Amílcar Cabral, el ingeniero agrónomo que luchó por la independencia de dos países africanos

Entre los líderes de las independencias africanas, Amílcar Cabral ocupa un lugar de privilegio. Lamentablemente su figura continúa siendo desconocida, incluso dentro de África, así que ésta es una biografía obligada sobre su persona, sus ideas y la historia del movimiento que lo encumbró como un gran héroe del olimpo panafricano.
La vida y obra de Amílcar Cabral son la personificación de los movimientos de liberación nacional de los países africanos lusófon0s. Este proceso no fue un camino de rosas. Para acceder a sus independencias, estos pueblos tuvieron que recurrir a la lucha armada, y Amílcar Cabral estuvo al frente de esta batalla.
Pero la resistencia anticolonial fue más allá de las armas y tácticas de guerra. También recurrió a la palabra, la pluma, la cultura, la historia de los pueblos y la defensa de la tierra como elementos indispensables para desprenderse de cualquier tipo de dominación, ideas que permanecen vigentes sobre la actualidad africana a más de 50 años de su lucha.
En 2020, la revista BBC World Histories Magazine incluyó a Amílcar Cabral entre los cinco mejores líderes de todos los tiempos, al lado de figuras de la talla de Maharajá Ranjit Singh, Winston Churchill y Abraham Lincoln. De ese tamaño es su legado, inversamente proporcional al tamaño de los países por los que peleó por su independencia.
Amílcar Lopes da Costa Cabral – su nombre completo – nació el 12 de septiembre de 1924 en la ciudad de Bafata, en la entonces Guinea Portuguesa (hoy Guinea-Bissau), una colonia ubicada en la región histórica de Senegambia y encajonada entre los territorios franceses de Guinea (también conocida como Guinea Conakry) y Senegal.
A pesar de que nació en esta colonia, sus padres provenían del archipiélago de Cabo Verde, ubicado a unos 450 kilómetros al oeste de las costas de África Occidental. Aquellas islas no hacen honor a su nombre: lejos de ser verdes, son semiáridas.
De origen volcánico, estuvieron deshabitadas hasta el siglo XV, cuando los navegantes portugueses se aseguraron su control, y gracias a su ubicación, se convirtieron en un punto estratégico dentro de la ruta del comercio transatlántico de personas esclavizadas africanas con rumbo hacia las Américas.
El expolio de sus recursos naturales mediante la deforestación y el pastoreo excesivo causaron sequías periódicas acompañadas de hambrunas terribles a lo largo de cinco siglos, provocando oleadas de emigración que llegaron tan lejos como a la costa este de Estados Unidos.
Precisamente a causa de estas terribles sequías y hambrunas los padres de Amílcar tuvieron que abandonar las islas de Cabo Verde. En aquel tiempo, la población caboverdiana era considerada civilizada, ya que la mayoría de hablaba portugués, era cristiana y abrazó parte de la cultura occidental.
Por ello, a pesar de las duras condiciones, la familia de Cabral retornó a aquellas islas, desde que era niño, donde comenzó sus estudios en condiciones de vulnerabilidad económica. Se estima que, durante la juventud de Cabral, 75 mil personas murieron por hambre, y que al inicio de la contienda por la independencia era más gente la que había fallecido que la que habitaba el país en ese momento.
Estos hechos influyeron poderosamente en la formación política, intelectual y profesional de Amílcar Cabral, quien se interesó por estudiar agronomía con especialidad en edafología (ciencia del suelo), obteniendo en 1945 una beca para estudiar en la Universidad de Lisboa, la capital portuguesa, cuando tenía 21 años.
Entonces gobernaba en Portugal un régimen fascista desde 1926 al mando de António de Oliveira Salazar, creador del régimen del Estado Novo, y a quien después desafió con su lucha.
Aquí conoció de cerca la situación económica de la metrópoli, que a pesar de que era una potencia colonial europea, seguía siendo económicamente un país subdesarrollado, con déficits de infraestructura, modelos de propiedad feudales y predominio militar en todas las esferas de la sociedad.
