Entorno sociopolítico de África en el siglo XXI: militarismo, nacionalismo y anticolonialismo

En agosto de 2025, el historiador y analista político argentino Kevin Bryan publicó una obra titulada “La revolución de las boinas”,una denominación sugestiva, descriptiva, adecuada y sintética acerca del surgimiento de un “nuevo” fenómeno sociopolítico en África, que en los últimos años se ha fortalecido y generado nuevas dinámicas geopolíticas dentro y fuera del continente.

En particular se habla de una “revolución de las boinas” porque, más allá de que los líderes de esta revolución utilizan este accesorio (asociado al ámbito militar y símbolo de orgullo, disciplina y pertenencia) también comparten objetivos, simbolismo e ideario político.

Se trata de un proceso donde convergen el nacionalismo, la crítica al imperialismo, la soberanía nacional, la descolonización y la reivindicación de figuras asociadas a la narrativa del panafricanismo, revalorando el pasado e inspirado en figuras históricas, como Kwame Nkrumah y Thomas Sankara.

Pero entre todas las características de dicho proceso destaca una sobre las demás: el militarismo. Anteriormente, en este mismo espacio, ya había dado cuenta del fortalecimiento de este estilo político que, aunque no es algo novedoso en África, ha tomado nuevo impulso debido a los escasos éxitos que han tenido tanto el multipartidismo como el secularismo dentro del continente.

En los últimos cinco años el militarismo se ha acelerado en todas las regiones africanas. Las cúpulas militares han conseguido desplazar a diversos gobiernos del continente. Y no sólo lo han hecho mediante golpes de Estado (el mecanismo por excelencia para acceder al gobierno), sino también a través de las urnas, es decir, por la vía de la democracia.

También tenemos casos donde líderes políticos elegidos democráticamente buscaban prolongar su estadía en el poder a través de reformas o enmiendas a la Constitución y a sus marcos legales y normativos, planes que fueron frustrados por los militares.

Todo esto revela que la revolución de las boinas goza de gran respaldo popular, con lo cual los militares obtienen la legitimidad y respaldo necesario para implementar sus agendas políticas y económicas,

En el marco de esta revolución hemos visto caer, uno a uno, a los siguientes personajes: Ibrahim Boubacar Keita (Malí, 2020), Alpha Condé (Guinea, 2021), Alí Bongo (Gabón, 2023), Mohamed Bazoum (Níger, 2023), Andry Rajoelina (Madagascar, 2025) y Umaro Sissoco Embaló (Guinea-Bissau, 2025). Todos a manos de los militares, apoyados por amplios sectores populares.

La gran mayoría de ellos fueron reemplazados por militares de alto rango que se apoyan en una narrativa revolucionaria y populista, en la cual se presentan como líderes cercanos al pueblo, en contraposición con las élites corruptas o “marionetas del imperialismo”.

Usan un estilo directo, simbólico y emocional. Dominan la comunicación en redes sociales, lo que fortalece su imagen entre la juventud africana. En específico, nos referimos a los siguientes personajes: Ibrahim Traoré, de Burkina Faso, Assimi Goïta, de Malí, Abdourahamane Tchiani, de Níger, Mamady Doumbouya, de Guinea, Duma Boko, de Botsuana, Michael Randrianirina, de Madagascar.

Líderes militares africanos en funciones como Jefes de Estado. De izquierda a derecha, y de arriba a abajo: Ibrahim Traoré, Michael Randrianirina, Duma Boko, Assimi Goïta,Duma Boko y Abdourahamane Tchiani.

Como buenos panafricanistas, todos ellos comparten la visión de la unidad africana basada en la soberanía política y económica del continente, apoyando las alianzas regionales entre naciones con afinidades políticas.

En este sentido, la Alianza de Estados del Sahel (AES), conformada por Mali, Burkina Faso y Níger, representa un pacto estratégico bien pensado, que abarca aspectos militares, políticos, económicos y de integración regional, que pretende avanzar hacia una confederación, pasaporte común, moneda, banco regional y ejército unificado.

Como podemos apreciar, África Occidental y el Sahel son el centro de la revolución de las boinas, donde la agitación política ha hecho tambalear los cimientos en los que se erigen las estructuras políticas e institucionales de esta parte de África, en concreto, de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (ECOWAS, por sus siglas en inglés) y la Françafrique.

