La diáspora africana y sus conexiones en el Caribe y las Antillas

Miren a África, donde un rey negro será coronado, porque el día de la liberación está cerca.

Esta es la profecía que Marcus Mosiah Garvey – predicador, periodista y empresario jamaicano – lanzó en 1920. Sus palabras rápidamente encontraron eco en muchos de sus compatriotas, sintiéndose identificados. Para todos ellos, África es la tierra prometida, el hogar de sus ancestros, de donde fueron sustraídos como esclavos. Pero su destino era regresar al continente en libertad.

Hartos del racismo, la discriminación y de la segregación racial, esta empresa va más allá de la emancipación política. Se trata de una auténtica rehabilitación ontológica y cultural del afrocaribeño, de darle a su existencia un pleno sentido de pertenencia a una comunidad, así como de alcanzar la justicia social.

El sistema esclavista de los siglos XVI al XIX convirtió a las islas del Caribe y las Antillas en una extensión del continente africano, por lo que, desde el punto de vista de los esclavos y sus descendientes, África es el espejo donde se ven reflejados.

No obstante, el propósito de este texto no es abordar la esclavitud africana en el Caribe y las Antillas – tema complejo bastante abordado por la academia – sino en presentar a estos espacios geográficos como un apéndice del continente africano y el principal nodo de la diáspora africana.

Esta perspectiva nos ayudará a comprender de mejor manera la actualidad política y cultural en ambos lados del Atlántico, así como las expresiones y manifestaciones de la identidad afrocaribeña, presentes en un enorme cúmulo de actividades.

Desde el instante en que el esclavo africano puso el pie en suelo americano, la influencia africana se convirtió en una pieza indisociable del destino de ambas regiones. Llegaban para cumplir la misma encomienda: trabajar en condiciones de esclavitud y servidumbre.

Las islas y archipiélagos pasaron de mano en mano durante siglos, pero con una constante: los europeos trajeron miles de esclavos de África a trabajar en las plantaciones, ya sea de tabaco, algodón o de azúcar. La población aborigen fue prácticamente exterminada, y tras la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, llegaron trabajadores asiáticos. Esto último es algo muy importante de debemos resaltar.

Pero el flagelo de la esclavitud, la segregación racial, la servidumbre ni los “esfuerzos de civilización” impuestas desde las élites políticas y religiosas lograron que la huella cultural africana desapareciera. Mas que un lugar de ruptura, las islas del Caribe y las Antillas se convirtieron en un espacio de reconfiguración, sobre todo a nivel político y cultural, desde Cuba hasta las Guayanas.

A continuación, se presenta el documental La esclavitud y el legado cultural de África en el Caribe, que muestra la esclavización de millones de africanos y su traslado a América, así como la estigmatización que durante siglos han vivido ellos y sus descendientes.

Ser esclavo en América no alejó al afrodescendiente de ciertas prácticas socializadoras africanas, sino todo lo contrario: las reforzó. Valores éticos como la solidaridad, el respeto, la familia extensa, la alegría (pese a su condición), la música, las rimas y los versos forman parte de una memoria colectiva que fluyó de boca en boca, y de generación en generación. Esta inmaterialidad y oralidad fueron sus principales armas para sobrevivir.

Y a diferencia de las colonias americanas donde se produjo el mestizaje, como la Nueva España (México), en el Caribe y las Antillas los afrodescendientes adquirieron mayor conciencia de clase y, por ende, estuvieron mejor organizados. Aquí surgieron las primeras comunidades cimarronas de América y los primeros ejemplos de autodeterminación africana.

A pesar de ello, la dispersión geográfica y la diversidad étnica presente entre cada isla derivó en una reconfiguración cultural donde cada una de ellas presentaba características únicas y singulares, resultando en un proceso de creolización en función de los recursos disponibles, la potencia o potencias europeas a la que pertenecían y los grupos originarios que pudieron sobrevivir.

Dado que las potencias europeas de ultramar requerían de una abundante mano de obra esclava para el sostenimiento del sistema económico, desde un principio estallaron conflictos por la gestión y control de la población esclava y negra.

