congreso Indio Sudafricano, el Congreso de la Gente de Color, el Congreso de Demócratas (una pequeña organización del Congreso compuesta por blancos) y el Congreso Sudafricano de Sindicatos.

Esta alianza formalizó una unidad emergente que trascendía las barreras raciales y de clase, que se manifestó en diversas Campañas de Desobediencia Civil y otras protestas masivas contra las leyes de paso (inspiradas en parte por la filosofía de Mahatma Gandhi, entre las que destacó la Campaña de 1952, donde participaron cientos de miles de personas). La resistencia femenina también adquirió un carácter más organizado con la formación de la Federación de Mujeres Sudafricanas.

En 1955 se redactó la Carta de la Libertad en el Congreso del Pueblo de Soweto, que enunciaba los principios de la lucha, vinculando al movimiento a una cultura de derechos humanos y antirracismo.

La década de los sesenta se caracterizó por la movilización masiva y turbulenta de la población sudafricana en resistencia a la imposición de formas aún más severas de segregación y opresión por parte del gobierno.

Cientos de miles de personas fueron arrestadas o procesadas cada año en virtud de las leyes de paso, llegando a superar el medio millón anual desde mediados de la década de los sesenta hasta mediados de los años 1970. Mucha gente fue encarcelada en condiciones deplorables (incluyendo a Nelson Mandela), siendo objeto de torturas en las cárceles, entre las que destacaba la que se ubicaba en la isla Robben.

Tras la revuelta de Sharpeville de 1960, que terminó en tragedia, la oposición antiapartheid abandona el carácter pacífico de su movimiento y comienzan a surgir las primeras guerrillas negras, entre las que destaca la Umkonto wa Sizwe (Punta de lanza de la Nación, en los idiomas zulú y xhosa), que se convirtió en el ala militar del ANC.

Durante los años setenta las distintas expresiones de protesta por parte de los grupos antiapartheid se dejaron escuchar con fuerza, tanto en grupos pacíficos, como con grupos armados.

En esta época destacaron las acciones emprendidas contra la educación bantú, en especial por la enseñanza obligatoria del afrikáans en las escuelas y la prohibición a los estudiantes negros de asistir a las universidades del país. En particular, el movimiento estudiantil “la Conciencia Negra” promovió campañas de alfabetización y programas comunitarios con el objetivo de reivindicar una educación pertinente para la población negra sudafricana y eliminar la segregación racial en el ámbito educativo.

Al mismo tiempo se llevó a cabo una intensa urbanización de la población negra, lo que provocó la formación de gigantescos barrios pauperizados, conocidos como townships, auténticos cinturones de miseria en ciudades como Pretoria, Bloemfontein y Johannesburgo.

En uno de ellos, en Soweto, una serie de manifestaciones estudiantiles terminó en una violenta masacre en 1976, evento que muchos especialistas marcan con el principio del fin del Apartheid. Ya en los años ochenta las diversas expresiones de lucha antiapartheid (obrero, estudiantil, feminista, pacifista e internacional) confluyeron en la unificación del movimiento africano.

La primera expresión de la crisis del Apartheid surgió en la economía, con una industria manufacturera asfixiada en un mercado interno saturado, desfavorable al proceso de industrialización del país al excluir al 70% de la población, escasez de mano de obra calificada, que contrastaba con el desempleo entre los negros.

Además, las sanciones económicas internacionales dejaron aislada y sin aliados a Sudáfrica, dentro de un entorno mundial que también se transformaba. En 1984 el entonces primer ministro Pieter W. Botha reformó la constitución, pero los cambios fueron cosméticos, provocando el aumento del descontento popular.

El verdadero proceso radical de reformas ocurrió con su sucesor, Frederick W. de Klerk, representante del ala reformista del NP, quien comenzó los trámites para legalizar y reconocer las asociaciones políticas africanas como el ANC, la liberación de presos políticos y el inicio de negociaciones de forma pacífica, hasta que se dieron las condiciones para la celebración de nuevas elecciones, las primeras multirraciales de la historia del país, que se llevaron a cabo en abril de 1993.

Por fin, el 27 de abril de 1994 el Apartheid cayó de forma definitiva tras el ascenso al poder de Nelson Mandela, quien emprendió la difícil (hasta puede decirse imposible) tarea de reconstruir una sociedad sudafricana profundamente dividida.

Llegó una nueva constitución, bandera, himno nacional y escudo de armas, los procesos de diálogo y reconciliación, así como las medidas de empoderamiento económico negro que han intentado infructuosamente revertir el daño social, económico y moral que la nueva nación del arcoíris heredó de su pasado. Pese a todo, sería erróneo afirmar que el racismo y la discriminación desaparecieron cuando el Apartheid cayó.

La presencia de la discriminación y el racismo han representado un obstáculo mayúsculo para el bienestar, desarrollo social y la convivencia armónica entre los individuos de nuestras sociedades modernas. A lo largo de los siglos la humanidad ha adquirido odios, prejuicios y complejos de superioridad que derivaron en sistemas de dominio y opresión que causaron demasiado daño a millones de personas, siendo el Apartheid una forma de sus formas más crueles.

Afortunadamente hoy existe un marco jurídico internacional que establece la igualdad de todos los seres humanos, siendo su principal instrumento los acuerdos y medidas adoptadas en la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, celebrada en el año 2001 en Durban, Sudáfrica.

Las ideas de grandes personajes, como Nelson Mandela, Mahatma Ghandi y Martin Luther King, contribuyeron en buena medida a la construcción de un mundo libre de cualquier forma de discriminación, violencia y exclusión.

No obstante, la discriminación y el racismo continúan presentes en nuestras naciones, a veces de formas más sutiles, pero que de igual forma impiden el desarrollo de las naciones y pueblos del mundo. La reciente emergencia de discursos xenófobos, discriminatorios e intolerantes desde las cúpulas del poder en todo el mundo es un síntoma claro de que no hemos podido erradicar los flagelos del racismo y la discriminación.

Por tanto, el estudio de sistemas opresivos y racistas del pasado cobra mayor importancia para detener el avance y la normalización de situaciones que no podemos permitir jamás. Nadie debe ser excluido ni apartado de ninguna sociedad, jamás.


Carlos Luján Aldana

Economista Mexicano y Analista político internacional. Africanista por convicción y pasatiempo. Colaborador esporádico en diversos medios de comunicación internacionales, impulsando el conocimiento sobre África en la opinión pública y difundiendo el acontecer económico, geopolítico y social del continente africano, así como de la población afromexicana y las relaciones multilaterales México-África.

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