También aquí comenzó su activismo político, donde apenas existía espacio democrático y la oposición desarrollaba sus actividades en la clandestinidad. Con personalidad carismática, además de inteligente, líder innato y formidable escritor, en Lisboa conoció a intelectuales europeos opuestos al colonialismo y a miembros de la resistencia portuguesa contra el fascismo.
Estudió escritos socialistas de Brasil, las experiencias de racismo y privación de la población afroamericana en Estados Unidos y las afirmaciones de los teóricos de la negritud, de quienes posteriormente se distanciaría de forma crítica. De igual forma, siguió de cerca acontecimientos que sacudieron al mundo colonial, como la independencia de la India (1947) y la Revolución China (1949).
Entró en contacto con el Partido Comunista Portugués (entonces ilegal) a través de su ala juvenil, y frecuentaba la Casa de Estudiantes del Imperio (CEI), donde tejió lazos con otros estudiantes oriundos de territorios portugueses coloniales, entre los que destacaron Agostinho Neto de Angola y Eduardo Mondlane de Mozambique, que en el futuro también se convirtieron en líderes del movimiento de liberación en sus respectivos países.
Después de licenciarse, realizó investigaciones agronómicas en el sur de Portugal, región marcada por una enorme desigualdad en la propiedad de la tierra. En 1952 volvió a Guinea para dirigir el Centro Agronómico de Bissau. Aprovechando su función oficial, Cabral realizó el primer censo agrícola de Guinea Bissau, lo cual le brindó la oportunidad de viajar por todo el país y familiarizarse con su topografía y economía, así como la diversidad de pueblos, costumbres y tradiciones.
Detectó la degradación de los suelos por cultivos de exportación. Al mismo tiempo, aprovechó para investigar las raíces culturales e históricas de los distintos grupos étnicos y observó que había formas de resistencia pasiva en contra del colonialismo que, aunque no habían tenido la suficiente fuerza durante siglos de dominación, podían transformarse en resistencia activa.
Esta inmersión en la realidad socioeconómica de este país y sus habitantes contribuyó a la creación de un texto político titulado “Breve análisis de la estructura social de Guinea”, verdadero referente obligado para conocer a fondo la diversidad social y la realidad de la clase campesina en este país.
Entre otros temas, en su texto expone el sentido de las comunidades aldeanas, (prácticamente desconocidas hasta ese momento), la estructura socioeconómica de los principales grupos étnicos de Guinea-Bissau y su relación vis-à-vis con el régimen colonial (en la que distingue entre jefes étnicos y la comunidad).
Identificó correctamente la naturaleza del colonialismo portugués, destacando sus mecanismos de explotación y el despliegue de estrategias para destruir las culturas locales a partir de la negación de su humanidad histórica. Esos intentos de aniquilamiento se sintetizaban en la expresión del dictador Salazar: “África no existe”.
Esta experiencia fue crucial para Cabral, que siendo educado en Cabo Verde y Portugal, no poseía un conocimiento real de Guinea-Bissau ni del África continental. De igual forma perfeccionó su praxis revolucionaria y su conciencia social, identificándose con la historia y la cultura de la entonces Guinea Portuguesa y de las islas de Cabo Verde, por lo cual, desde su perspectiva era fundamental reunir en un solo movimiento anticolonial a caboverdianos y guineanos.
Su asombrosa capacidad de adaptar su pensamiento a ambas dinámicas socioeconómicas y cotidianas locales fue la clave para sus éxitos militares. Sin abandonar su puesto, inició su actividad política con la organización de reuniones entre vecinos, pero alguien lo delató ante las autoridades coloniales.
De acuerdo con el relato de su hermanastro Luiz Cabral, el gobernador portugués de Guinea afirmó que Amílcar y los rebeldes locales eran el equivalente de los Mau Mau de la entonces colonia británica de Kenia, por lo cual sus actividades generaron la desconfianza de la administración colonial, que no solo lo destituyó de su cargo en 1955, sino que le prohibió permanecer en Guinea.