Este nuevo giro anticolonial africano, una vez más bajo el estandarte de la autodeterminación y unidad de los pueblos del continente, presenta un modelo de desarrollo alternativo, el cual viene decidido a desprenderse, por fin y para siempre, de la relación de dominación neocolonial (sobre todo con Francia) y de cualquier otro tipo de injerencias externas.

Para ello ya se ha puesto manos a la obra, y varios países de África están implementando reformas y políticas consistentes en nacionalizaciones de sectores y recursos estratégicos, acordado acuerdos regionales y otras medidas económicas y comerciales con el objetivo de romper el status quo preexistente.

No obstante, los cambios van más allá del plano económico. Existe la voluntad no solo de transformar las estructuras materiales, sino también las conciencias, la historia y memoria colectivas, que durante décadas fueron moldeados desde Europa. De esta manera, la batalla antiimperialista también se libra en los campos educativo, cultural, lingüístico, literario, entre otros.

Pese a todo, y a pesar del innegable éxito que hasta el momento ha tendido la llamada revolución de las boinas, existen riesgos y debilidades que podrían llevar a este proceso a la misma situación que intentar exterminar.

Si bien cada país presenta sus propias particularidades y especificidades, para fines prácticos conviene muchísimo acercar la mirada al gobierno de Ibrahim Traoré en Burkina Faso, un caso representativo de lo que significa este proceso.

Desde que accedió al poder en Burkina Faso mediante un golpe de Estado en septiembre de 2022, Ibrahim Traoré se convirtió, en poco tiempo, en una figura respetada y admirada, en su país y fuera de él. Sus ideas, discursos, simpatía y su innegable liderazgo se han vuelto la cara de la transformación política-regional del Sahel.

Traoré representa un nuevo tipo de liderazgo africano: joven, militar, nacionalista y mediático, que cuestiona el orden geopolítico preestablecido y busca trazar un camino alternativo hacia la soberanía y el desarrollo.

Durante su estancia en el poder ha construido una imagen carismática y desafiante, decidido a romper los lazos de dependencia con Occidente, en especial con Francia. Sus acercamientos a países como China, Turquía y Rusia refuerzan esta imagen.

Propaganda rusa en Burkina Faso, que muestra a los presidentes Vladimir Putin e Ibrahim Traoré. Fotografía: Heute.at

Mediante el uso propagandístico de la figura de Thomas Sankara, Traoré ha emprendido una serie de políticas económicas de corte nacionalista que promete mejorar la calidad de vida de los sectores populares de su país (uno de los más pobres de África), así como la expulsión de tropas extranjeras.

Siendo musulmán en un país mayoritariamente cristiano, ha impulsado la lucha contra el islamismo radical (yihadismo), y su participación fue crucial para la creación de la AES junto con Malí y Níger para coordinar acciones conjuntas en éste y otros asuntos.

No obstante, su proyecto nacional es autoritario, frágil y presenta muchísimos riesgos geopolíticos. Muchas ONG occidentales (incluyendo la Cruz Roja) han sido expulsadas por acusaciones de espionaje y colaborar con el terrorismo. Sin elecciones ni democracia, Traoré se enfila para permanecer al frente de Burkina Faso por tiempo indefinido.

De esta manera, y aunque su figura crece en simpatías y admiraciones, para sus detractores dista mucho de ser el líder panafricano que el continente necesita. Y en efecto, así hemos visto a muchos líderes africanos convertirse de jóvenes líderes revolucionarios a dictadores envejecidos conservadores.  

Sólo el tiempo dirá si se podrá consolidar este proyecto o sí, al igual que otros líderes revolucionarios del pasado, será víctima de las estructuras que pretende derribar. Pero lo que no está en duda es que la revolución de las boinas es un proceso que adquiere cada vez más fuerza e impulso. El reciente intento de golpe de Estado en Benín nos demostró que no estamos hablando de un proyecto frágil, sino todo lo contrario. La transformación política de África es inevitable, y si la revolución llega a buen puerto, será beneficiosa para sus pueblos y naciones.

Uno de los aspectos más visibles de la revolución de las boinas es el rechazo cada vez más generalizado a la presencia de cualquier manifestación neocolonial en el continente africano. Y entre las antiguas potencias coloniales europeas que se instalaron en África, quien más animadversión recibe es, sin duda, Francia.