El Código de Barbados de 1661 fue la primera Ley que se aprobó para estandarizar los procedimientos para administrar las poblaciones crecientes de esclavos en los dominios ingleses. Posteriormente este código sirvió de modelo para otras potencias, y se crearon los de Santo Domingo, Luisiana y las Antillas Francesas.

A lo largo de tres siglos (XVI a XVIII) la historia de aquellas colonias se resume en racismo, explotación laboral, segregación racial, exterminio de indios, rebeliones y represión.

La independencia de Haití – conseguida en 1804 después de 13 años de lucha contra los franceses – representó un auténtico punto de inflexión. Considerado como el primer y único levantamiento de esclavos que logró la independencia nacional, este evento fue un catalizador que infundió miedo a las potencias coloniales e inspiró futuras generaciones de luchadores de la libertad.

Liderados por el General Jean-Jaques Dessalines, los haitianos enviaron un mensaje de dignidad racial, resistencia cultural y autonomía política, desafiando nada más y nada menos que a la potencia que alababa la razón y la libertad del hombre frente a las tiranías.

La recién nacida Haití jugó un papel decisivo en las independencias del resto de Latinoamérica. Es más, la única condición que Alexandre Pétion, su presidente, puso al libertador Simón Bolívar para apoyar su causa fue la emancipación de los esclavos, y la bandera de la Gran Colombia fue izada por primera vez en Haití.

Pero el suceso también tuvo repercusiones en África. Al verse a sí mismos como “hijos de África”, la lucha por la libertad en el Caribe también es la lucha de la libertad africana, y viceversa.

Una primera respuesta tras la conquista de la libertad política fue la emigración masiva de población negra. El principal ejemplo lo representa la Sociedad Estadounidense de Colonización, que desde 1816 formó establecimientos en África Occidental con esclavos libertos en Norteamérica, de cuyo núcleo surgió la República de Liberia.

Posteriormente, las sucesivas aboliciones de la esclavitud en el Caribe y las Antillas a lo largo del Siglo XIX potenció un problema central en el seno de sus sociedades: la irrupción de un sector de “negros libres”, ilustrado, y otro menos favorecido que continuaba trabajando en condiciones de esclavitud, aunque ya no todos en plantaciones.

Nuevos sectores sociales empezaban a emerger como protagonistas, principalmente trabajadores portuarios y petroleros, quienes tenían mayor preparación y organización interna, dando pie a un incipiente sindicalismo.

Al mismo tiempo, entre los isleños comenzaron a aflorar cuestionamientos sobre su existencia, su identidad y ciudadanía. A pesar de que su identidad afrocaribeña ya estaba plenamente consolidada, se sentían atrapados conceptualmente en medio de una multiplicidad de categorías, sin encajar perfectamente en ninguna de ellas.

Al ver que la abolición de la esclavitud no generó, en automático, el acceso a la igualdad, así como la brutalidad con la cual se reprimían las rebeliones (como la de 1865 en Monrant Bay, Jamaica, y la de Georgetown, Guyana, en 1905), se alentaron numerosos debates y reflexiones a partir del último cuarto del siglo XIX.

Durante este mismo periodo las metrópolis europeas comenzaron a redefinir sus vínculos con el Caribe. Si bien Haití fue la primera nación de América Latina y el Caribe en ser independiente, las islas vecinas tardaron mucho más tiempo en alcanzar este mismo estatus.

En el lado oriental de la isla Española, es decir, en la actual República Dominicana, la independencia se proclamó 40 años más tarde (1844), mientras que la República de Cuba surgió hasta mayo de 1902. El resto de la región permanecía en manos extranjeras.

Bajo estas condiciones surgió una nueva doctrina que reveló con toda su lucidez las relaciones de interdependencia entre el continente africano y su diáspora en el Caribe y las Antillas: el panafricanismo.

En primera instancia, destacaron el trinitense Silvester Williams y el norteamericano William Edward Burghardt du Bois como los constructores de este concepto quienes, a través de la Asociación Africana, fundada en Londres en 1897, buscaban establecer vínculos de solidaridad y articulación entre la población de origen africano y la diáspora, aunque ésta se circunscribía al Imperio Británico de la época.