Lejos de ser un obstáculo, su destierro representó la oportunidad de organizar mejor el movimiento de liberación nacional, adoptando una estrategia panafricana, una característica en común entre todos los grandes líderes y personajes africanos del siglo XX, pero que Amílcar Cabral la llevó más lejos, al unificar en un solo movimiento a dos pueblos que no tenían nada en común, más allá de compartir idioma y opresor colonial.
Y así como los libertadores de América del Sur, quienes defendieron con arrojo y valentía las banderas de Perú, Argentina, Chile, Colombia, Venezuela, Ecuador y Bolivia sin distinción de fronteras, Amílcar Cabral hizo lo propio en la tierra donde nació, en la de sus padres y apoyó la lucha en el resto del África lusófona.
Cabral radicó en la isla de Santo Tomé (otra colonia portuguesa en África) por un breve periodo, y luego aceptó un empleo en una empresa privada en Angola, donde realizó más estudios de suelo y producción agrícola.
Mientras estuvo en este país de África del sur, Cabral participó en la constitución del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), confirmando su visión panafricana de solidaridad y unidad frente al colonialismo europeo y todas las formas de imperialismo.
En 1956 regresó a Guinea-Bissau de manera ilegal para fundar, junto con otras cinco personas, incluido su hermanastro Luíz, lo que sería el Partido Africano por la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), el 19 de septiembre.
El PAIGC empezó con actos de sabotaje en ambos países, lo que provocó una ola de arrestos de sus simpatizantes. Pero el punto de inflexión de la lucha llegó el 3 de agosto de 1959, cuando el régimen colonial reprimió con brutalidad una manifestación de trabajadores portuarios en el del muelle de Pidjiguiti, en Bissau, con un saldo de 50 fallecidos y 100 heridos.
Eran los años más álgidos de la Guerra Fría y el gobierno fascista portugués era aliado de Estados Unidos, que veía los movimientos independentistas como una gran amenaza a sus intereses, y buscó frenar a como fuera lugar cualquier movimiento que tuviera carácter socialista.
En 1960, los movimientos de liberación de las colonias portuguesas en África idearon una estrategia común y escogieron a Conakry, capital de Guinea (independiente de Francia desde 1958), como base de apoyo para desplegar campañas internacionales de difusión.
Sin duda, de todos los movimientos, el PAIGC de Amílcar Cabral fue el mejor organizado y el que infringió con mayor facilidad derrotas al ejército portugués, a pesar de su diversidad. Aunque todos sus líderes eran de origen caboverdiano, no todas las organizaciones nacionalistas solían ser favorables a la unión con Guinea-Bissau.
A partir de 1962, se fundaron bases militares en los lugares y aldeas más aislados del territorio guineano, con el despliegue de las guerrillas. Poco después, esas aldeas remotas fueron el inicio de las zonas liberadas.
Cabral realizó una gira por los países africanos independientes (Ghana, Senegal, Guinea, entre otros), y los miembros del PAIGC comenzaron su entrenamiento militar en Argelia y China. Tras varios años de preparación, habiendo acumulado fondos, armas ligeras y formación en combate, el PAIGC lanzó su lucha armada el 23 de enero de 1963 con ayuda de la Unión Soviética, Checoslovaquia y China. Este fue el inicio de más de diez años de lucha armada.
Al principio, el PAIGC trató de captar apoyo entre la minúscula clase obrera y los sectores urbanos pobres. Pero ni Guinea-Bissau ni Cabo Verde eran sociedades obreras, sino campesinas. Consiente de su debilidad, el PAIGC decidió actuar en el medio rural.
En este punto Cabral decidió aprovechar el trabajo sobre la sociedad campesina que realizó años antes, que retrataba las diferencias étnicas, religiosas, relaciones de género, organización sociopolítica y contradicciones en materia de propiedad de la tierra.
Cabral concluyó que la clase campesina debía ser la principal fuerza física del movimiento, mas no el sustituto natural de la clase obrera como la fuerza revolucionaria. En ausencia de una clase capitalista nacional, se propuso que fuera la pequeña burguesía – situada entre el Estado colonial portugués y las masas colonizadas – la que ocupara este lugar, así como desempeñar las funciones del poder estatal una vez conseguida la descolonización.