El rechazo no es uniforme, pero sí una tendencia estructural con profundas raíces históricas, económicas y generacionales que han cimbrado profundamente los pilares en los que se levanta la Françafrique.

Aunque ésta no es una institución per se, existe una red de relaciones postcoloniales tanto formales como informales en las que Francia se apoya para perpetuar su dominio e influencia sobre sus antiguas colonias, aun cuando en la práctica éstas ya operan como Estados independientes.

Entre sus aspectos más visibles se encuentran acuerdos de defensa, el control monetario (a través del Franco CFA), una notoria injerencia política a través de sus embajadas y representantes diplomáticos, élites locales cooptadas y diversos mecanismos culturales que justifican su actuar.

Desde 1960 dichos mecanismos y acciones se han convertido en una cruel forma de dominio postcolonial que ha redituado en enormes beneficios económicos y geopolíticos para el Elíseo francés, a costa de la pérdida de soberanía e independencia de sus pares africanos.

Pero últimamente los asuntos no marchan nada bien para Francia, cuyo rol en África está siendo cuestionado, criticado y rechazado por diversos actores sociales, dando como resultado una pérdida considerable de su influencia y poderío.

Son varios los factores que han desgastado la relación entre Francia y África, como la aparición de nuevos socios foráneos en el continente, movimientos políticos internos y cambio de paradigmas sociales y culturales, impulsadas por una generación joven, conectada y sin los complejos que causó la descolonización y las luchas por la independencia, que tienen un abierto rechazo hacia el modelo arcaico y asimétrico de la Françafrique.

Serie de caricaturas referentes a la percepción de Francia en África y al modelo de la Françafrique.

El punto de inflexión que marcó la ruptura de los lazos de cooperación entre Francia y África fue, sin duda, el fracaso de la Operación Barkhane (2013-2022). Inicialmente solicitada por los propios gobiernos de la subregión, lejos de erradicar la violencia yihadista, sumió a los pueblos del Sahel en una mayor espiral de inseguridad e inestabilidad.

La catástrofe vino acompañada de un mayor resentimiento de los africanos hacia los franceses, mismo que se propagó entre los militares de alto rango que combatían a las organizaciones terroristas, convenciéndose de que sin su ayuda estuvieran mejor, y que Francia no era capaz de resolver los principales problemas en su zona de influencia como en el pasado.

Visto de esta forma, los golpes militares en Malí, Burkina Faso y Níger pueden clasificarse como una consecuencia más este fracaso, dado que las tropas francesas fueron expulsadas y los acuerdos de cooperación cancelados.

Así lo entendió Abdourahamane Tchiani, general nigerino y actual Jefe de Estado de su país: el enemigo no es el terrorismo, es Francia. La adopción del hausa como lengua nacional y la firma de un memorándum de entendimiento con Irán para fortalecer la cooperación en materia de seguridad es un claro mensaje para Francia y un paso hacia una nueva forma de ejercer la soberanía, sin tutelas occidentales.

En Malí y Burkina Faso ha sucedido lo mismo. Inclusive naciones que históricamente le han sido fieles, como Senegal, Togo y Costa de Marfil, han retirado tropas francesas de sus territorios y han explorado cooperar de forma más independiente con nuevos socios, poniendo freno al control de la soberanía que Francia ejercía.

Hace tan solo cinco años Francia tenía 10 mil elementos desplegados en África. Hoy solo son 4 mil, y se prevé que pronto esa cifra se reduzca a la mitad.

Los reveces no se limitan a África Occidental y el Sahel. Durante las manifestaciones multitudinarias en las principales ciudades de Madagascar y el subsecuente golpe de Estado contra el ahora expresidente Andry Rajoelina se expresó un profundo rechazo hacia el alineamiento con París.

Y en efecto, durante su gestión en el poder Rajoelina consolidó su posición con el apoyo de sectores empresariales franceses y del aparato mediático alineado con la antigua metrópoli, para quien Madagascar representaba un punto estratégico en las rutas marítimas que conectaban Asia con el sur de África. Y tras el golpe, la competencia por este punto de conexión se recrudece ante el avance chino y ruso.

Por su parte, el parlamento de Argelia declaró por unanimidad una Ley que califica a la colonización de Francia por más de 130 años como “crimen de Estado”, exigiendo disculpas oficiales y reparaciones de daños.