Ésta fue la primera organización de su tipo. Pronto se transformó de Asociación Africana a Panafricana, lo cual implicó un cambio de paradigma: luchar contra la discriminación racial y promover el orgullo por las culturas africanas. En 1900 organizó el Primer Congreso Panafricano, también en Londres.

En aquella época la capital inglesa era el principal centro económico mundial, y allí estaban reunidos los principales intelectuales africanos, americanos y europeos, por lo cual no debería sorprendernos el papel decisivo de las ciudades europeas más grandes, que también incluyeron a París y Manchester.

En los primeros congresos panafricanistas se trataron asuntos relacionados con confiscación de tierras, los efectos perversos del colonialismo europeo y la discriminación racial, tanto en América como en África. Su pensamiento también redefinió las teorías del colonialismo, el marxismo, la negritud y la modernidad, clamando un retorno a África y a la unidad de los pueblos negros.

Paradójicamente, regimientos de caribeños participaron en campañas de conquista colonial europea en África, como en las guerras contra los Ashanti, donde estuvieron acantonados en Sierra Leona. También participaron en campañas en África Central (Camerún) y Oriental (Tanganica) contra los alemanes. Y no fueron recompensados ni reconocidos por sus servicios.

La experiencia en guerra moldeó una nueva generación de líderes políticos y sindicales en el Caribe y las Antillas, más radicales que sus antecesores. El principal exponente de esta camada es, sin duda, el jamaicano Marcus Garvey, quien es para muchos expertos el principal exponente del pensamiento afrodescendiente, y con buena razón.

Marcus Garvey durante una convención en el Liberty Hall, en la ciudad de Nueva York. Fotografía: Georgia Encyclopedia.

Así como Moisés organizó a las 12 tribus de Israel y las condujo a la tierra prometida, Garvey quería unificar a la gente negra internacionalmente y el regreso de los afrodescendientes y descendientes de esclavos negros a África. Buen orador y muy popular, se jactaba de ser un “auténtico negro”. Su pureza la convertía en arma contra sus adversarios políticos (que no eran pocos).

La visión de Garvey prioriza la raza, una doctrina radical de nacionalismo negro que se opone a los movimientos comunistas progresistas, revolucionarios e integracionistas del mundo, movilizándose en su propio camino hacia el comunismo y la lucha de clases. Sólo los negros puros podían formar parte de sus organizaciones, formando así una especie de “sionismo negro” o “panafricanismo mesiánico”.

Además de ofrecer una lectura socioeconómica de su isla natal, Garvey conocía la situación de las poblaciones afrodescendientes de Estados Unidos, Centroamérica y América del Sur, y durante su vida se embarcó en la creación de empresas y organizaciones, como la Asociación Universal para el Progreso Negro (UNIA, por sus siglas en inglés), así como la Black Star Line, una línea naviera que facilitaba el comercio y el traslado de afrodescendientes a África.

La imposibilidad de Garvey en transformar a su Jamaica natal en la sede de la UNIA y sus conflictos con Du Bois presentan los límites del tanto del panafricanismo como del nacionalismo caribeño de la primera mitad del siglo XX, pero su proliferación señalaba el potencial de la generalización de la conciencia negra.

Las ideas de Garvey y su movimiento de retorno a África eran una amenaza para Estados Unidos, cuyo gobierno acusó en 1922 a Garvey de fraude postal relacionado con la Black Star Line, y fue encarcelado en Atlanta y años después deportado a Jamaica. Falleció en 1940 en bancarrota y con escasa influencia política.

Pero sus seguidores nunca olvidaron la profecía del Moisés negro de que un rey los salvaría, y vieron en la coronación en Etiopía de Ras Tafari Makonnen (Haile Selassie I) como el anunciado rey. Así surge el movimiento rastafari.

El movimiento se propagó entre los sectores más desfavorecidos, y tomó tintes radicales antisistema. También se extendió a otras islas, como Guadalupe, Martinica, Trinidad y Tobago.