Esta clase intermedia, según Cabral, se hallaba en una encrucijada y podía sucumbir a su tendencia natural en convertirse en burguesía y como clase al servicio del capital extranjero. O bien, podía renacer como clase trabajadora revolucionaria, plenamente identificada con las profundas aspiraciones del pueblo. En una frase célebre, Amílcar Cabral resumió su idea: “traicionar la revolución o suicidarse como clase”.
Con la incorporación a sus filas de campesinos pauperizados, olvidados y explotados del interior de Guinea-Bissau, que jamás podían progresar, como subrayaba Cabral, su pensamiento se transformó en un humanismo radical y creativo, cimentado en la justicia social para todos los explotados.
Cabral entendía que las palabras son vacías y carentes de significado para la gente si no se traducen en una mejora real de sus condiciones de vida. Como teórico y estratega de la liberación nacional, insistía en no confundir sus pensamientos con la realidad concreta del país, manifestando los límites de las visiones externas. Consideraba que era un error imitar las experiencias de otras luchas similares pasadas.
Sus escritos se distinguen por su creatividad basada en la búsqueda de la justicia social para los sectores más explotados. Tenía un profundo sentido de la historia y del papel de los movimientos de liberación nacional en la dinámica internacional. Escribía de todo: poemas y cuentos para niños, informes técnicos de agronomía, ensayos teórico-políticos e informes en torno a la situación de lucha dirigidos a sus compañeros de partido.
El denominador común de sus textos es la ausencia de visiones pesimistas o fatalistas. La cultura y la liberación nacional son los temas en torno a los cuales Cabral escribía de manera sistemática.
Era además un buen orador, y poseía una gran capacidad de análisis, observación y adaptación al medio y a circunstancias inesperadas. Tales habilidades le permitieron conectar con todas las clases sociales que integraban Guinea-Bissau y Cabo Verde, desde el campesino hasta el intelectual. Siempre partió de la teorización de su realidad concreta, poniéndolas en práctica, y tenía la habilidad para “aprender de sus errores”.
Nunca se consideró marxista, y evitaba escribir en esos términos. Es indudable la influencia de pensadores como Álvaro Conhal, Rosa Luxemburgo y Frantz Fanon, así como el uso del materialismo histórico como metodología para el análisis histórico y político de la realidad social de Guinea-Bissau, pero con un esfuerzo consciente para evitar los dogmatismos, y actuar y pensar como nacionalista africano.
Desarrolló su pensamiento a partir de lecturas relacionadas con la historia de África, el conocimiento empírico de las culturas de los pueblos guineanos y del colonialismo portugués, pero también de su experiencia, primero como agrónomo y después como líder de un movimiento anticolonial.
Siendo él un ingeniero agrónomo, llama poderosamente la poca atención que los expertos y sus biógrafos dedican al análisis del campo y la agricultura como determinantes del pensamiento político de Cabral. Sin embargo, este aspecto es clave para comprender su pensamiento político, ya que, como él decía, ser agrónomo es el mayor acto de rebeldía política en su país.
El sistema agrícola colonial era desventajoso e incompatible con las estructuras productivas africanas. Introdujo la propiedad privada de la tierra, desplazó a numerosas pequeñas explotaciones de sus terrenos, cercó tierras que las comunidades compartían y dejó muchos suelos degradados y vulnerables a la erosión, todo con tal de maximizar las tasas de ganancia.
Cabral sostenía que el suelo no debía estudiarse únicamente desde la perspectiva de sus características físicas, tales como su composición, el clima, la vegetación y el paisaje. Consideraba que también era preciso tener en cuenta su historia, la manera en que las poblaciones habían utilizado la tierra y la forma en que el colonialismo la había transformado.
Por tanto, la fertilidad del suelo era el resultado de las interacciones entre los seres humanos y el suelo, incluidas aquellas vinculadas a la explotación colonial y capitalista. En este sentido, los trabajos agronómicos de Cabral no se limitan a la parte técnica y científica, sino que se complementaban con lecturas de textos históricos y a proponer acciones que persigan la soberanía, libertad y prosperidad de los pueblos a nivel local.