Ante todo esto, Emmanuel Macrón, presidente de Francia, ha reconocido públicamente los errores, pero niega que su país esté atravesando por una crisis, afirmando que está “redefiniendo” la presencia de su país en África.

Esto representa una derrota doble porque, a nivel interno, sus acciones son percibidas como condescendientes y académicas, mientras que a nivel internacional ha perdido la batalla narrativa, tanto en África como en el seno de los Unión Europea.

Los recientes golpes de Estado en Madagascar y Benín son puntos críticos, y aunque en el segundo no fue exitoso, parece ser que sus capacidades de respuesta ya no son tan efectivas como en el pasado, cediendo a las presiones externas.

Todo el aparato neocolonial francés se está tambaleando. La percepción es que, finalmente, Francia tendrá una ruptura clara y definitiva con su pasado imperial en el continente africano. Sin embargo, y pese a todo, sigue manteniendo una posición relevante dentro de África.

La última y más importante pieza de su engranaje colonial, el Franco CFA, sobrevive en sus dos versiones, y aunque ya existen propuestas para sustituirlo, ninguna se ha materializado. Hasta el día en que deje de circular esta moneda no podremos decir que la Françafrique está derrotada.

Pero aún queda por ver qué nuevo modelo de relación va a emerger. La salida gradual de Francia no implica la resolución de los problemas, o que la situación marchará mejor para los africanos. La alteración del equilibrio da lugar a que otros actores se involucren en los asuntos regionales y locales, ofreciendo nuevas oportunidades, pero también amenazas. Y si no se resuelven los problemas del desarrollo actuales, África seguirá condenada a una posición económica marginal y periférica.

Mientras que en África Occidental y en el Sahel el giro político e ideológico se consolida y fortalece, en otros países de las regiones Central y Oriental del continente se mantienen en el poder regímenes personalistas, autoritarios y represivos, que sostienen aparatos coercitivos que viven de la explotación de recursos.

Si bien algunos de ellos han caído en los últimos años, como el de Robert Mugabe en Zimbabue y el de Alí Bongo en Gabón, la mayoría sobrevive con la complicidad de sus socios comerciales occidentales, quienes solo han defendido los valores de la libertad y la democracia donde les conviene.

A la cabeza del séquito de dictadores africanos de este tipo se encuentra Teodoro Obiang Nguema, quien permanece en el poder desde que dio un golpe de Estado contra Francisco Macías (su tío), en 1979. Suma más de 45 años gobernando, y su régimen es acusado de corrupción masiva, torturas y elecciones manipuladas.

Otro personaje que parece eterno es Paul Biya, presidente de Camerún desde 1982. Con 92 años de edad, y 42 en el poder, todavía fue reelegido en octubre de 2025 para un nuevo periodo de siete años, por lo cual tendría 99 años (si llega) cuando finalice su mandato.

Las especulaciones en torno a su salud, las acusaciones de fraude electoral descarado y el hartazgo social hacia su figura generaron una ola de manifestaciones violentas en las principales ciudades de este país, situación que genera más inestabilidad política, ante la cual el gobierno se va a aferrar al poder hasta el último aliento, literalmente, pero la esperanza de un giro radical en favor del pueblo camerunés sí puede ser posible, dada la participación popular en las protestas contra Biya.

Entrevista a Paul Biya en 1987, cuando se presentó a su primera reelección presidencial. Fotografía: Wikimedia Commons.

En África Central también permanece en el poder Denis Sassou Nguesso, presidente de la República del Congo, quien también lleva más de 40 años acumulados en el poder.

No se habla mucho de él, pero es conocido por su régimen represor, el enriquecimiento ilícito que ha acumulado durante su estancia en el poder y por mantener vínculos estrechos con fuerzas extranjeras occidentales. De esta forma, Brazzaville sigue siendo un leal socio de Francia en el marco de la Françafrique.

Yoweri Museveni, presidente de Uganda desde 1986, tampoco canta mal las rancheras. Estamos hablando de uno de los dictadores más autoritarios, represivos y déspotas de la región. Cuando sus tropas tomaron el poder, Uganda estaba destrozada, y convirtió a su país en uno de los de mayor crecimiento económico del continente.