En un principio tuvo una connotación política, proclamando la repatriación al nuevo Zion (Etiopía) tras dejar atrás el cautiverio en “Babilonia” (el sistema colonial opresor europeo), venerando la figura de Haile Selassie.

Llegaron a rendirle culto como a un Dios, Pero el emperador nunca aceptó ni favoreció el título divino que le atribuían los rastas. No obstante, cultivó una relación especial con ellos, y visitó Jamaica en 1966.

En 1968 destinó en la ciudad de Shashamane 500 acres de tierra (de su patrimonio personal) para todos los afrodescendientes que quisieran volver a la tierra de sus raíces. Eran gente pobre que llegaban a un país todavía más pobre. En 2017 el gobierno de Etiopía le dio carnet de identidad a mil rastafaris, la mayoría, jamaicanos, pero con limitantes, como no votar en las elecciones.

Hoy, el movimiento tiene más de un millón de seguidores La inmigración actualmente es escasa, y el movimiento adquirió un mayor carácter sociocultural y religioso que mezcla cristianismo, nacionalismo negro y filosofía africana, que se caracteriza por el uso de cannabis (a nivel sagrado), los colores rojo, amarillo y verde, y la música de reggae como vehículo de mensaje, con Bob Marley como su principal exponente.

La carga simbólica del rastafarismo es impresionante, y desde este punto de vista, la profecía se cumplió. Y en efecto, Haile Selassie fue el principal líder que hizo posible la fundación de la Organización para la Unidad Africana en 1963 bajo el paraguas del panafricanismo.

Sí, esa ideología que surgió del esfuerzo de afrocaribeños fue la que hizo posible la descolonización y la unidad africana. No obstante, de forma irónica y entre indefiniciones y divisiones, los intelectuales y pensadores de la región caribeña no han podido romper completamente el orden colonial impuesto desde la trata esclavista.

La Gran Depresión de 1929 y sus efectos devastadores sobre las sociedades caribeñas fueron el contexto en que se produjo la irrupción violenta de la población en la vida política de la mayoría de las colonias, creando un nuevo escenario en el que la apelación a los ideales del panafricanismo adquirió un nuevo significado que alimentó las luchas por el establecimiento de regímenes democráticos en la región.

La Conferencia de las Indias Occidentales celebrada en Roseau, Dominica, en 1932, analizó la unión de las Antillas, incluyendo las islas de Barlovento (Granada, Santa Lucía, San Vicente, las Granadinas y Dominica) con las de Sotavento (Antigua, Barbuda, Islas Vírgenes Británicas, Montserrat, Saint Kitts, Nevis, Anguila y Trinidad).

La idea de esta Confederación Pancaribeña no se concretó en ese momento, pero fortaleció el nacionalismo caribeño y fue un precursor ideológico de movimientos independentistas posteriores, como la Federación de las Indias Occidentales en 1958, que se disolvió años más tarde.

El fin de la Segunda Guerra Mundial significó el final de la etapa expresiva del panafricanismo, y se reformuló con un objetivo político: la descolonización africana. Este hecho también vino a transformar el pensamiento afrocaribeño, con intelectuales como George Padmore, Frantz Fanon, Aimé Césaire, León Damas y Léopold Sédar Senghor (este último senegalés).

Todos ellos buscaban recuperar del orgullo africano y construir una identidad negra transnacional a través de una nueva vertiente del panafricanismo: la negritud.

Este movimiento se expresa fundamentalmente en un plano estético y literario, pero que tuvo también importantes y trascendentales repercusiones políticas en el Caribe y en África, sobre todo en las colonias francesas trasatlánticas.