La labor agronómica de Cabral se basaba en una observación minuciosa, el compromiso social, toma de decisiones profundamente arraigadas con la experiencia y la resistencia a la explotación ecológica. A diferencia de la agricultura colonial, aplicaba un enfoque más participativo, de gestión local o centrados en la conservación, que privilegiaban métodos agrícolas orientados a aumentar la producción en lugar de proteger los suelos para el futuro.
Ofrecía un marco convincente para la transformación de los sistemas alimentarios, fundamentado en la soberanía nacional y la resiliencia ecológica. La acertada observación de Cabral de que “defender la tierra es defender al ser humano” nos invita a preguntarnos qué cambiaría si consideráramos la liberación de los pueblos como algo inseparable de la fertilidad de los suelos.
El mensaje central de Cabral es claro: no se puede disociar la liberación de la tierra de la de los pueblos. Sus escritos son mucho más que una simple crónica técnica de su labor agrícola. Ofrecen también un marco político y filosófico que permite repensar el futuro de África. En esta visión, cuidar la tierra es el fundamento de la autodeterminación.
Cabral nos dejó numerosas enseñanzas concretas sobre el proceso de restauración de suelos, la adopción de modelos y cultivos agrícolas locales, así como la consigna de que las ciencias agronómicas debían ser la “ciencia del pueblo”, construyendo puentes entre científicos, agricultores y políticos a través de una perspectiva esperanzadora y soluciones de diálogo con la tierra y sus habitantes.
Como buen científico, Cabral cuestionó y desafió prejuicios de la sociedad guineana. Por ejemplo, ponía en tela de juicio la creencia de que el relámpago era “signo de la cólera de Dios”. También criticó la poligamia e impulsó la emancipación de las mujeres, que debían participar en condiciones de igualdad con los hombres, tanto en la sociedad como en el PAIGC, tema sensible en África en la década de 1960, en la medida en que era contrario a las estructuras patriarcales locales.
Mencionaba con cierta frecuencia que el objetivo de la lucha no era simplemente el fin del colonialismo portugués, sino la liberación nacional, entendida como la transformación de todas las estructuras de opresión, lo que exigía construir una nueva sociedad.
Al mismo tiempo que se desenvolvía la lucha por la independencia, el PAIGC comenzó a crear instituciones para la gente de las zonas liberadas, con la promesa implícita de lo que debería significar la independencia y la libertad: escuelas, centros de salud, tribunales, comercios populares.
Se promovió el cultivo de alimentos para la subsistencia, la producción artesanal y la creación de pequeñas empresas industriales. La estructura política incluyó espacios reservados para las mujeres, siendo una de las primeras grandes experiencias en materia de democracia participativa en África.
Para Cabral, conocer y difundir la historia de los pueblos africanos era fundamental para su propósito, en la medida en que el movimiento de liberación nacional estaba determinado por la realidad histórica de cada pueblo.
En este sentido, la independencia no era algo exportable, sino un producto local, nacional, más o menos influido por factores externos (favorables y desfavorables). En un discurso realizado en La Habana, en enero de 1966, aseguró que:
“La liberación nacional es el fenómeno que consiste en que un conjunto socioeconómico concreto niegue la negación de su proceso histórico […] es la reconquista de su personalidad histórica y su retorno a la historia, previa destrucción de la dominación imperialista a la que estaba sometido […] no es poner en práctica las resoluciones de la ONU, sino liberar verdaderamente las fuerzas productivas de nuestro país para ponerlas al servicio de nuestro pueblo […] es la expresión más compleja de la vigencia cultural del pueblo, de su identidad y su dignidad, enriquece su cultura y abre nuevas perspectivas de desarrollo […] En suma, el fundamento de la liberación nacional reside en “el derecho inalienable de cada pueblo a tener su propia historia”.