No obstante, Museveni pasó de ser un rebelde progresista a un tirano que gestiona una especie de democracia militarizada, prosperando como socio clave de Occidente en la región, sobre todo en materia de seguridad. Las contradicciones de su sistema le han valido críticas y protecciones por igual. Ante este escenario la oposición política ugandesa crece, donde el músico Bobi Wine es la encarnación de un cambio, que aún se ve lejano, considerando que nuevamente Museveni se perfila para un nuevo mandato.

No podemos dejar de lado a Isaías Afwerki, líder de Eritrea desde 1993, año de su independencia, quien lidera un régimen autoritario, antidemocrático y hermético.

El control estatal es extremo, causando una diáspora masiva de eritreos dentro y fuera de África. Las detenciones arbitrarias, violaciones a derechos humanos y censura son una constante, y aunque a diferencia de los anteriores no cuenta con tantos apoyos extranjeros, la ubicación del país frente a las costas del mar rojo por donde transitan una buena parte del comercio marítimo mundial es un aspecto del cual el gobierno puede sacar provecho para mantenerse.

Todos estos personajes y situaciones nos demuestran que todavía una parte importante de la población africana se encuentra sometida a aparatos personalistas, patrimoniales y despóticas, donde la democracia y los derechos humanos son un sueño lejano, teniendo que lidiar con procesos electorales amañados y viciados de origen, oposición política cooptada, reprimida y que opera en la clandestinidad y nulas libertades políticas.

No obstante, el ejemplo y éxito de la revolución de las boinas y la persistencia de manifestaciones sociales nos indican que la situación puede cambiar de un momento a otro. Para muestra tenemos lo que sucedió en Gabón en 2023, donde un golpe de Estado a causa de los resultados fraudulentos de la elección presidencial expulsó del poder a Alí Bongo, que tenía el mismo calibre de los personajes que hemos revisado.

Aunque el golpe fue celebrado y bien recibido por la multitud en Libreville y otros rincones del país, el detalle es que el líder de la revolución, el general Brice Oligui Nguema, es primo de Bongo, con lo cual Gabón seguirá gobernado por la misma familia desde 1967.

Lo sucedido en Gabón podría convertirse, para bien y para mal, en la tendencia en África Central. Pero nada está escrito, y la política africana siempre nos sorprende.

Desde el inicio de la primavera árabe en Túnez, a inicios de 2011, muchos países de África han visto manifestaciones multitudinarias masivas, cuyos principales protagonistas son una nueva generación de jóvenes, sin el mismo sentimiento patriótico de las independencias, que, salvo algunos casos como Sudán, Sudán del Sur y la República Centroafricana, no han experimentado conflictos prolongados.

La irrupción de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC’s) han permitido el intercambio de información, permitiendo el contraste y debate de ideas y pensamientos que intentan replicar en sus comunidades, siendo partícipes y críticos en la reconstrucción de sus sociedades dañadas, que han tenido que pasar por muchos desastres generados tanto por el hombre como por la naturaleza, desde genocidios, migraciones forzadas y conflictos hasta hambrunas, sequías e inundaciones.

De esta manera el nuevo ciudadano africano está expuesto a todo tipo de ideas, que contrasta, analiza, critica e intenta adecuar para resolver sus problemas. Y de eso se trata, de aprender de las tendencias económicas, políticas, sociales y culturales de otras partes de mundo, además de las africanas, mismas que pretenden reescribir.

Por eso los líderes africanos más envejecidos le temen al Internet, que no dudan en cortar cuando suceden las protestas y manifestaciones en su contra. Porque ellos no quieren que sus naciones se transformen, pero inevitablemente, el cambio llegará para todos.

Y así seguirá la tónica dentro de los próximos años en el continente africano. Simplemente el pasado 2025 tres países clave se sacudieron con protestas que generaron importantes consecuencias: Kenia, Madagascar, Marruecos.

El caso de Kenia es interesante, que desde hace un par de años ha acaparado los reflectores tras las intensas y profundas manifestaciones de rechazo hacia su gobierno.

De la mano del “neoliberalismo”, Kenia vive una crisis económica permanente desde hace 30 años. En 2024 una propuesta de paquete fiscal que aumentaba los impuestos fue tan impopular y rechazada que se dio marcha atrás ante la intensificación de la protesta social. Desde entonces, el gobierno de William Ruto se sostiene con alfileres, a punto de perder totalmente el control de la nación.