Y en efecto, tomando como referencia el contexto parisino y la reconfiguración del imperio colonial francés, se redefinó al martinicano, guadalupense y guyanés como “antillanos-asimilados”. Y los africanos quedaron fuera de esta supuesta distinción. Jane Nardal – escritora nacida en Martinica – en su texto titulado Internationalisme noir (internacionalismo negro) de 1928, apunta lo siguente:

Los Negros de todos los orígenes, de diferentes nacionalidades, costumbres y religiones, vagamente sienten que a pesar de todo pertenecen a una misma raza. Anteriormente, los Negros más asimilados miraron arrogantemente sobre sus hermanos, creyéndose ellos mismos como una especie diferente a ellos; por otro lado, ciertos Negros que nunca dejaron el suelo africano para ser llevados a la esclavitud, despreciaban a los de base, aquellos que por el capricho de los blancos habían sido esclavizados, luego liberados y entonces moldeados a la imagen del hombre blanco.

Así, Nardal expresa la dicotomía interna entre el africano y el caribeño, así como el propio principio promotor de la negritud: la necesidad de resolver las diferencias fabricadas que impiden una política de la “unidad”.

Resolver esta dicotomía era necesaria para la fundación de cualquier política panafricanista. Y todas las teorías panafricanistas sitúan a África como el centro de su significado, como referente político para construir la unidad. De esta manera, la región caribeña queda relegada a un segundo plano.

Con esta base, los grandes exponentes de este movimiento intentan resolver estas diferencias en esa búsqueda de la unidad. Pero cada uno de ellos llega a sus propias conclusiones, y a veces, contrapuestas entre sí.

Frantz Fanon, por ejemplo, hizo un llamamiento a la razón y a la lucha revolucionaria, ya que el proceso para inferiorizar al llamado “negro” fue a través de siglos de dominación y explotación. En su magnífica obra “Piel negra, máscaras blancas”, observó al negro colonizado de las Antillas y lo estudió en múltiples aspectos: a través del lenguaje, sus relaciones amorosas, etc., y reveló la existencia de su alienación.

Del mismo modo, en el artículo Antillais et Africains (Antillanos y africanos) identificó los divisores de las experiencias del “Ser Negro”, que desarrollaban dinámicas racializadoras internas:

Digamos también que esa posición de los antillanos fue autenticada por el europeo. El Antillano no era un Negro, era un antillano, es decir, un casi metropolitano. Por esta actitud, el blanco dio razón a los antillanos en su desprecio por el africano. En resumen, el Negro vivía en África.

Así, el antillano se sitúa frente a una complejidad existencial: no son franceses, ni ingleses, ni holandeses, ni africanos. Solo son negros. La estética, la poesía y la literatura son las expresiones artísticas por excelencia donde se expresan los contornos de sus contradicciones.

Y es que para él la negritud solo es válida si ayuda a construir el camino a la liberación nacional, vinculando la cultura africana a la construcción de una cultura nacional. De ahí llama a romper también con los instrumentos burgueses, con la cultura colonial, y luchar por la causa emancipadora de los oprimidos.

Es curioso observar que Fanon, siendo martiniqués, participó activamente durante la guerra de liberación en Argelia, logrando incorporarse a la dirección del Frente de Liberación Nacional de aquel país norteafricano que, aunque es de gran mayoría musulmana, estaba bajo el yugo colonial francés.

Su perspectiva liberadora lo hizo alejarse bastante de las formulaciones de otros exponentes de la negritud, como Césaire y Senghor. Además, Fanon manifestó una fuerte oposición a los dirigentes africanos que actuaron como miembros de las élites negras que tomaron simplemente el relevo del poder colonial luego de la proclamación de la independencia de varios países africanos al principio de los sesenta, estableciendo de hecho un modelo neocolonial.

Y precisamente Leopold Sedhar Sengor puede ser encasillado como uno de ellos, quien, a través de su propia interpretación de la negritud, encontró las bases teóricas, filosóficas y políticas para la construcción de los Estados-nación africanos y de la proposición de una Federación de estados africanos. Pero fracasó en el intento.

En el Caribe y las Antillas sucedió exactamente lo mismo. El acento puesto en las autonomías locales contribuyó a la creación de fuertes identidades localistas, que a la postre se convirtió en la base de los países caribeños y el mapa político actual de la región. Las tensiones entre los nacionalismos insulares y los procesos de construcción identitaria más amplios son la base sobre la que se afirma la identidad caribeña contemporánea.