La cultura era para Cabral otro gran frente de resistencia y lucha. En tanto fruto de la historia de un pueblo, era arma y escudo al mismo tiempo. En su opinión, la cultura es la expresión dinámica de las relaciones sociales, entre seres humanos y la naturaleza. La centralidad de la cultura nacional fue un gran acierto, valiéndose de ella como un contrapeso natural a la pauta opresiva del colonizador.
Sin embargo, la cultura nunca es estática, y a partir de su visión, debería ser forjada por el movimiento de liberación nacional. Para ello, inyectó una dosis de nacionalismo a la comunidad para transformar sus mentes, aniquiladas por décadas de colonialismo, que pretendían reducirlos a una categoría subhumana como genéticamente “salvajes”.
En sus palabras, el movimiento de liberación debía basar su accionar en el conocimiento profundo de la cultura del pueblo y marcar la senda del progreso. Remarcó el papel de la cultura como factor de resistencia al dominio extranjero, e indicó que sólo aquellos pueblos que lograsen conservar su cultura resultarían victoriosos.
Por tanto, los colonialistas europeos cometieron el error de subestimar las culturas africanas. Intentó reafricanizar para detener el avance de la cultura portuguesa, insertada en el corazón de la sociedad africana dominada, y es ahí mismo donde surge, en un momento preciso, la resistencia cultural como expresión de la lucha popular, que puede asumir una forma pasiva y silenciosa.
En su pensamiento, el concepto de pueblo ocupaba un lugar central, como el verdadero destinatario del poder. Para conquistarlo, habría que apoyarse en el partido (el PAIGC). Partiendo del precepto de que la lucha es una condición normal de los seres humanos, la conquista del poder por el pueblo debía tener como fin la transformación de las condiciones de vida de la población.
Anteponer el bienestar del pueblo fue una de sus principales armas políticas e ideológicas, cuya construcción ideológica la realizó en trasposición del enemigo: el colonialismo portugués. A partir del análisis de las raíces de la dominación acabó encontrando la base de la identidad nacional caboverdiana y guineana, consiguiendo juntar a la mayoría de la población en pro de su objetivo.
Pero ahí no termina su razonamiento. También advierte de los peligros del neocolonialismo y no bajar los brazos. Amílcar Cabral fue testigo de cómo el proceso independentista africano se vio auspiciado y manipulado por las mismas potencias coloniales, y considerando los resultados, no estaba nada equivocado en sus preocupaciones.
Consciente de que el combate al neocolonialismo y el imperialismo era un asunto mundial que excedía al PAIGC. Más adelante, llegó a reconocer que su lucha se circunscribía en un combate entre todos los pueblos contra todas las formas de opresión, ya sea el colonialismo, imperialismo o el Apartheid. “Un hombre que muere en Guinea defiende indirectamente Angola y Mozambique”, decía Cabral.
Antes y durante su campaña, Cabral dejó claro que su prioridad era la lucha política: romper el muro de silencio construido en torno a la subyugación de pueblos africanos por parte de Portugal, no con su pueblo, sino con el Estado fascista y sus agentes, que se obstinaron en mantener tres guerras en paralelo, conservando al pueblo portugués en la ignorancia.
Viajó incansablemente para combatir lo que él llamó como lusotropicalismo: el colonialismo portugués adaptado a los pueblos. Decía que el colonialismo no se introdujo en la historia de los pueblos africanos, sino que interrumpió su historia, y que al tomar las armas para liberarse era un acto de volver a esa historia, bajo sus propios medios y sacrificios.
Además de denunciar los abusos del colonialismo, también era contrario a la explotación del pueblo por su propia gente. Si se pretendía crear una nueva sociedad, no podía haber lugar para el egoísmo, el oportunismo, la cobardía y los prejuicios. Los cuadros dirigentes debían ser seleccionados de lo mejor de la gente, con verdadera vocación de servicio, debiendo infundir la crítica y la autocrítica.
Cabral fue un pensador crítico y creativo. Él nunca separó la secuencia pensamiento y acción, como tampoco cambió su orden. Afirmaba que la transformación del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y su sistema de propiedad es lo que se denomina revolución.