Cabe señalar que Kenia es, quizás, el socio africano más importante de Washington, y que emprendió una muy cuestionada intervención militar en Haití bajo su cobijo. Siendo así, sobra decir la importancia de la alianza de Kenia para Occidente, y con mayor motivo si consideramos la imposición de aranceles por parte de Estados unidos a gran parte de África. Pero ese tema merece tratarse aparte.

Ya hablamos un poco de Madagascar, isla que expulsó a Andry Rajoelina, impulsada por el sentimiento antifrancés en África. Más allá de las protestas, aquí cabe resaltar un punto clave, que podría marcar una tendencia muy preocupante.

Al momento de su destitución, Rajoelina presidía la presidencia rotativa de la Comunidad de Desarrollo de África del Sur (SADC, por sus siglas en inglés), que rechazó tajantemente el golpe de Estado y la violencia, al igual que la Unión Africana.

Lo mismo ocurrió con Malí, Níger y Burkina Faso, quienes decidieron abandonar la ECOWAS y formar su propio organismo. Los cuestionamientos hacia los organismos regionales revelan fallos estructurales en su interior, falta de congruencia, transparencia y una crisis de legitimidad institucional que no se puede ocultar, y si no se resuelve pronto, hará tambalear los pilares de la integración continental y los de la propia Unión Africana, teniendo graves consecuencias no solo políticas, también económicas y comerciales.

Pero no solo las instituciones regionales muestran debilidad, sino también las potencias emergentes que creíamos estables. Mientras Madagascar expulsaba a su presidente, en el otro extremo del continente Marruecos se vio sorprendido, y donde la primavera árabe llegó tarde, pero llegó al fin y al cabo.

En los últimos años Marruecos ha intentado mostrarse al mundo como el rostro de una modernidad del Magreb y el Mundo Árabe, impulsando un ambicioso proyecto para encaminarse a ser una potencia regional, realizando millonarias inversiones en sectores económicos estratégicos bajo un programa que emula la fórmula que convirtió a los países del golfo pérsico en países ricos.

Sin embargo, este proyecto se realiza bajo serias restricciones de las libertades políticas y fundamentales de la población civil. Todo parecía que marchaba bien, hasta que en septiembre de 2025 la juventud marroquí se apoderó de las calles para protestar contra un modelo que prioriza la imagen y prestigio internacional sobre el bienestar social.

La gota que derramó el vaso fue la reducción presupuestal en materia de salud, educación y empleo, y los cinco mil millones de dólares en inversiones para albergar la Copa Africana de Naciones de fútbol de 2025-2026 y el Mundial de 2030. Los colectivos juveniles se organizaron en las plataformas de Discord, TikTok e Instagram, desencadenando movilizaciones simultáneas en 15 ciudades del país.

El Rey Mohamed VI se vio sorprendido ante la magnitud y velocidad de propagación de la protesta, y su respuesta combinó silencio, concesiones simbólicas y represión selectiva y progresiva, pero finalmente pudo controlar la situación, aunque ya con una advertencia en su haber.

Este no es un asunto menor. Si la monarquía alauí se tambalea o cae, esto traerá repercusiones inmediatas y muy serias para Europa, Medio Oriente y el Magreb, comenzando por el asunto no resuelto del Sahara Occidental, pasando por el comercio marítimo, asuntos de inmigración e implicaciones geopolíticas.

De esta manera, entre protestas, revoluciones, gatopardismos, contradicciones e insatisfacciones, África transita hacia un camino más autónomo, donde la democracia, la justicia social y el desarrollo económico siguen siendo un sueño lejano, una utopía.

Hoy, más que nunca, sus pueblos tienen que unirse para construir un futuro más independiente y sostenible, pero el panorama seguirá lleno de bandidos foráneos que intentan beneficiarse de sus recursos y de su gente. Pero este asunto requiere de un análisis más específico y especializado.


Carlos Luján Aldana

Economista Mexicano y Analista político internacional. Africanista por convicción y pasatiempo. Colaborador esporádico en diversos medios de comunicación internacionales, impulsando el conocimiento sobre África en la opinión pública y difundiendo el acontecer económico, geopolítico y social del continente africano, así como de la población afromexicana y las relaciones multilaterales México-África.

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