La Cuarta República Francesa universalizó los derechos políticos en todos los territorios caribeños, que se convirtieron en departamentos de ultramar, mientras que el Imperio Británico implementó autonomías limitadas en las principales colonias.

De esta manera, y poco a poco, se abrió la descolonización del Caribe y las Antillas. En muchos casos se respetaron los acuerdos coloniales, y en otros casos dos o más islas constituyeron un solo país (Como Trinidad y Tobago, Sanit Kitts and Nevis, Antigua y Barbuda, San Vicente y las Granadinas). Otros, en cambio, continúan en manos de extranjeros.

Puerto Rico, por ejemplo, sigue siendo un Estado “Libre” Asociado a los Estados Unidos de América, que también posee las Islas Vírgenes, compradas a Dinamarca en 1917 (recientemente conocidas por el caso de Epstein). También existen departamentos de ultramar, territorios autónomos y pendientes de descolonización.

En total, existen en el Caribe 19 territorios no independientes. De ellos, seis bajo tutela del Reino Unido, igual cantidad para los Países Bajos y cinco corresponden a Francia.

El panafricanismo aún brinda en estos casos los elementos para pensar en otras comunidades políticas independientes, aquella que reafirma los vínculos históricos a lo largo del Caribe entre un conjunto de sociedades sujetas a la misma matriz de dominación colonial, explotación económica y segregación social.

En este sentido, varios países caribeños y antillanos adoptaron los colores panafricanos (verde, amarillo, negro y rojo), inspirados en la bandera de Etiopía y la herencia africana.

A su vez, la Comunidad del Caribe (CARICOM) promueve una agenda de reparaciones históricas y reconocimiento de la afrodescendencia. El legado garveísta se siente en los afrodescendientes que participan en las recientes iniciativas de repatriación.  

Las plantaciones de azúcar en el Caribe han cedido su lugar a los resorts, las playas y los cruceros, siendo el turismo la base de sus economías sobre la agricultura. Pero la herencia africana sigue estando en todas partes.

Las religiones afrocaribeñas (santería, vudú, candomblé), la música (rumba, son, tambores, merengue, cumbia) y las tradiciones culinarias son actos de resistencia y preservación identitaria. En las islas pervive el uso de plantas para curar algunas enfermedades y de alimentos que forman parte de la herencia africana: quimbombó, ñame, ackee y fufú

El dancehall, el carnaval y la literatura afrocaribeña son otras expresiones artísticas que continúan desempeñando su papel de puente entre África y el Caribe. A nivel político también existe cooperación entre los distintos Estados, que luego se torna caótica y forzada, como la Misión Internacional que Kenia lidera en Haití para combatir a las bandas criminales.

Como podemos observar, las conexiones políticas y culturales entre el continente africano y las islas del Caribe y las Antillas son muchísimas, pero todas se centran en la constitución de una cultura de la resistencia a la asimilación, incorporando elementos constitutivos y propositivos a un espacio africano, exclusivamente simbólico para algunos de sus participantes y político-material para otros.

Cada uno de los movimientos y corrientes del pensamiento negro – panafricanismo, negritud, garveyismo, rastafarismo – tienen como eje estructurante la unidad africana desde la diáspora como teoría general compartida, con variantes, pero teniendo como un carácter caribeño y antillano.

Y a este punto es precisamente a donde quería llegar: el Caribe y las Antillas fungen como el principal escenario histórico de la diáspora africana. Todavía existen muchos asuntos pendientes que resolver, analizar y debatir, pero lo que no cabe la menor duda es que esta historia no se trata únicamente de esclavitud y de desplazamiento, sino también una historia de creación cultural, pensamiento político y de reconstrucción de la africanidad a escala global.


Carlos Luján Aldana

Economista Mexicano y Analista político internacional. Africanista por convicción y pasatiempo. Colaborador esporádico en diversos medios de comunicación internacionales, impulsando el conocimiento sobre África en la opinión pública y difundiendo el acontecer económico, geopolítico y social del continente africano, así como de la población afromexicana y las relaciones multilaterales México-África.

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