Organizaba seminarios para compartir sus reflexiones con sus compañeros los aspectos de la lucha en Cabo Verde y Guinea-Bissau. Esta era una de sus formas de luchar contra el caos y el desorden de la lucha armada. En el primer congreso del partido, en Cassaca, en febrero de 1964, las unidades guerrilleras que habían operado de forma independiente, que posteriormente se fusionaron y crearon un ejército popular controlado por la dirección política.
El PAIGC se enfrentó a la propaganda portuguesa, que, a través de la radio, pretendía poner a los guineanos contra los caboverdianos. Cabral subrayó que la lucha de liberación incluía a todos ellos, y afirmó que la parte continental no podía ser independiente si el archipiélago continuaba bajo el colonialismo.
La guerra por la independencia de Guinea-Bissau obligó al Estado portugués a reemplazar cuatro veces al gobernante militar de la colonia. Cabral negoció ayudas en forma de azúcar, tabaco y uniformes de Cuba, seguidas de asesores militares y médicos. Suecia brindó alimentos, ropa y medicinas.
El enemigo también contó con apoyos, especialmente de los países de la OTAN. Sin embargo, el ejército portugués sufría derrota tras derrota a manos de la guerrilla encabezada por Amílcar Cabral.
El papa Paulo VI lo recibió en la Conferencia Internacional de Apoyo a los Pueblos de las Colonias Portuguesas en Roma (1970), que dejó sin argumentos al sector católico portugués que apoyaba la guerra colonial.
Con claro y decidido liderazgo, en abril de 1972 una misión de Naciones Unidas reconoció al PAIGC como legítimo y verdadero representante del pueblo de Guinea-Bissau y Cabo Verde. Esto representó un gran triunfo de legitimidad.
Hubo varios intentos de matar a Cabral. El más conocido fue en noviembre de 1970, cuando la sede del PAIGC en Conakry fue destruida por el ataque de un comando portugués. Ese incidente fue denunciado y condenado por la Organización para las Unidad Africana (OUA) y la ONU como una agresión que pretendía liquidar a Cabral y derrocar al gobierno de Sékou Touré, de Guinea.
Insistieron tanto hasta que finalmente lo desvivieron. El 20 de enero de 1973, a los 48 años, Amílcar Cabral fue asesinado en Conakry, donde aún operaba la dirección del PAIGC en el exilio. Definir realmente quién mató a Amílcar Cabral es equivalente a la pregunta de quién mató a John F. Kennedy.
Lo que se sabe es que dos de los autores materiales del homicidio eran parte de las filas del partido nacionalista, lo cual revela que no todo era unidad al interior del PAIGC, si se considera la tesis de un complot ‘desde adentro’”.
Aunque fueron arrestados y enjuiciados en Conakry los dos asesinos, 50 años después de los hechos todavía se desconocen los aspectos fundamentales de la trama criminal y los nombres de los que lo traicionaron. No obstante, todas las pistas apuntan al Estado Novo como el principal responsable del cobarde asesinato de Cabral.
En ese momento, el PAIGC controlaba dos tercios del territorio de Guinea-Bissau. Cabral afirmaba que él era tan sólo uno más en el movimiento de liberación, cuya fuerza residía en su base popular y cuyo objetivo era la construcción de una sociedad más justa. Cual profecía, su muerte no impidió la independencia de Guinea-Bissau, que se declaró el 24 de septiembre de 1973, ni tampoco la de Cabo Verde, el 5 de julio de 1975.
Catorce años de guerras anticoloniales en África dieron pie en Portugal a la Revolución de los Claveles, que comenzó en Lisboa el 25 de abril de 1974. El nuevo régimen puso pronto en marcha el traspaso de poder en todas las colonias africanas a los movimientos de liberación.
Estos acontecimientos parecían el primer paso en la concreción del ideal libertario de Cabral. Sin embargo, el país donde luchó (Guinea-Bissau) cayó, a corto plazo, en una espiral de corrupción, violencia y golpes de Estado que sometieron a los más desprotegidos a nuevas formas de explotación.
Su asesinato fue el inicio del fin del sueño libertario en Guinea-Bissau. Aunque el PAIGC dio los primeros pasos hacia una federación entre Cabo verde y Guinea-Bissau, y gobernó ambos países, en 1981 João Bernardino Vieira accedió al poder en Guinea-Bissau mediante un golpe de Estado y fue hostil a la unión con las islas de Cabo Verde.
Ante esta situación, el gobierno caboverdiano ratificó los principios de Cabral, y el partido cambió de nombre a Partido Africano para la Independencia de Cabo Verde (PAICV), separándose orgánicamente del partido de Guinea. Entonces las relaciones entre ambos países se tensaron, y aunque después se normalizaron gracias a la mediación de Samora Machel, presidente de Mozambique, se abandonaron definitivamente los planes de unión.
Esto no era lo que hubiera querido Cabral. El triunfo que le costó la vida fue parcial en todos los aspectos, pero el simple hecho de embarcarse en esta proeza merece gran y merecida gloria.
Dirigió una de las pocas luchas en donde un pueblo colonizador derrotó al colonizado y alcanzó la libertad, hecho muchas veces ignorado. Por si fuera poco, en Portugal se le honra por contribuir de manera indirecta a la caída del régimen fascista. Resulta irónico que un rebelde sea reconocido en la metrópoli a la que combatió, pero esta premisa es cierta en este caso.
De la misma manera, Cabral se ha erigido como uno de los grandes referentes de la época de las independencias de África junto a otras figuras como Patrice Lumumba, Kwame Nkrumah y Jomo Kenyatta. Gracias a él, se pudo coordinar y articular la lucha de las posesiones portuguesas contra el colonialismo.
Amílcar soñó muy alto a la hora de imaginar la independencia, bajo un solo movimiento, de dos países cuya realidad colonial, social, tribal y económica muy diferente. Los caboverdianos son mestizos, mientras que los guineanos pertenecen a diferentes tribus, con otras ambiciones y deseos, lo que generó muchas tensiones intestinas.
Para ello, tuvo que ejercer la autoridad de una forma que podría ser cuestionable: un exceso de liderazgo o de concentración de poder en su persona, que quizá él entendía que era la única forma de asegurar el éxito, pero que también granjeó ciertos desequilibrios.
En general, los que estaban al frente de la lucha armada eran los guineanos, mientras que los caboverdianos estaban más en la retaguardia y en la parte estratégica. Unir a estos dos países en una lucha común fue algo tremendamente dificultoso que comprometió su vida.
Aunque logró unirlos en torno a la lucha por la liberación anticolonial, hoy Guinea-Bissau y Cabo Verde son dos países independientes distintos, pero por diversas razones no terminan de arrancar y convertirse en esos países justos y progresistas que pretendía Amílcar Cabral, y por los que emprendió la lucha armada e intelectual.
Pese a su prematuro fallecimiento, Amílcar Cabral es uno de los principales referentes en la historia contemporánea de África. Aunque en ciertas partes del continente se evita la difusión de su pensamiento, por ser considerado como subversivo, sus ideas y pensamiento continúan presentes entre activistas e intelectuales de muchas partes del mundo. En Cabo Verde sigue siendo considerado como el personaje más importante del archipiélago, cuyo Aeropuerto Internacional de la isla de Sal lleva su nombre.
Dejó para la posteridad muchos escritos, discursos e ideas. Su amplio acervo ha sido dado a conocer al mundo gracias a la edición realizada por su partido, el Centro de Intervenção para o Desenvolvimento Amílcar Cabral (CIDAC) de Lisboa, la Fundación Amílcar Cabral y, más recientemente, por el investigador e historiador bisauguineano Julião Soares Sousa.
En un momento en que hacen falta referentes políticos, la figura de Amílcar Cabral cobra mayor importancia. Para los países latinoamericanos, cuya lucha por la independencia se consiguió mediante las armas, es un personaje que nos debería de interesar y dar visibilidad. A fin de cuentas, su lucha fue universal, y por eso su memoria continuará presente en el siglo XXI.
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